Un día de playa en la costa argentina

 

Hay familias enteras parapetadas detrás de las sombrillas. Fueron puestas estratégicamente de manera horizontal, formando una pared de defensa. Aunque atentos a ese mar turbulento, los bañeros toman mate dentro de sus casillas. Tres pibes grandulones juegan al fútbol demasiado cerca mío. La pelota, claro está,  alcanza mi pierna y me salpica un puñado de arena. Yo los miro con cara seria. Hay mujeres que se cobijan con sus pareos, convertidos ahora en mantas demasiado finas como para abrigar. Niños con labios morados que salen del mar abrazándose los hombros.

Y está, constante, imparable, poderoso: el viento.

Las olas, embravecidas, confunden su color café con leche con el grisáceo del cielo. Hay vendedores avanzando costosamente por la orilla. Trenzas y pulseras volándose rabiosas, tratando de escapar de los ganchos de sus cinturones. Mi lona, mi bolso, mi libro y yo nos vamos cubriendo de arena. Todo sumergido en un paisaje de pequeñas dunas fúnebres. Ráfagas fuertes lastiman y pulen lo que encuentran en su vuelo: caracoles, maderas rotas, una ojota perdida, un pescado muerto, las pieles de los veraneantes. Una bolsa atrapada se queja con chasquidos que el viento le roba.

Yo resisto. Resisto todo lo que puedo.

Esto es la playa. Esto es la costa. Naturaleza en su más salvaje clamor. Adrenalina pura. Percibo el olor de la sal, el de la arena mojada. Pero el viento, de tanto aire, no me deja respirar. Un señor recibe un mate agradecido. Sus tetillas violetas todavía chorrean agua salada. Dos chicas se ponen el buzo arriba de la bikini y suben las piernas abrazando sus rodillas. Resisten. Una familia, allá delante de las carpas a punto de desarmarse, intenta la hazaña imposible de jugar al tejo en este viento. Bajan los surfers de los médanos. Despliegan sus parapentes los fanáticos del kite.  Los nadadores les ceden el mar. Salen desilusionados, cabizbajos, avergonzados casi de su propia cobardía. El agua ya no les pertenece.

Y el viento sigue. Implacable. Dañino. Ensordecedor.

Ahoga todos los sonidos y es un chirrido constante en mis oídos. Un grito temerario que hace alarde de su poderío. La gente, resiste. La gente fue a pasar el fin de semana en la playa y resiste. Un chicotazo más de esta inmunda arena húmeda y yo ya no resisto más.

3 de enero, 2016

Valeria del mar, Pcia. de Buenos Aires, Arg.

20160101_114655
Muelle de Pinamar
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s