Soltera sin hijos I: “LAS DOS MUJERES”

Con este texto inauguro la sección que di en llamar Soltera sin hijos, donde comparto las vivencias que tengo que sufrir (o disfrutar) como mujer de casi 40 años, solterita (¿con apuro?) y sin hijos (todavía).

(Los paréntesis, como ven, intentan una mirada positiva y tal vez esperanzada de quien escribe – todavía no se sabe si la logran)

Las dos mujeres

Ayer estaba viendo un capítulo de la serie Modern Family en Netflix y la protagonista, una ama de casa de unos 40 años aproximadamente, se encuentra con una antigua amiga, ex compañera de trabajo.

Al principio se las ve en una barra, esperando que les den una mesa en el restaurant donde habían quedado para almorzar. Claire le está mostrando una foto de su familia: su marido y sus tres hijos. Les cuenta cómo es cada uno de ellos, exagerando, por supuesto, algunos datos como calificaciones de los chicos, gestos románticos del marido, etc. La amiga la felicita tomándola de la mano y Claire siente sus uñas clavándose en la palma. Se escucha en off su pensamiento: “mi amiga está celosa de la familia que yo he podido formar. Seguro, pobre, es la reacción por estar soltera sin hijos frente a lo que yo sí he construido desde que dejé de trabajar en la compañía”.

En una escena posterior, ya sentadas en la mesa, se las ve charlando animadamente pero ahora la amiga recibe una llamada en el celular y tiene que atender. Dice “disculpame, debe ser alguno de mis amantes. Tengo cuatro: uno en París, uno en Miami, otro en Nueva York… y el último en San Francisco”. Finalmente corta después de una breve conversación. No se trataba de ningún amante sino de la confirmación de que la habían nombrado como representante regional en Europa y debía mudarse a París.

La protagonista mira a la cámara con una mueca de falsa felicidad. Es evidente que le molesta el éxito de su amiga y los cuatro amantes diseminados por el mundo. Otra vez la voz en off: “mi amiga no está envidiosa de mí, yo estaba equivocada”. Al ver su cara de frustración, la amiga la toma de nuevo de las manos y le dice que no tiene que ponerse mal por sus decisiones en la vida, que ella seguro disfruta de su familia y las tareas domésticas tanto como ella disfruta de su trabajo y los viajes por el mundo

Las escenas que vemos a continuación son todas presentadas con mucho humor. La amiga la visita a la casa, ella la quiere impresionar pero sus hijos están haciendo un desastre, la casa está sucia, su marido está encerrado en un baño químico a la entrada del garaje y ella, frustrada, trata de esconder lo que no se puede disfrazar. La familia es un quilombo. Cuando ya la amiga se va, ella les grita enojada y se va sin cocinar la cena. Todo le salió mal, ella solo quería impresionar de alguna manera a su viajera amiga profesional.

A la noche, la mujer no cena con su familia, se la ve mordiendo una hamburguesa en una especie de McDonald’s al borde de las lágrimas. Decide volver a su casa y encuentra a todos charlando amenamente alrededor de la mesa. La incluyen sin decirle una palabra ni recriminarle el haberse ido. Ella queda feliz y, otra vez en off, agradece la familia que tiene y expresa cuánto los ama.

Bueno, hasta acá lo que vi. Ahora les quiero compartir lo que sentí.

¿Qué me pasó cuando vi este capítulo? Además, por supuesto, de ser consciente de los lugares comunes y los estereotipos que presenta, me  molestó sobremanera la ya vieja dicotomía mujer-madre-de-familia versus mujer-solitaria-exitosa.

Estoy cansada de la eterna idea de que la mujer siempre tiene que elegir. De que la mujer siempre tiene que optar. O persigue una carrera profesional, viajes y un amor apasionado o elige formar una familia y disfrutar del amor y la seguridad de una vida estable.

Yo quiero creer que esta dicotomía es absolutamente ficticia. Sé que en la vida hay que elegir y que, lamentablemente, todo no se puede. Pero, ¿es necesario renunciar a un futuro profesional para formar una familia? ¿Es tan absolutamente inevitable que el amor estable y la maternidad maten la pasión en la pareja? ¿Es cierto que para poder seguir capacitándote o ir creciendo en una profesión es necesario renunciar a la idea de formar una familia? La sola idea de tener que renunciar a mis pasiones y mi individualidad me quita el sueño pero, al mismo tiempo, la vida sola, sin pareja ni hijos, también me entristece y me llena de frustración. ¿Cómo se hace para congeniar todo? ¿A qué se tiene que renunciar y qué cosas permiten desarrollar ambos roles?

