Gracias

Cuando uno es chico y se enamora por primera vez piensa que va a ser así de fácil toda la vida con cada uno que se vuelva a enamorar. Te gusto, me gustás. Te escribo una cartita, me regalás una flor. La inocencia nos permite sentirnos libres de expresar lo que queramos. Los dos sentimos lo mismo. Nada puede salir mal. Y así como nos ponemos de novios, así nos separamos. No porque haya habido un problema, sino porque ya está, no quiero más. Porque terminaron las vacaciones y tengo que volver a la escuela, no te voy a ver más.

Pero aunque parezca fugaz el encuentro, son amores que difícilmente podemos olvidar. Es la fuerza de esas primeras sensaciones de reciprocidad. Esas miradas tiernas de cariño sincero que todavía no llamamos “amor”. Es casi un amigo pero un amigo con el que compartimos juegos distintos. Juegos de enamorados, juegos de la mamá y el papá, juegos que solo compartimos de a dos. Juegos que no se muestran ni se comparten con otros aunque todavía no den exactamente “pudor”.

Hasta que algo pasa. La vida pasa. La adolescencia llega. Y con ella, la verguüenza. El “te quiero” pero también “te deseo”. ¿Y qué hago con este deseo? ¿Y qué hago si no me deseás? Sí, la cosa se complica un poco. Y lo claro y fácil que era querer a otro, ahora se convierte en todo un enigma de identidades, autoestima, orgullo, deseo y dolor. Ya no es “te gusto, me gustás”. Ahora es un “¿quién carajo soy yo, quién carajo sos vos y cómo diantres hacemos para querernos los dos?”

Hoy partió hacia otro cielo mi primer amor.

Yo tenía ocho, nueve años. Él igual que yo. Primo de mis primos, vivía en un pueblo cerca del campo adonde íbamos a pasar los veranos mi familia y yo. Me gustaba hacerme la canchera al llegar. Con mis camperas de jean porteñas, saludaba a E. desde lejos, apoyada sobre el auto de mi papá. Intimidada un poco por esos dos ojos azules que me miraban risueños trepados a la tranquera. Al día siguiente ya estábamos juntos pisando bosta y metiéndonos en el maizal.

Mi hermana y yo dormíamos con mis viejos en una habitación grande, antigua, con riquísimo olor a humedad. Desde la ventana se veía el quinotero de atrás. Él se metía despacito a la madrugada sin que mis viejos oyeran para invitarme a jugar. Otras tardes, junto a mis primos, pescábamos en un arroyo unas feísimas anguilas que me hacían casi vomitar. Él las agarraba con orgullosa hombría y las mataba así nomás.

Fueron pocos veranos los que compartí con él. Mis primos eran los que más me acompañaban en estas andanzas camperas. Nos metíamos en el monte donde hacíamos la “casita” con paja y ramas. Metíamos todos los juguetes de latón antiguos que encontrábamos enterrados: autitos, muñecas viejas, cajitas, monitos. Eran restos fósiles que nosotros cuidábamos como hallazgos arqueológicos de una infancia muy muy anterior. Seguramente habían pertenecido al abuelo o bisabuelo de mi tío

Una vez sola fui a la casa de E. en el pueblo. Ahí, lejos de la tierra y de los juegos compartidos, yo volvía a ser la porteñita engreída que veía con nariz arrugada los almacenes de ramos generales del lugar. En una cocina espaciosa y con olor a gas, me servían una chocolatada bien espesa que tímidamente tomaba; sus ojos expectantes, como siempre, sobre mí. Modosita y tímida, distante e incómoda, no sabía cómo sentarme ni qué decir.

En el campo, en cambio, yo era más “yo”. Desplegaba todo mi ser, me soltaba. Me olvidaba de la escuela, de las pruebas, del ascensor y los edificios de la ciudad. Podía correr, trepar, ensuciarme, perderme… Fue en el campo donde vi nacer pollitos y crecer zapallos; donde, por primera vez, espié a un caballo y una yegua que se estaban apareando. También aprendí cómo se desangra un chancho, cómo se mata una gallina y cuándo está listo el maíz para cosechar. Donde oí varias veces, a lo lejos, los disparos de mi viejo y de mi tío cuando salían a cazar. A la noche, las pobres palomitas aparecían, en escabeche, en unos francos grandotes de mermelada. Y así, tan cerca de la vida y de la muerte, era inevitable y muy natural que E. y yo nos gustáramos.

Entre mis recuerdos del galpón de adobe, la cocina económica con la chimenea ennegrecida y el tanque de agua donde nos metíamos a nadar, también estás vos. Y, aunque después de 30 años ya no nos hubiésemos reconocido, aunque fuimos desde entonces dos extraños y no nos volvimos nunca más a encontrar,  veo hoy tus ojos en una foto y son los mismos que una vez, por primera vez, me dijeron “mañana te despierto a las 6 para ver el amanecer”.

Gracias por estrenar mi ganas de amar. Gracias por ser el primero que jugó conmigo este juego que se ha vuelto tan difícil pero que no acaba jamás. Gracias, E. Que descanses en paz.

 

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