Mendoza. Día 2

Estuve unos días de visita por Mendoza, provincia cuyana al oeste de nuestro país, pegadita a la Cordillera de los Andes. La idea era visitar algunas bodegas, hacer las catas correspondientes y adentrarnos un poco en el paisaje natural de la región. Todo eso, sumado al disfrute de la gastronomía mendocina.

Aquí van algunas notas de mi diario de viaje:

♣ ♣ ♣

miércoles 3 de febrero:

La idea era hacer el camino de alta montaña: ir por la ruta N°7 hasta el Puente del Inca, ver el Cristo Redentor, justito ahí, en la frontera con Chile, pasando por Uspallata. Pero, a la mañana, mientras desayunábamos, nos informaron que había habido un alud en la ruta 7 camino a Los Penitentes que derribó un puente quedando gente varada y la ruta intransitable.

Decidimos, entonces, tomar la ruta 52 que sí estaba habilitada y subir hasta Villavicencio para visitar la Reserva y el famoso hotel.

El Hotel de Villavicencio fue construido en 1940. En realidad, la idea fue atraer a la gente para que conociera las fuentes termales de agua mineral. Fue emplazado en un lugar estratégico, lugar de descanso en la única ruta que existía entonces para llegar a Chile. El consumo y comercialización del agua mineral tenía objetivos médicos originariamente. Se vendía en botellas de vidrio verde en farmacias y se la daba a los enfermos (como ahora se suele dar Seven-Up). El hotel, con estilo arquitectónico normando, fue construido con todos los lujos. Pisos de madera y muebles traídos de Europa, azulejos y cerámicas para las paredes y piso de los baños, canchas de tenis, de bochas. Los baños termales eran individuales porque en la época no estaba bien visto tomar baños en piletas comunitarias.  Era un hotel lleno de comodidades y actividades de esparcimiento y recreación. La chica que nos recibió en la Reserva nos contó la corta historia del hotel: abre sus puertas en 1940 y las cierra después del mundial de 1978, en plena dictadura militar, ya que el mantenimiento era superior a las ganancias que dejaban los huéspedes. De ahí en más, la historia se pone triste para el Villavicencio: saqueos, destrucción y deterioro.

Al pasear por sus jardines y ver la fachada bastante bien mantenida, no pude dejar de sentir que estaba frente a un Titanic. Las historias de gente bien vestida tomando el té en las terrazas o jugando al billar en los salones de recreación con sus sombreros y trajes con tiradores llenaron mi cabeza de fantasías y reavivaron el movimiento de esa, ahora, casona hueca. Mis abuelos maternos se casaron en Mendoza en 1949 y fueron a pasar su luna de miel allí, en el hotel. Ellos formaron parte de ese selecto grupo de personas que deambulaban por los jardines del hotel, entre las vertientes naturales del agua mineral con sus vestidos recién salidos de la modista y sus pantalones bien planchados. Mis “lelos” seguramente tomaron un baño termal en sus tinas individuales dentro de una habitación lujosa, antes de la cena en el restaurante. ¿Habrán tomado un espumante mendocino para celebrar? Es muy difícil y hasta divertido imaginar a mis abuelos, gente que ha sido sencilla y de trabajo, en un ámbito tan aristocrático y lujoso. ¿Qué los habrá decidido a casarse allí y pasar la luna de miel en un hotel que, seguramente, les habrá costado una fortuna? Los imagino jóvenes, “buenos mozos” y enamorados; limpios y perfumados, dando vueltas por las mesas de canasta o bajo sus sombreros entre las canchas de polvo de ladrillo. Algo de sus pasos, de sus charlas, de sus besos debe estar todavía flotando por el interior de este hotel hermético y misterioso.

Todo el camino hasta el Hotel nos acompañó un rico perfume mentolado o más bien parecido al eucalipto. Después nos enteramos de que se trataba de la jarilla, una planta resinosa muy aromática que se usa para perfumar ambientes o para ahumar la carne asada y dejarla con un gustito especial. Al costado del camino se veían restos de fogones donde la gente seguramente había hecho sus asados utilizando la jarilla que abunda por estos lados. 

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Hotel Villavicencio. Las paredes están pintadas de salmón (e vez del blanco original) para evitar el deterioro por la humedad
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Fuentes de agua termal

De vuelta hacia Mendoza ciudad, pasamos por Luján de Cuyo y visitamos a la Virgen de la Carrodilla, protectora de los viñedos.

Cuenta la tradición que en el año 1250 en un camino de Estadilla un pueblito enclavado e las montañas de la provincia de Huesca en Aragón, España, hizo su primera aparición la Virgen María, con el niño Dios en sus brazos y un racimo de uva en su mano izquierda, significación de abundancia. Lo hizo a dos carboneros pobres sobre el carro que empleaban para transporte del producto. Por eso la llamaron Virgen de la Carrocilla, es decir del Carrito. Milagrosamente después encontraron la veta que les proporcionaría una vida mejor.

