El talismán

Ahora descansa en mi mesa de luz porque, aunque soy cero religiosa y no profeso ninguna fe en particular, me gusta pensar que de alguna manera esta cruz tiene poderes mágicos. Por lo menos para que en las noches de insomnio me ayude a pensar menos y haga que el sueño venga más rápido.

Hace un año, solía acompañarme en mi cartera a todos lados. Eran tiempos en los que necesitaba tener este “amuleto” todo el tiempo conmigo. Quería que me diera su buena fortuna estando cerquita mío. La llevé por ese entonces a un corto viaje que hicimos con mi hermana a la ciudad de mis abuelos, San Pedro. Venía de un año lleno de novedades y buenos comienzos y quería que esa buena racha continuara. No hubo grandes acontecimientos durante esas vacaciones pero pasé una linda semana al sol, junto al río Paraná en un hotel espectacular.

Esta cruz de dos brazos horizantales se llama Cruz de Caravaca. Unos días después de haberla encontrado la googlée y encontré lo siguiente:

“La legendaria historia de la Cruz de Caravaca tiene su origen en el pueblo de Caravaca de la Cruz,- municipio español situado a unos 63 Km de Murcia,- y en ella se mezcla la historia oficial con numerosas leyendas de la tradición local, que le confieren, a la vez, un caracter mágico y religioso.
El nombre oficial con el que se denomina a la Reliquia en los documentos es el de ¨Vera Cruz¨, nombre bien significativo, relacionado con el Temple, pues en donde hubo templarios aparece frecuentemente el título de Vera Cruz. Desde la Edad Media se la conoce con este nombre específico: la Vera Cruz de Caravaca, es decir, la verdadera cruz. Se trata de un “lignum crucis”, es decir, un fragmento de la verdadera cruz en la que Jesucristo fue crucificado. El título, juntamente con el de Santa, solamente se aplicaba al leño de Jerusalén, encontrado en el siglo IV por Constantino o por su madre Santa Elena.”

La encontré hace ya dos años, en un camino de tierra rojiza, entre hormigueros y bosta de caballo seca. Yo estaba de viaje con mis viejos. Era mi primer verano recién separada y me había enganchado con ellos unas semanitas a Florianópolis, en el sur de Brasil.

A mis viejos les encanta la ruta, así que salimos en auto pero, en vez de hacer escala en Sao Gabriel, como hacíamos cuando yo era chica, nos hospedamos una noche en una pousada rural, cerca de Sâo Borja, a 5km de la frontera con Argentina.

Fue difícil encontrarla. La pousada estaba en medio de la nada, metida entre árboles frondosos y arbustos selváticos. Al pasar la tranquera y llegar hasta el casco, que era una pequeña casa de galería flaca, nos vino a recibir una pareja joven, de unos 40 años. Nos mostraron amablemente las habitaciones, simples y muy muy limpias, y la rústica pileta con el agua tibia calentada por el sol mesopotámico de todo el día.

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Pousada Sitio Preserva

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Dejé el bolso en en la habitación y salí a caminar por las inmediaciones de la casa. Necesitaba estirar las piernas después de todo un día de viaje. La hora del atardecer, colo púrpura entre el follaje de los árboles, era un alivio perfecto para el encierro de tantas horas en auto.

Emprendí el camino arbolado de la entrada. Ahora lo hice de modo inverso, desde la casona hasta la tranquera de la entrada. Más o menos, un kilómetro. El suelo era de tierra rojiza, como toda esa tierra del sur de Brasil y del noreste argentino. Cuando era chiquita, en mi primer viaje a las Cataratas, aprendí que el colorado de la tierra se debía a los minerales, en especial, a la abundacia de hierro.

Los pájaros revoloteaban sobre mi cabeza. Las cotorras chillaban en sus nidos sobre las palmeras. Había insectos por doquier y gigantescas telarañas entre las plantas. Un cascarudo cruzaba el camino por donde yo andaba. El olor a tierra y a caldo de las plantas me inudaba. Y ahí, entre unos hormigueros sobre el sendero, medio escondida entre yuyos la vi.

