Mendoza. Día 4. Belleza, espumantes y alguna que otra contradicción

Los concursos de belleza siempre me han generado muchísimo rechazo. Me parece absolutamente denigrante que una mujer se presente delante de un jurado que inspeccionará cada centímetro cuadrado de su cuerpo; que escribirá, en un anotador, cada detalle del brillo de su pelo y le observará detenidamente la uñas para ver si son verdaderas, esculpidas o mordidas. Bajo el ojo detallista del selector, la chica queda reducida a un envase o producto en un exhibidor. Despojada de su subjetividad y sus atributos humanos, sus deseos, pasiones, miedos, ideas, sueños, sus derechos ¡y hasta su voz! existirán en la medida en que ella responda a los parámetros de belleza física.

En la Semana del Espumante, en el departamento de San Rafael, nos cruzamos con la candidata a reina departamental de la vendimia. La chica tenía una banda que decía “Paredes” en letras doradas. Después me explicaron que las chicas primero concursan dentro de cada distrito, luego la ganadora lo hace a nivel departamenal y, por último, todas las reinas departamentales son las que participan por el premio más preciado en Mendoza capital: ser coronadas “reina nacional de la vendimia”.

Nos encontrábamos en la bodega Casa Bianchi, donde comenzaba la Semana del espumante con una fiesta fenomenal: luces de colores, una escalinata blanca hasta la entrada del salón de la bodega donde todos nos frenábamos para sacarnos una foto sobre la alfombra roja del evento. Detrás de la casona, los viñedos iluminados con reflectores esperaban orgullosos a que probáramos la cosecha. Una cola de autos seguía llegando. La gente que bajaba emperifollada clavaba con firmeza sus tacos en la tierra de viñedos. En el salón, un grupo tocaba música jazz en vivo y los mozos zigzagueaban entre los asistentes que, rompiendo toda compostura, se abalanzaban, uñas pintadas gemelos rozando, sobre quesos ahumados y jabalíes servidos.

La reina de Paredes entró con su vestido largo, su corona y su cetro. Muy maquillada, pómulos altos; “monísima”, ella. Se la veía alta y esbelta. Bella y sola. Paradita, obediente, esperaba para responder al pedido que viniera: una foto con una pareja, un beso, un saludo con la cabeza al que respondía regalando fotos propias. Nadie pero nadie se acercaba para hablar con ella. El gesto de la gente era el mismo del autorretrato (ahora, selfie) con un paisaje o un objeto. Mirá dónde estuve, mirá lo que tengo al lado. Solo una señora de vez en cuando se le acercaba a arreglarle el vestido o a retocarle el peinado. Y ahí se la veía a ella, un poco aflojaba y conversaba.

Empezaron a descorchar espumantes en la barra. Nuestras copas, en mano, hacían respetuosamente la cola mientras la crema de la crema de San Rafael conversaba animadamente y relojeaba a la gente nueva. Descubrí a unos cuantos mirando para mi lado, el grupo de extranjeros que veníamos a chupar. La música seguía sonando, aunque a medida que pasaba la noche, quedaba un poco escondida detrás de la charla y el bullicio.

Ya ni me acuerdo lo que probamos. Solo sé que el color y tamaño de las burbujas iba variando a medida que nos servían: rosadas, amarillas, más grandes y rápidas, más chiquititas, menos temblorosas… Al queso y al jabalí se le sumaron aceitunas negras y la gente comenzó a salir a la galería de la parte de atrás para respirar la noche rafaelina entre viñedos y autos Audi estacionados bajo las estrellas.

Se hablaba de uvas, aceites, bodegas y cuestiones familiares mezcladas con mercado externo bien al estilo pueblo agrícola productor. Las señoras, sobrias, con tacos altos y peinados bien teñidos, conversaban, copa en mano, sobre las universidades de sus nietos e hijos. Algunos, mimosos, se abrazaban seguramente animados por la larga cata de extra brut. La reina ya no estaba en ningún lado. Justo cuando todos se empezaban a descontracturar, a reírse cada más fuerte, la candidata de Paredes se esfumó, tal vez su carroza ya convertida en calabaza.

Me quedé pensando, en aquel momento, ¿por qué una chica querría ser reina de la vendimia? ¿qué beneficios le traerá además de popularidad o una mirada más en la calle? Algunas  nombran el honor de representar a un pueblo a nivel nacional, de hacer visible el trabajo en los viñedos. Otras hablan de la participación en actividades solidarias en pueblos o parajes recónditos dentro de la provincia. Las motiva, indudablemente, el amor por el terruño (sentimiento extraño para una porteña como yo) y un poquito de vanidad, claro (que de eso sí, lamentablemente, conozco mucho yo).

No apoyo para nada los concursos de belleza y mucho menos la cosificación de la mujer pero cuántas paradojas veo. Hoy leí, por ejemplo, en un artículo en la página de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, que las representantes departamentales, aspirantes a reinas y virreinas de la vendimia, habían participado de un taller sobre la trata de personas, para que las chicas puedan actuar como promotoras y comunicadoras de derechos. ¿Es contradictorio esto o existe una manera distinta de verlo?

Me da escozor ver a las chicas concursando por el reinado entre el mejor ejemplar vacuno en la Rural o entre la mejor cosecha de la tierra de un lugar. Me da la misma sensación de terror que sentí frente a una vieja imagen del siglo XIX donde se veía a unas personas de pueblos originarios exhibidos como ejemplares en zoológicos humanos. ¿Somos las mujeres un “producto” humano para mostrar? ¿Somos un objeto/ser vivo para embellecer y exhibir? Por supuesto que no. Pero ¿quién es ese ojo que mira y califica? ¿Los hombres? ¿La sociedad? ¿Las mismas mujeres?

Soy culpable yo también: me compro cremas para la cara, me maquillo casi todos los días, compro productos light para no engordar y gasto en la peluquería un dineral. No quiero tener la piel grasa ni el pelo seco. Lucho contra la flacidez; la cola tiene que ser redonda; los pechos, turgentes y el abdomen, plano. ¿Me perece un tontería? Rotundamente: sí. ¿Renunciaría a verme “linda”? Vergonzosamente digo: no. ¿Qué nos pasa con la “belleza”, a nosotros, como sociedad?

 

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