Amores perros

Hoy caí en la cuenta que hace ya dos años que estoy sola. Bah, sola no. Sin pareja. Cuando digo “sola” no significa “mmmmh, una nunca está sola…  una siempre tiene algún filito…” No. Me refiero a que tengo compañeros de trabajo, amigos, familiares, gente conocida. Pero no. No garcho con ninguno de ellos. Así que si estar sola significa no garchar. Entonces, sí, estoy sola. Lo de dos años es sin pareja… lo de la intimidad con alguien, bueno, menos. Más o menos unos 10 meses. Che, no es tanto.

Lo que más me sorprende no es que no esté con nadie. Lo increíble para mí, es que estoy réquete bien. No tengo grandes bajones por esto. No me siento sola, no necesito citas de ningún estilo. Me veo bien (aunque siempre se puede estar mejor, claro). No me vuelvo loca buscando en cada rincón algún boludazo con el que desnudarme. Tinder, Badoo, Happen, etc me ne fregan (hoy aprendí que “me ne frega” se escribe separado). No es que no haya sucumbido a la curiosidad de esas redes pero, sin ánimo de ofender, o sí, me sentí superior (evolutivamente hablando) con cada uno de los que conocí personalmente. Cosa que no me impidió intimar, claro, con alguno. Tenía la esperanza de que se reivindicara. Pero sucedió lo contrario, pobre tipo, tampoco era bueno en la cama.

Y esto me da para pensar… ¿estaré destinada al fracaso? Digo, mis viejos hace una eternidad que están juntos. Se conocieron a los 15, se casaron a los 21, se preñaron a los 26, se compraron su departamento con los ahorros más a menos a esa edad… ¿Cómo carajo hago para superar eso? Olvidate. O es que tal vez, superarlos, es esto. Estar sola a los 39. Llegar raspando al alquiler todos los meses, no tener ni miras de tener un pibe… No sé si superador, pero, sin duda es un cambio.

A mis 15 años, yo tenía el plan de seguir el ejemplo. Me puse de novia con un compañero de la secundaria. Garché por primera vez. Muy tierno todo. Nos compramos un autito, sacamos el crédito para un depto después de unos años de novios y nos fuimos a vivir juntos. Ah, ¿ven? Ahí ya me corrí del modelito. Pero no se crean que mucho. No. Mi novio en un momento decidió comprar las alianzas, justo cuando yo me empezaba a dar cuenta de que él era un depresivo y que a mí todavía me faltaba conocer el mundo.

Lo del mundo, vino después. Antes, vino Sebastián. No duramos mucho. Pero gracias a él adelgacé, me puse rubia, empecé a usar tacos y algunos que otros truquitos entre sábanas. Época de mucho telo y domingo de Fórmula 1. A los seis meses “chau, adiós; todo esto es demasiado” (secreto: por dos años el tipo no dejó de llamarme una vez por mes para seguir con los “truquitos”; y la mina, que ya para ese entonces había aprendido que para qué el orgullo, siempre le decía que sí).

Despechada, otra vez en lo de mis viejos, tuve que salir. Aire, aire, pedía. Y a Londres me fui. Una excusa de curso en una universidad, especialización en literatura de no sé qué. Cuestión: de la mano por los pubs con un franchute que me hizo probar la marihuana por primera vez y, que al mismo tiempo derribó el mito del buen amante francés. Un copado, igual, Nicolas.

Vuelta a Buenos Aires, mucha intelectualidad, mucha facultad. En el coro lo conozco a C. Simpático, buena sonrisa. Muchas cosas en común. Libros, francés, música, historia…  ambos vivíamos todavía con nuestros padres, los dos teníamos un laburo inestable, los dos nos cagábamos de hambre y queríamos viajar por el mundo con dos mochilas y tres latas. Como decía, mucho en común. Me sale una beca a Francia, viene a vivir allá conmigo. Nos llevamos para el orto. Volvemos. No tiene planes de convivir. Quiere seguir viajando solo por el mundo. Saludo desde abajo cuando pasa su avión.

