El síndrome de París

 Yo también fui una de las que se deprimieron en París.

Cuando una es viajera, se siente al margen de dos grandes grupos de personas:

En primer lugar, se siente al margen de todos los turistas. No importa la talla, el color, idioma u origen, los turistas tienen plata. Están alojados casi siempre en hoteles caros, huelen bien, visten bien, están peinados y maquillados. Cenan en restaurantes, contratan las excursiones más caras (esas que uno dice “están pensadas para el turista…” ¡justamente!) y compran todo tipo de regalos y sourvenirs en las tiendas que dicen “Tax Free”. Una los mira de lejos, desde la vereda. Ellos nunca viajan solos y hablan su idioma hasta por los codos. Tal vez ni llegan a darse cuenta que en la ciudad en la que están no se habla ni inglés ni español.

Otro de los grupos al que tampoco pertenecemos los viajeros, es al grupo de los locales, de los que viven allí. Y esto, para mí, es más doloroso…

 

Hace muchísimos años, como diez ya, estaba viviendo cerca de París. Me había ganado una beca para trabajar como asistente de español en una escuela secundaria.

Recuerdo un mediodía de domingo. Mi amiga parisina me había invitado a la casa de unos amigos que hacía poco se habían casado. El “brunch” lo habían organizado para mostrarles a sus amigos el álbum de fotografías del casamiento al que todos habían asistido. De paso, algunos podrían conocer el departamento donde los recién casados se habían mudado, un dúplex precioso con muebles de ratán blanco, a unas cuadras de la Tour Eiffel.

Mi amiga y yo fuimos en su auto, sin antes dejar de pasar por una boulangerie a comprar unas exquisiteces y luego por una florería donde Loló confeccionó un bouquet, ella misma, para sus amigos mieleros.

Al llegar a la casa, me encontré con un montón de gente de mi edad (en ese momento yo tenía unos 26 años). Algunos solos, otros en pareja. Todos con flores, jarrones, éclairs y pains au chocolat. Todos hablaban de casamientos, lunas de miel, departamentos recién decorados, nuevos trabajos, posgrados en no sé dónde y de maestrías anglofrancesas… Todos daban la sensación de estar avanzando en sus carreras profesionales, continuando con sus vidas. Yo sentía que la mía, en cambio, estaba en pausa.

Es cierto que yo estaba en París por una beca y que la había conseguido gracias a que yo misma era también estudiante universitaria. Pero, en ese momento,  me acuerdo que de repente me angustió la idea de estar de paso. Perdida. A la deriva. Lejos de todo lo que era mi vida (aunque ya no era tampoco mi vida lo que había acá en Buenos Aires). Sé, ahora, que fue una sensación mía, una percepción absolutamente sesgada, pero había algo que los turistas ricachones y mis amigos locales compartían. Y ese “algo” dejaba en evidencia que yo andaba por el caminito al costado del transcurrir de la vida… yo la “veía de afuera”. Fue como un shock. Me sentí inmadura a pesar de mi edad. Me sentí insegura, indecisa, subdesarrollada, una “hippie”…

Esa misma noche, con mis otros compañeros expatriados (muchos de ellos latinoamericanos como yo) nos juntamos a cenar en el comedor de la Cité Internationale Universitaire. Entre anécdotas y planes para el día siguiente me olvidé de mi angustia… pero guardo todavía (después de tantos años) esa sensación adentro mío. Puedo rememorarla sin necesidad de una madelaine. Y hoy, hoy aprendí cómo se llama: “síndrome de París”.

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