Llueve

Amo la lluvia.

El 8 de octubre de 1976, a las 23.30 hs llovía torrencialmente en Buenos Aires. Llegué al mundo con truenos y relámpagos. Muy lejos de asustarme, la lluvia me acercó a los que me cuidaban y amaban por primera vez. La verdadera tempestad ocurría en el departamento, solitario a esa hora, donde unos efectivos entraban a la fuerza y preguntaban por mi papá. La lluvia siempre me protegió.

Me permite quedarme adentro, hacer lo que más disfruto: escribir y leer. Salir con amigos, ir a una pileta, disfrutar de un día de sol, son actividades que también me entusiasman. Pero son todas actividades ruidosas. Son acciones populosas, calurosas y físicamente demandantes. La lluvia es silencio. Es recogimiento. Es resguardo. Es paz.

En la casa de mis abuelos solía jugar cuando llovía. Construía un refugio poniendo una mesita en el medio del patio, bajo las gotas, con un mantel enorme que cubría los costados hasta llegar al suelo. Yo me metía adentro y quedaba allí guarecida horas y horas mientras duraba la lluvia, junto a mis muñecos, mis libritos, mis juguetes. Me gustaba sentirme protegida pero a la vez valiente y aventurera. El fino plástico del mantel no permitía que el agua entrara en mi guarida pero no impedía que yo disfrutara el rítmico arrullo de las gotas, el olor exquisito de la tierra mojada de las macetas de mi abuela y los colores oscurecidos de las mayólicas del patio que a medida que se iban mojando, iban despertando nuevos y más vivos.

Amo la lluvia.

Amo el poder que expresa y contagia. La oscuridad a deshora. El viento poderoso que me arranca de la rutina del día y me conecta nuevamente conmigo misma.

Hace un tiempo, viví un invierno entero en una ciudad donde nevaba casi diariamente. Y pude reconocer esa magia del silencio. La cá  ma  ra  len  ta  de cada uno de mis pasos al ritmo de los copos que caían.  Pero no es lo mismo. La lluvia tiene fuerza. Es inmediata. Fluye. La nieve, no. Y es, aparte, a ella a quien tengo que agradecerle. Es ella la que me protegió, a mí y a mi familia. La lluvia, que al ver que yo abandonaba el útero acuoso y calentito, me recibió húmedamente para darme la bienvenida.

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