Ofelia

Ofelia escuchaba chamamé aunque era de Santiago del Estero. Ponía la radio de la cocina a todo volumen para que se escuchara desde todos los ambientes de la casa.

Tenía el pelo grueso y morocho atado en un rodete atrás en la nuca. Su cara estaba llena de surcos secos y arrugas. La piel, morena y grisácea, no había conocido el color del maquillaje nunca en su vida. Decía, además, que los perfumes le revolvían el estómago.

Usaba un delantal rosa muy desteñido. Era más bien una chaqueta de bolsillos amplios que había sido mascada por un hámster maleducado que tuvimos. (Desde su jaula lo había querido almorzar, una mañana, mientras colgaba del ténder.)

Ofelia cocinaba bien picante. Hacía empanadas, tortilla de zapallitos, pascualinas que mi viejo después criticaba. Solía decirnos, a la hora del almuerzo después de volver del colegio: “¡Tomen líquido después de comer, no durante!”. Estaba convencida de que intercalar el agua con la comida no era bueno para la digestión. No sé si le hacíamos caso…

Mi mamá se quejaba de sus interminables relatos exagerados. Apagaba la aspiradora y parecía entusiasmada de poder hacer catarsis frente a nosotras. Lloraba sobre su sobrino en la cárcel, su huidizo marido alcohólico, sobre su iglesia y su Santiago natal. Pero nunca dejaba de hablar. Después de lagrimear un largo rato, mamá le tocaba el hombro y le decía: “la entendemos, Ofe, qué difícil…” Entonces ella parecía despertar como de un sueño. Hacía un chiste, sonreía como si nada hubiera pasado y prendía nuevamente el aparato ensordecedor para seguir aspirando.

Ofelia tenía una hermana, Mabel. Ellas siempre andaban juntas colectivo-tren-tren-colectivo y trabajaban en las casas de varios amigos de la familia que vivían por el barrio. Conocían mejor que nadie los pormenores de cada una de las casas y nosotras nos extasiábamos frente a las anécdotas que secretamente Ofe nos contaba a la hora de la merienda. Ante nuestros ojos se presentaban padrinos, compañeros de mis viejos, cuñados, abuelos, amigos como hijos maleducados o amantes desdichados; mujeres desordenadas y sucias o viejas mandonas y tiranas. Todos personajes que, como invitados a nuestra casa, solían acariciarnos las cabecitas y decirnos “Qué grande estás, chiquita”.

Un día de verano, cuando ya no teníamos escuela, Ofelia nos invitó a su casa. Mi mamá estuvo de acuerdo en que fuéramos mi hermana y yo. Lo que no me acuerdo es si ella nos llevó en el auto o nosotras viajamos en colectivo con Ofe hasta Laferrere, donde vivía.

Tengo algunas imágenes instantáneas de aquel mediodía. Una casa de material, como todas las de la cuadra. Calle de tierra. Sifones y botellas gordas de gaseosa sobre un mantel floreado de hule. Muchos, muchos, chiquitos alrededor de la mesa. Una casa llena de gente. Una casa ruidosa y alegre. No me acuerdo mucho más. Sí recuerdo que comimos los mismos platos picantes que hacía Ofe en casa. Y ¿cómo volvimos? Mi memoria lo borró… Pero sí tengo la sensación de haber sido recibida con cariño en un lugar que era muy diferente al mío. Y a la distancia y entendiendo algunas cosas más que antes, felicito en secreto a mi vieja por haberme permitido vivir esa experiencia de chiquita.

Ofelia me retaba, yo me enojaba y le contestaba. Ofelia me mandaba a hacer la tarea pero dejaba que mi mamá actuara si era ella la que estaba en la casa. Ofelia conocía los lugares de las cosas, cada placard, cada cajón. Pero dejaba doblada la ropa sobe mi cama para que yo la guardara. Ofelia planchaba cada camisa, cada calzoncillo y bombacha pero nunca se le ocurrió llamar a mis viejos de otra manera que no fuera “Señor Horacio” y “Señora María del Carmen”.

Cada vez que escucho el acordeón dando el toque final de un chamamé me acuerdo un poco de ella. ¿Dónde estará ahora? ¿Estará viva o habrá muerto ya viejita? ¿Nos habremos despedido con el cariño que se merecía una vez que fuimos adolescentes y ya no nos tuvo que cuidar? Sé que mi hermana la llamó alguna vez para que limpiara su casa de casada. A mí me hubiese gustado invitarla a la mía para que tomara unos mates y me siguiera contando los chismes de la vida privada de los amigos de mis viejos.

En mi corazón siento una deuda pendiente con Ofe. Un “gracias” y un abrazo que ya nunca le podré dar.

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