La historia de una foto en Basilea

Salí del museo y los copos no dejaban de caer. El aire frío y el silencio me obligaron a respirar hondo y en ese acto, todos los nervios por la novedad y lo desconocido del lugar se calmaron instantáneamente. Ahora me tocaba otro desafío: cruzar el parque, mapa en mano, debajo de esa nevada impresionante. Menos mal que mi amigo me había prestado un paraguas, aunque no sabía todavía si un paraguas serviría para frenar la nieve. Mis zapatos no eran los adecuados. Había dejado en París las botas de lluvia para no cargar tanto equipaje y ahora hundía un cuero finito que no lograba separarme del frío ni de la humedad.

La tarde había sido exitosa: había podido encontrar el tranvía que me tenía que tomar desde la casa de mi amigo hasta el museo; había logrado dar con la arquitectura moderna de la sala en medio de un bosque al costado de la ciudad; y ahora esa nieve… solo una vez había visto nevar así, de muy chica, en Bariloche.

Sin embargo me sentía un poco desorientada. Era la primera vez que estaba en una ciudad donde no se hablaba una lengua que yo entendiera. No lograba descifrar las conversaciones que escuchaba a mi alrededor. Eso me daba una sensación de encierro y ensimismamiento que nunca antes había experimentado. Además, era la primera vez, desde que había llegado, que salía sola a la calle. Siempre me había acompañado mi amigo o alguno de sus amigos.

Este viaje a Basilea era una aventura dentro de otra aventura más grande. En medio de mi larga estadía en Francia había organizado un viajecito a Suiza para visitar a un amigo que había conocido en Salta.  Me habían recibido con todos los honores y el cariño de los viejos amigos. Su familia me había dado la bienvenida con una fondue y con un mapa señalado para que recorriera la ciudad.

Era ese, el mapa que ahora tenía en la mano. Estaba marcada la casa de O., la parada del tranvía y el museo Tinguely, de donde acababa de salir. Había visto las esculturas cinéticas de hierro dentro y fuera del museo siguiendo una guía que, por suerte, también estaba en inglés. La mamá de mi amigo me había insistido en que fuera. Me había hablado con orgullo de ese gran escultor tan famoso en la ciudad. Yo había ido más como gesto de agradecimiento a su hospitalidad que respondiendo al interés por un escultor del que recién oía hablar. Pero si hay algo que sí llamó mi atención fue esa nevada que se precipitó mientras estaba dentro del lugar y que ahora, al salir, caía frente a mis ojos, cubriendo las esculturas entre los pinos. Parecía un espectáculo mágico que se presentaba solo para mí. Entonces saqué la foto. No solo para mostrarles a mis amigos que había estado allí sino también para retener de alguna manera esa quietud blanca que lo cubría todo en aquel Solitudepark.

 Pero había que volver y no había ni un alma alrededor. Ni una persona para preguntarle dónde, detrás de esa cortina blanca, podía encontrar nuevamente el tranvía que me enviara de regreso al departamento de O. Decidí abrir el paraguas y, casi como un juego, seguí el sendero debajo de los copos que hacían un suave golpeteo en la tela negra. El paraguas pesaba cada vez más y a través de la transparencia podía ver los pequeños cristales de hielo que se asentaban con suavidad. Sacudí el paraguas varias veces y me sentí muy muy extranjera. Sensación que se disipó al encontrar el tranvía, sacar el boleto, viajar como cualquier hija de vecino hasta el centro de la ciudad.

Llegué contenta a la casa de mis amigos. Una sonrisa triunfante entre dos cachetes rojos de frío. Ya lo había decidido: aunque no me acordara nunca más del escultor de los hierros danzantes, sí estaría enamorada para siempre de aquella espuma helada en aquel bosque medieval.

 Este texto pertenece al proyecto “30 días de escribirme” propuesto por Aniko Villalba en su blog Escribir.me. Se trata de activar nuestra creatividad a partir de 30 disparadores o consignas cortas de escritura para realizar durante 30 días consecutivos. ¡Están todos invitados a participar!

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6 thoughts on “La historia de una foto en Basilea

  1. Me encantó la foto y la historia detrás de esa foto. La idea de paraguas para la nieve no la tenía incorporada! jajajaajajaj Muy valiente para estar sola en un lugar donde nadie habla en ningún idioma que entiendas, en el medio de un bosque, únicamente con un mapa en la mano mostrando puntos de referencia que luego de haber sido besados por la nieve, se tiñen de un blanco absoluto y pareciera que desaparecen…

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  2. ¡Qué lindo Marie! Ahora puedo imaginarme mucho mejor lo que se siente caminar bajo la nieve. Imaginate, la primera vez que vi “nevar” fue en Bs. As. Es una materia pendiente.

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