No es actual, creo yo, la idea de una cosa o la otra. De hecho creo que la mayoría de las mujeres viven tratando de hacer ese balance entre la maternidad y la vida laboral. No es fácil, me imagino, pero es la única manera posible de no sentir frustraciones ni arrepentimientos. ¿Por qué, entonces, se insiste en que es una cosa o la otra? Y lo peor de todo es que el mensaje suele ser: si sos madre de familia y renunciaste a tu vida profesional, eso, te puede frustrar pero a la larga, tenés la recompensa del amor de tus hijos. Esa renuncia, finalmente, estuvo bien. Fue provechosa. Elegir seguir sola, viajar, tener amantes y ser ambiciosa, en cambio, está mal, es ser egoísta, es no querer dar amor y cuidar a otra persona. ¿Puedo no elegir ni lo uno ni lo otro? ¿O mejor dicho, puedo ser las dos cosas?

Diariamente las mujeres (y peor si tenemos más de 30) somos bombardeadas con mensajes como estos. En la tele, en la publicidad, en las palabras de nuestros viejos, en las de algunos amigos, en las redes sociales.

¿Vieron esas cosas que pasan totalmente desapercibidas hasta el momento en que alguien te las señala? No sé, por ejemplo, te avisan que tenés la etiqueta de la Afip todavía enganchada en la remera nueva o que tu vecino del 6°B está buenísimo o que el año pasado te quejabas de tu laburo exactamente igual a como lo estás haciendo ahora, aun habiendo jurado que ibas a hacer algo al respecto… Son esas cosas que otro que te escucha, que te ve, se da cuenta antes que vos y te las señala. Como espectador externo de tu vida y de tus cagadas te dice: “Mirá, te lo comento porque pensé que te habías dado cuenta pero veo que no es así…”

Eso me pasó con Facebook. A partir de mi ingreso, hace años ya, en esta red social y después de la inevitable búsqueda de ex novios y compañeras del secundario, el bien ponderado maldito “Caralibro” me mostró, así sin anestesia, que yo, ya con treinta y pico, no había formado una familia y la mayoría de mis antiguas amigas sí.

De repente me vi cara a cara con una realidad que ni me imaginaba que existía. Mi vida con todas las cosas que no he hecho todavía eran para mí la “normalidad” de la mayoría. Hasta ese bendito día en el que empezaron a irrumpir en mi muro fotos de compañeras abrazadas a sus bebés, fotos de viajes en familia, peloteros y payasos, esposos serios festejando aniversarios impensados. Esas mismas mujeres que antes solían defenestrar el mundo adulto y todos sus mandatos de casorio, hijos y vida responsable. ¿Qué pasó entre esos años de “embarazo no deseado” y “apurate, que se te va el tren”?

No puedo entender cuándo sucedió todo eso… a qué tuvieron que renunciar ellas, a qué no renuncié yo. Qué pasó en el mientras tanto… qué distracciones tuve yo. No es tanto el problema de qué hicieron ellas ni qué quieren (de)mostrar con esas fotos  en el Face, el tema acá es por qué me hace sentir tan mierda a mí. El modelo de la familia clase media parece funcionar a la perfección. Alguien está haciendo las cosas como “diosmanda”. Pero ¿no éramos todos una generación de superados?

No estoy para nada en contra del modelo de familia tradicional. Lo que me choca es sentirme insatisfecha por no haberlo todavía logrado yo. ¿Cuándo empecé a desear todo esto? A todos nos gusta amar y ser amados, y la soledad a los casi cuarenta años es realmente una bosta pero ¿qué hice yo todos estos años? ¿me habré estado preparando para esa vida que, pareciera, los otros ya están viviendo? ¿o he estado distraída tanto tiempo? ¿estaban preparados ellos antes que yo? ¿fue mi decisión o simplemente no se dio? ¿Qué experiencias son las que valieron la pena el retraso?

El alarde de los otros existe sólo producto de mi confesada envidia y fantasía. “Es que he viajado”, “es que he elegido mal” son malas excusas para esconder una vergüenza que siento de no sé muy bien qué. Maldito el momento en que Facebook me invitó a comparar.

Apoyo el uso de las redes sociales. Tienen mucho para aprovechar. Pero qué tentación la de cotejar… “Pero mirá quién tuvo dos hijos…” y, chau, la mirada se corrió de los propios deseos y proyectos. No quiero renunciar a ellos pero, querido Facebook, querida vida, aprovecho el momento para decirles que hay otros planes que también me gustaría agregar.

Y vuelvo a la pregunta original ¿tengo que elegir? Y elegir ¿entre qué? Mierda, qué difícil es estar soltera; qué difícil, ser mujer. Qué difícil.

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