El perfume de los tilos

Estoy en el parque Rivadavia. Atravieso uno de los caminos que va desde el monumento a Bolívar hasta la entrada del parque que desemboca en la calle Doblas. Allí, los tilos hacen una especie de túnel sombrío y perfumado. Lo atravieso y dejo que el aroma me transporte lejos.

El perfume dulce me hace cerrar los ojos y, así, con los ojos cerrados, veo delante de mí la taza humeante de mi abuela Matilde. “El tilo me ayuda a dormir”, decía, “a calmar los nervios”.

Camino a ciegas por el sendero de ladrillos rojos y la veo cosiendo. La Singer a toda máquina.

La veo tomando un té en la Richmond de Florida o comprando telas en la tienda Harrods.

La veo concentrada poniendo alfileres en los figurines colgados del maniquí en el comedor de adelante en su casa.

La veo en la cocina, cortando con su cuchillo la masa de los tallarines recién amasados o rallando nuez moscada para la salsa blanca de los panqueques de espinaca.

La veo en el club náutico de San Pedro, algún año nuevo, hablando con mi abuelo recién llegado de Lincoln.

La veo enamorándolo con su budín del cielo y después de 20 años finalmente dándole el sí.

La veo en el río Paraná, con el Negro Giménez, aprendiendo a nadar y por la noche, en el Butti, viendo a la gente del pueblo pasar…

Si viven cerca del parque, les recomiendo que caminen por ahí. Prueben cerrar los ojos a ver adónde los transporta el perfume de los tilos.

A mí, hoy, me llevó allí.

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