En 1765 nació Antonio Solanilla y fue bautizado en ese santuario consagrado a Nuestra Señora de la Carrocilla en España. De niño, Solanilla vino a tierras americanas y entre sus pertenencias traía una imagen de la Virgen que entronizó en una capilla construida junto a su casona, en el camino a Luján de Cuyo.

Posteriormente, cambió el nombre por el “de la Carrodilla”. Unos dicen que fue por desfiguración del nombre; otros dicen que es debido a que así se llamaban las montañas donde se apareció la Virgen María.

Ha pasado por transmisión oral de abuelos que una noche de terrible tormenta de piedra, sacaron a la virgen de la capillita en actitud de ruego y la tormenta cesó inmediatamente. Ese milagro la convertiría por voluntad popular en patrona de las vides mendocinas, antes que lo hicieran las disposiciones legales.

fuente: forosdelavirgen.org

 

 

 

 

Por la tarde, le tocó el turno a otra bodega. No queríamos ir muy lejos, así que buscamos una que estuviera cerca de la ciudad. Decidimos ir a Bodegas López que queda en Maipú, a unas estaciones del Metrotranvía que sale de Mendoza capital. Compramos la Red Bus, que es como la “Sube” de Mendoza y la cargamos con el total del boleto ida y vuelta hasta la Estación Gutiérrez. El metrotranvía es súper moderno. Se parece un poco a nuestro Tren de la Costa, con asientos mullidos y aire acondicionado. Acá nos cruzamos con mucha gente que iba o volvía de sus trabajos hacia el Gran Mendoza.  Al bajar en la estación, última del recorrido, tuvimos que caminar solo dos cuadras hasta la bodega bajo un sol seco que rajaba la tierra. Al entrar en el gran salón de López, nos tiramos en unos sillones blanditos a disfrutar del fresco ya que afuera hacía unos 40 grados, con un sol imponente que nos quemaba la cabeza. En Mendoza, a diferencia de Buenos Aires, el sol más fuerte y las temperaturas altas se sienten a las 5 o 6 de la tarde en verano. Así que uno tranquilamente puede tirarse a la pileta a las 7 de la tarde y broncearse justo antes de la caída del sol. Mientras que, al mediodía, todavía uno puede andar en remera y sentir fresquito como para meterse al agua.

La bodega López es inmensa. Tiene una colección de autos antiguos, barriles añejos y una casona de recepción que se utiliza para eventos y exposiciones. Una de las cosas que más me gustó en la bodega fueron unos tubos transparentes que mostraban los suelos de los distintos viñedos que tiene la familia López. En cada tuvo se podían ver los diversos estratos que estaban marcados con un cartelito: arcilla, piedra caliza, arena, etc. Además de indicar dónde se encontraba el viñedo, decía también qué tipo de uva estaba plantada allí. La geología al servicio de la agricultura vitivinícola. Después de la explicación del cultivo, la fermentación, las piletas, el mosto, etc. etc., pasamos a la degustación. Acá nos desilusionamos un poco. Nos dieron para la cata vinos de muy baja calidad (a mi neófito parecer). No soy para nada una entendida en el tema (tengo ganas de empezar a serlo) pero los vinos que  nos hicieron probar fueron vinos que uno encuentra en cualquier supermercado a precios más que razonables. La idea, me parece a mí, es que en una bodega te den a probar los vinos más caros, esos que uno no suele comprar. Por eso nosotros preferimos visitar bodegas más pequeñas o familiares, con vinos que no se encuentran en Buenos Aires. Sería una muy buena jugada de las bodegas grandes más industrializadas darte a probar vinos caros o espumantes que solo se suelen descorchar para grandes ocasiones. Cuando uno viaja hasta Mendoza y visita una bodega, está mucho más abierto a invertir en vinos buenos y caros. Si uno está entusiasmado con conocer el origen de la cosa y se metió en el mundo del vino, es que evidentemente está mucho más predispuesto a gastarse unos pesos en una botellita por la cual no invertiría en casa cualquier día. ¿No coinciden conmigo? 

Podría contarles de algunos compañeros de cata que, haciendo alarde de un conocimiento un poco sospechoso, equivocaban frutas, años de añejamiento y presencia de “maderas” en el perfume de los vinos que pobábamos. Muy, muy gracioso. Cómo es cierto que el que más habla generalmente es el que menos sabe. Al término de la visita, con capa caída y orgullo aplastado, compraban silenciosos, ahora sí, su botellita mascullando un “gracias” bajito a la salida. 

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Metrotranvía

 

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Bodegas López

 

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“Si el vino no llora, llora el que lo toma”

 

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