Una cruz de madera.

El gesto instintivo fue mirar para todos lados para ver si había pasado alguien a caballo o si había alguien entre los arbusto que estuviera trabajando y se le hubiera caído la cruz sin querer. Estaba sola. Yo, las chicharras y los grillos. Yo era la única persona en el sendero colorado.

La levanté y sentí el encuentro mágico de las cosas inverosímiles frente a las que uno en seguida busca un sentido. Yo venía de una ruptura dolorosa, con muchas idas y vueltas y el encuentro con esta cruz no podía ser otra cosa que la señal de algo. Yo no soy religiosa para nada, me eduqué en un colegio católico que más ganas me dio de cuestionar todo que de seguir el dogma, pero sí me considero una persona espiritual. Charlo con el Universo a veces, me conecto con el Todo, aunque no sepa muy bien qué diablos es ese Todo o si ese Todo escucha…

La cruz era extraña y eso la convertía instantáneamente en talismán. Tenía dos brazos que cruzaban el tronco vertical. En la base, el tronco se ensanchaba y, al final, en una especie de “pie” en la base de la cruz estaban gravadas en la madera dos letras: CM. Había una parte “comida” al final, una astilla que se había salido justo en la patita de la M. Seguramente en un golpe o en una caída, la cruz, había perdido esa partecita.

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Cruz encontrada en el camino de entrada a la pousada

Enseguida la hice mía: la acaricié y la guardé en mi bolsillo. El Universo, a su manera, me estaba diciendo, con ese hallazgo, que todo iba a estar bien.

En la cena, que preparó el propio dueño de la pousada, nos dimos cuenta de que éramos solo dos familias las que estábamos alojadas. Como la cena la cocinaban y servían en el momento los dueños, tuvimos que tomar turnos para comer. Primero le tocó a la otra familia que había llegado después. Tenían nenes chiquitos así que se tenían que ir antes a dormir. Después nos tocó ocupar la misma y única mesa del comedor a mis viejos y a mí.

El hombre y su mujer nos sirvieron de todo. Bien a lo brasilero: con plato principal (en este caso una lasagna) y alrededor para acompañar, ensalada, arroz, porotos, farofa. Un festín en medio de ese campo aislado lleno de perfumes y libélulas.

Todo, absolutamente todo, lo hacían ellos mismos. Cocinaban, servían, limpiaban, ponían música. El hombre se nos acercó en un momento y, mostrándonos unos CD viejos, nos preguntó qué música queríamos escuchar mientras comíamos. En las paredes había fotos antiguas, de gente a caballo, algunos títulos de propiedad… Al costado, una heladera gigante, esas de madera de cuatro puertas cuadradas, como las de las almacenes de antes. En un rincón una alacena antigua con sifones y botellas de un vidrio grueso verde oscuro.

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Comedor

Los dos hablaban perfecto español aunque el hombre, un tipo flaco medio rubión, no tenía nada de acento portugués. Con sus bombachas de gaucho y sus cachetes quemados por el sol parecía más un inmigrante polaco que un gaúcho de Río Grande do Sur. La mujer, flaca de rulos negros azabache, tenía una mirada sincera y decidida. Ella sí ponía diptongos donde no los había y sonidos nasales donde el español no los tenía. La mujer tenía en brazos a su hija mientras nos miraba con amabilidad para ver si la comida nos gustaba.

“La finca era de meus abuelos…” empezó a decir. Gracia había cruzado la frontera hacia Argentina para estudiar cuando era una adolescente. Había dejado la chacra familiar para buscar otros horizontes en la universidad del Litoral argentino. Allí había conocido a Eduardo, entrerriano, y se habían ido a vivir a Posadas. Él había conseguido un muy buen trabajo en una multinacional como gerente regional. Cuando Gracia quedó embarazada, sus padres la llamaron desde Sao Borja para decirle que querían vender la finca. Recordando el paisaje rural de su infancia y con ganas de que su hijo creciera en ese ámbito natural, Gracia charló con Eduardo para instalarse nuevamente en Brasil y tratar de sacar adelante el campo de su familia. En un gesto de absoluto amor incondicional, Eduardo renunció a la empresa y los dos cruzaron una tarde la frontera para instalarse, ahora como dueños, en la Pousada rural. Los padres de Gracia se mudaron al centro de Sao Borja y con los ahorros que les quedaban, la pareja, empezó a sembrar y a criar algunos animales.