Triste, ahí sí. Desahuciada y descolocada, después de mucho tiempo en otro país, me reencuentro, sola, con la Argentina. Me vuelvo a conectar con mis raíces. Le doy al asado sin asco, al mate, me aprendo todos los estilos del folclore argentino habidos y por haber. Empiezo a tocar la guitarra, a fumar, a recordar cada uno de los momentos que pasaba en el campo cuando era chica. Desprecio lo extranjero, lo foráneo, el imperialismo. Me siento más latinoamericana que nunca. Me calzo una mochila el hombro, me subo a un micro y salgo para Bariloche. Sí, sola, como loca mala. En medio de la nada, al pie del Cerro López, conozco a Darío, domador de caballos de San Antonio de Areco. Boina puesta hasta para meterse al lago, me hace olvidar de mi intelectualidad, de Francia, las letras y todita esa basura que me alejaba de cumplir el rol de la mujer como dios manda, canejo. El tipo, casado. Pero a quién le importaba. Durante dos años, esporádicamente, yo me escapaba de la capital y él me esperaba con la yegua ensillada para enseñarme a montar. En serio. No hay metáforas en esto.

Tanto me gustó la onda campechana que al año siguiente me encuentro con otro gaucho, casado. (Los gauchos siempre están casados.) Éste, correntino, me llevó a ver el Gauchito Gil y me empachó de chamamé. Un día, al entrar por primera vez en mi departamento y al ver todos mis libros dice: “con razón ya tan grande y sin hijos; te la pasás leyendo…” Y desde ahí, me traumó.

Y así, traumada y vieja, dejo en pausa la facultad, me meto de maestra (para tener trabajo en cualquier lugar del país, no vaya a ser que quiera trabajar en el área rural) y me encuentro con él, el último agraciado en esta historia amorosa. En una peña nos cruzamos. Justo el día de la Pachamama. Qué mejor señal para una mina que buscaba a su hombre macho, para reproducirse y llenar de crías esta tierra argentina. Él, entrerriano. Locutor, periodista, trabajando en la TV Pública. Genial, gaucho e intelectual, la combinación perfecta que estaba buscando… Lo que no sabía todavía: era diez años menor que yo. Estaba recién mudadito a Buenos Aires. Recién destetado, diríamos. Con todas las ganas de progresar. Obnubilado por las luces de la ciudad. Sediento de viajes por el mundo. Fascinado por mis experiencias internacionales. Envidioso y hasta a veces furioso por lo que yo ya tenía vivido. ¡Y es que yo tenía diez años más encima (y otros tantos kilos de más)! Mucho forcejeo en esta última historia. Yo quería la casa, los bebitos. Él, los viajes y los jueguitos (mamita, jugaba más a la Play que mis alumnos). No voy a contar como terminaron las cosas. Ya se sabe o se imagina.

¿Y el modelito de mis viejos?

Yo me hago todos los días la misma pregunta: las parejas que “duran”, ¿por qué lo hacen? ¿Eligen bien desde un principio o se bancan, como yo no me banqué, un depresivo, un egoísta, un gaucho casado, un inmaduro?  ¿Vale la pena?

Yo mejor, espero. No vaya ser que, por desesperada, quede engrapada y/o preñada, sin saber primero quién soy y qué quiero en la vida. Me quedan unos… ¿cinco añitos? ¿cuatro? si la idea es tener un pibe… Pero, sin presiones ¿eh? Una ginecóloga me dijo que congelara mis óvulos aunque ya los tenga medio “pasaditos”.

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2 thoughts on “Amores perros

  1. Genial Mariela. Continuo explorando tu blog. Que bien. He disfrutado leerte. Estos amores perros me hicieron reír, igual que el del gimnasio y uno de tu rutina donde hablas de Bruno. Me encantó tu perro. Gracias.

    Voy a ver si te dejo otro comentario con uno que otro de los disparadores. Solo por compartir.

    Muy ameno tu intelecto.

    Saludos.

    PD: Hoy empiezo un libro que encontré de una escritora argentina, de las que mencionaste en la última entrada. de Hebe Uhart.

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    1. ¡Qué bueno, Gio! ¡Contame qué libro estás leyendo de Hebe Uhart! A mí me faltan unos cuantos disparadores de los propuestos por Aniko. Hay mucho esperando para hacerse palabra. Qué bueno que disfrutes de mis textos. ¡Un saludo!

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