Misticismo y reposera

Con estos días lindos y con más tiempo libre, estoy yendo a la terraza a tomar sol. Llevo mi reposera, un bidón grande de agua para echarme y no morir de calor. Agrego a esta lista un libro para poder pasar un rato más largo y no aburrirme y tener que bajar nuevamente a mi departamento a los 5 minutos.

El tiempo estipulado (ya van tres días consecutivos que se repite la rutina) es de dos horas al aire libre.

Una de las cosas que más me gustan de estar en la terraza es que al estar elevado, uno se aleja del bullicio del día y puede además espiar otros balcones y otras casas a través de las ventanas. Yo no veo a mucha gente, en realidad. Pero imagino historias y personas a partir de sus livings, sus cocinas, la decoración de un dormitorio.

Ayer, cosa rara, aparecieron dos hombres en la azotea del edificio de enfrente. Como yo estaba metida en mi lectura, no me importó que me vieran medio desnuda como estaba (tenía los breteles de la bikini atados por detrás –cosa que no suelo hacer en público-) Los hombres, por suerte, creo que ni miraron. Estaban colocando un cable o una antena. No sé.

Hoy, en cambio, no vi a nadie. Ni siquiera subió una vecina de mi edificio a colgar la ropa. La paz era total. El sol brillaba fuerte. Después de una hora y media sentada leyendo en la reposera, me empecé a sentir incómoda. Tenía ya la cola dolorida de estar tratando de no resbalarme por la silla. Hacía tiempo ya que el sol me daba en la cara pero no quería acostarme boca abajo porque también ya lo había hecho y tenía cansados los brazos.

Se me ocurrió, entonces, darme vuelta poniendo la cabeza en el lugar de los pies y las piernas apoyadas en el respaldo inclinado donde antes estaba mi espalda. Fue una buena idea. La postura era super cómoda. El sol no me daba de lleno en la cara y las piernas hacia arriba se sentían totalmente relajadas.

Agarré el libro. Iba a continuar leyendo. Pero, al mirar hacia arriba quedé absolutamente cautivada. El cielo se abría ahí, delante de mis ojos, en toda su profundidad celeste.

Me produjo un efecto casi hipnótico. Pacífico. La inmensidad me subyugó. Recorrí el cielo con la mirada descansada. Encontré una finas nubecitas por ahí, algún pájaro que se cruzaba por allá. La Luna clarita, allá lejos a la izquierda de mi cabeza, tomaba sol como yo.

Ese cielo contundente existía más allá de lo que abajo pasaba: estaba ajeno a los que nos asoleábamos en las terrazas; a los que iban y venían al supermercado haciendo las compras para la noche; ajeno a los que estaban en ese momento tomando un cafecito en el bar de la esquina, planeando su fin de año.

Su profundidad me atraía y absorbía. Me maravillaba el hecho de pensar que él era el mismo siempre: el mismo cielo cuando abajo hay campo, ciudad, si hay mar o un conjunto de rascacielos. El mismo sobre un pequeño pueblo o una selva tropical. El mismo sobre la Torre Eiffel, Tokio, la Pirámides o Cusco.

Dejé que mi mirada se perdiera en esa inmensidad y me imaginé los escenarios más disímiles posibles debajo de ese manto azul. Ese cielo me invitaba a alejarme de mi terraza, lejos de mi edificio de este barrio residencial de la ciudad de Buenos Aires. Y por un momento acepté la invitación y me fui.

Todas las preocupaciones de estos últimos días del mes de diciembre del año 2015 perdieron absolutamente su gravedad. Nada fue ya tan terrible. El Universo se me apareció inmenso delante de mis ojos y yo tenía la libertad de vagar por él. Tranquila. En armonía y equilibrio. Respiré profundo como, creo, no lo hacía en meses. ¿Será esta la sensación de la que hablan los que meditan? ¿Habré levitado? ¿O solo fue efecto del calor?

El ruido del ascensor me devolvió a la transpiración de mi reposera. La sala de motores al lado mío resonó con la roldana que giraba y giraba (deben haberlo llamado desde la Planta Baja). Las sábanas colgadas se agitaron con el viento y llenaron la terraza con olor a suavizante.

El momento ya había pasado.

Me puse la remera, cerré la reposera y bajé renovada otra vez a mi departamento.

 

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