Colonia de verano (fragmento autobiográfico con algunos datos mentirosos)

 

En los meses de verano, cuando veo a chiquitos con sus mochilas y gorritos subiendo felices a un micro de Escolares, me acuerdo cuánto detestaba yo ir a la colonia. Yo tendría unos 5 o 6 años. Me encerraba dentro del baño y gritaba con todas mis fuerzas para que mi mamá me escuchara “¡NO QUIERO IR A LA COLONIA! ¡NO QUIERO QUE NADIE ME DÉ ÓRDENES MIENTRAS ESTOY DE VACACIONES!”. No sé cómo lo lograban pero allá iba yo finalmente hacia el club, toda llorosa y con cara de bronca. Efectivamente no disfrutaba para nada de la rutina cambiarse-pileta-vestuario-merienda-juegos de recreación. Mismo ahora lo recuerdo y me sigue dando tristeza. No conocía a los profes, no conocía a ninguno de mis compañeros y lo que menos deseaba para mi verano era repetir esa rutina escolar de profesores y consignas.

Un día, se me acercó una profesora y me dijo que me querían probar para el equipo de gimnasia deportiva del club porque me veían condiciones. Me acuerdo que no entendí mucho lo de “condiciones” pero una semana después mi mamá me acompañó al gimnasio del club donde me tomarían la prueba.

Me hicieron caminar por una barra que estaba más o menos a un metro del piso. Tuve buen equilibrio. En ese entonces yo hacía danzas y expresión corporal durante el año así que seguramente eso ayudaba. Después me pidieron que hiciera “conejito”. Yo no sabía lo que era. Al final, la profe me mostró que era casi como una vertical pero con las piernas flexionadas. Toda la fuerza tenía que estar en levantar la cola y la cadera para que quedaran a la altura de los hombros. Eso fue más difícil pero después de algunas pruebas logré que me saliera.

Ya estaba sintiendo más simpatía por la profesora, por el club, por el deporte en general. Y agradecía, en secreto, a la colonia la posibilidad de haber sido “descubierta”, cuando la entrenadora me agarró de la mano y me condujo hasta la última prueba.

Eran unas barras paralelas, una más alta que la otra, dispuestas sobre un pozo que en realidad era una pileta sin agua llena de pedazos de gomaespuma. Las barras quedaban a igual distancia de los bordes de esa pileta seca y era necesario saltar y propulsarse en el aire para poder alcanzar la primera barra más cercana al extremo.

La profesora me tuvo que pedir tres o cuatro veces que saltara, que alcanzara la primera barra. Me puso talco para estar segura de que no me resbalarían las manos pero yo seguía inmóvil. Angustiada. Yo sabía que la gomaespuma amortiguaría cualquier caída pero seguía ahí parada, sin miras de saltar.

No les miento si les digo que no recuerdo si finalmente me animé o no me animé a saltar. Mi memoria lo borró completamente. Lo que sí sé es que desde ese verano nunca más me mandaron a esa ni a ninguna otra colonia.

Este texto pertenece al proyecto “30 días de escribirme” propuesto por Aniko Villalba en su blog Escribir.me. Se trata de activar nuestra creatividad a partir de 30 disparadores o consignas cortas de escritura para realizar durante 30 días consecutivos. ¡Están todos invitados a participar!

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