Las cosas no venían muy bien y los trabajos en el campo se hacían cada vez más pesados. Una mañana, mientras Gracia lavaba ropa en el patio delantero de la casa, vio pasar caminando a un grupo de personas cerca de la tranquera de la entrada. Era raro, en medio de la nada desolada y calurosa, que pasaran personas en grupo y mucho menos de a pie. Al día siguiente, volvió otro grupo a aparecer por la ruta de tierra y esta vez Gracia se acercó a averiguar quiénes eran.

Se trataba de un grupo de peregrinos que estaban haciendo el Camino de las Misiones, una ruta religiosa que se hacia a pie durante varios días con paradas en cada uno de los antiguos asentamientos jesuitas y sitios arqueológicos de la cultura guaraní. La puerta de su estancia quedaba justo al principio del camino del derrotero feligrés hasta la Iglesia do Santo Angelo.

“Entonces se me ocurrió una idéia: a la mañana siguiente, bajo un sol que partía la tierra en terrones, me acerqué a la tranquera antes de que los peregrinos llegaran. Los esperé con dúas jarras de limonada casera bien fría.” Pronto se supo entre los viajeros, que en la puerta de esa finca, una mujer esperaba a los cansados caminantes con un refresco reparador.

Al año siguiente, Gracia ya había preparado habitaciones con baño privado para que, además de la limonada, los feligreses pudieran descansar e higienizarse por unos cuantos reales. “Fui así como empezó nuestro alojamiento rural”, remató sin muchas efusividades mientras nosotros terminábamos nuestra lasagna. Eduardo nos sonrió y se metió de nuevo a la cocina para abrir una lata de duraznos de postre antes de que nos fuéramos a dormir.

La energía y calidez de esas dos personas que acababa de conocer me llenaron de emoción. Habían tenido que pasar por muchos cambios en sus vidas, muchos comienzos, esfuerzos y renuncias, y ahí estaban, con una sonrisa, dispuestos a hacernos sentir como en casa. Me maravilló el empuje de esa mujer fuerte que hacía todo con sus propias manos: cuidaba a su hija, trabajaba los cultivos, manejaba a los animales, limpiaba las habitaciones y recibía a los huéspedes. Había tenido una idea y la había llevado a cabo.

Esa noche nos fuimos a dormir temprano porque nuestro viaje seguía al día siguiente. La cruz encontrada ya estaba adentro de mi mochila con toda su fuerza mágica recargada después de la historia de Gracia. Esa noche soñé con misioneros y peregrinos. Caminos colorados e iglesias coloniales. Paisajes selváticos, loros y mujeres nativas. Mujeres fuertes. Mujeres valientes y decididas.

La cruz que se le cayó a alguno de esos peregrinos quiso, ella misma, estoy segura, cruzarse conmigo en aquel sendero aquella tarde roja y calurosa.  Tal vez guarde en su madera la fuerza de esa mujer emprendedora que en aquella finca, cerca de la ciudad Sao Borja, logró torcer el destino de su vida. Yo la acaricio un poco todos los días, ojalá me contagie ese coraje y esa valentía.

Actualmente, la Pousada Sitio Preserva tiene su propia página web.

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Camino de las Misiones – Región Río Grande do Sul – Brasil

 

Este texto pertenece al proyecto “30 días de escribirme” propuesto por Aniko Villalba en su blog Escribir.me. Se trata de activar nuestra creatividad a partir de 30 disparadores o consignas cortas de escritura para realizar durante 30 días consecutivos. ¡Están todos invitados a participar!

Corresponde a la consigna del Día 12: elegí un objeto de tu casa. Escribí su historia. combinado con la consigna del Día 14: escribí un evento de tu vida de atrás para adelante

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