Mendoza. Día 3

Estuve unos días de visita por Mendoza, provincia cuyana al oeste de nuestro país, pegadita a la Cordillera de los Andes. La idea era visitar algunas bodegas, hacer las catas correspondientes y adentrarnos un poco en el paisaje natural de la región. Todo eso, sumado al disfrute de la gastronomía mendocina.

Aquí van algunas notas de mi diario de viaje:

♣ ♣ ♣

jueves 4 de febrero:

¡Por fin nos adentramos en la montaña! Salimos temprano a la mañana, camino a San Rafael. Tomamos la ruta provincial 173 y nos empezó a envolver poquito a poquito una pared rocosa de colores rojizos y marrones con forma de milhojas. Cada vez teníamos más encima las laderas de las montañas y la ruta se hacía más sinuosa. A pesar de lo seco de las montañas, el camino se volvía cada vez más verde.  Empezaron a aparecer árboles y arbustos bordeando la ruta. Mientras, el sol se escondía: cada vez estábamos más encajonados. De repente, después de una curva, entre los sauces: el río Atuel. Curvas y piedras dejaban algunas espumas por pequeños saltos. El agua, verde grisácea y casi turquesa cuando encontraba un descanso. La combi seguía a toda velocidad silbando con cada curva y contracurva. De repente un cartel: Rafting. Y otro: Kayak. Y otro: Tirolesa, Turismo de aventura, Cool River, Camping, Cabañas, Pesca, Canopy… los centros de turismo y las cabañas se sucedían y se veía gente con cascos y chalecos salvavidas caminando por la vera del río. Entre las ramas de los árboles se aparecía el naranja de los botes inflables, con seis u ocho cabecitas brillosas rebotando con el movimiento del río. Algunos remos se levantaban, algunos grititos se escuchaban. Del otro lado del río, la pared imponente de arcilla y piedra de la montaña.

Seguimos camino, ascendiendo, siempre a la vera del río. Seguían los banners al viento y esa fiesta “playera” de colores y vida acuática. Paramos a almorzar en un bar que tenía una bajada al río y una canción de Manu Chao sonando al lado de una barra de cañas. Un tipo alto, rubio, muy bronceado, me saludó con el gesto surfer de la mano (puño con pulgar y meñique extendidos).  Se puso a dar las instrucciones a un grupo de turistas que esperaban entre excitados y asustados dentro de un bote. Como nosotros ya habíamos hecho rafting en otras oportunidades, queríamos hacer algo distinto. Para cool river, el río estaba bajo, nos dijeron, “se van a lastimar las piernas con las rocas en los saltos”. Quedamos para volver otro día ya que estaríamos cerca, en San Rafael.

Después del almuerzo volvimos al camino y después de recorrer unos pocos kilómetros fuimos dejando atrás la vegetación y el río mientras subíamos y subíamos. El cañón siguió envolviéndonos cada vez más regalándonos colores impensables: rojos, verde aguas, grises, amarillos, blancos. Una fiesta geológica delante de nuestros ojos. Las curvas nos permitían ir descubriendo las formas que el viento y la erosión habían caprichosamente esculpido. Algunas rocas salientes, puntiagudas. Otras, redondeadas, casi “amasadas” como plastilina. Desde los miradores, el espectáculo era impresionante. El  cielo se nubló y todo fue gris y violeta. El agua, abajo en el cañón, centellaba plateada. Un submarino/dinosaurio medio sumergido se quedaba quieto mientra los catamaranes chiquititos lo circundaban.

El cañón del Atuel nos dejó sin habla. La solemnidad de la naturaleza despertó en nosotros puro respeto y admiración. Qué pequeños somos. Qué corta es nuestra existencia. Cuánto problema nos hacemos por cosas insignificantes. Frente a un espectáculo como este, frente a esta inmensidad, algo en el alma se nos acomoda.  El desafío con este sentimiento es hacerlo durar, repetirlo en cada esquina, en cada momento de ahogo de la rutina habitual. Cada uno de los que viajamos tomó un momento a solas, contemplando en silencio, para hacer seguramente algún tipo de pacto con la naturaleza. Yo, al menos, sé que lo hice. Al costado, un puesto en medio de la inmensidad vendía nueces, souvernirs de piedra, collarcitos-pulceritas y bolsitas de granola casera para los viajeros que habían vuelto ya del trance paisajístico. Nosotros decidimos seguir viaje hasta San Rafael aunque el silencio continuó en la combi unos cuantos kilómetros más.

 

 

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