Mi jardín

Hoy, mientras desayunaba, leí algo que me gustó:

Las metáforas son grandes herramientas del lenguaje que nos ayudan a expresar lo desconocido en términos de lo conocido pero sólo pueden funcionar si resuenan en el corazón del escritor. Hay dos grandes metáforas en la vida de la humanidad: el jardín y el río.

…el jardín no empezó siendo, sin embargo, una metáfora. Comenzó representando el paraíso. En el jardín, todo es vida, belleza e impermanencia. Se relaciona con el alimento, con nutrir a los hijos y proveer alimento a la tribu. Es parte de un instinto territorial muy fuerte que puede asociarse a los animales y su necesidad de alimento. Es un mecanismo, también, de exhibición competitiva, como tener el toro ganador de la cocarda. Es el deseo  ambicioso de regodearse con los mejores tomates o las mejores rosas. Se trata de ganar. De proveer a la sociedad de cosas superiores y mostrar buen gusto, valores, que se sepa que uno trabaja duro. Y qué alivio saber, por una vez, quién es el enemigo a combatir – porque en el jardín, el enemigo es casi todo: las plagas, el clima, el tiempo. Entonces uno se ocupa de manera completa, preocupándose y cuidando cada nacimiento, cada crecimiento, cada belleza, peligro y triunfo para saber que todo finalmente morirá de todas maneras. Sin embargo, uno sigue. ¡Qué hermosa metáfora!

(Anne Lamott, Bird by Bird, traducción mía)

Tengo una amiga que sistemáticamente, cada vez que viene a casa, me halaga las plantas de mi jardín. No es que tenga un espacio verde al fondo de mi departamento de dos ambientes lleno de árboles frutales, arbustos y un estanque. Tengo un pequeño balcón donde conviven unas cuantas plantas. Algunas sobre el piso, otras sobre una mesa pequeña plegable y otras colgadas con ganchos en la pared. Hace poco moví una pequeña palmera, una de mis más recientes, de cuatro cabezas, al interior del comedor. Queda linda, recortada en la pared blanca, al lado del sillón.

La mayoría de las plantas me acompañan hace muchos años. Vivieron varias mudanzas y sacudones. Sin embargo, oh sorpresa, siguen vivas en las mismas macetas donde fueron originalmente plantadas, sin cambios de tierra ni aditivos de ningún tipo. Algunas hasta tienen alguna piedra o muñequito enterrado de viejos lavaderos donde aguardaban mejores soles.

Hay un palo de agua que estuvo muerto durante unos meses. En serio, literalmente muerto. Yo vivía en otro departamento y él vivía en el lavadero donde no le faltaba riego y tenía muy buen sol. Pero poco a poco se fue secando, sus hojas como maíz dorado. Era una época un poco difícil para mí. Había discusiones en la casa y pocos encuentros entre los que la habitábamos. Finalmente, al verlo tan mal, lo arranqué de raíz. Conservé la tierra y la maceta, nunca se me ocurrió vaciarla. A los meses me separé y me mudé al departamento donde estoy ahora. De la maceta con tierra sola, surgió un pelito verde que no arranqué. Pensé que era un pastito o yuyo de esos que vienen con el viento. Pero con el correr del tiempo ese pastito creció y se fue pareciendo cada vez más a un nuevo, joven y reluciente palo de agua. Ahora está en su esplendor, medio flacucho, pero bien verde lleno de orgullo.

Adoro las plantas con flores, pero al no tener sol directo es muy difícil que se desarrollen. Tuve varias, igualmente,  que en la sombra y el reflejo de lavaderos diversos, me han regalado más de un destello de color. Tenía una santa rita que en vez de hojas verdes brotaba pétalos de color fucsia. Era débil, siempre se agarraba cochinilla o pulgas. Ahí la desparasitaba yo, muriéndose bicho, hongo y flor. Quedaban unas ramas tristes y desnudas donde, al poco tiempo, comenzaban a aparecer unos granos verde grisáceos que insistentes comenzaban a dar nuevos pétalos y espinas. Esa santa rita ya me dejó. Su resiliencia no aguantó el trajín de las mudanzas. Sobrevivió al veneno y a la humedad pero no al movimiento de la chata de Rubén.

A Santa Rita la remplazó un jazmín del cielo que, aunque sin perfume, colorea de lila la pared de ladrillos de mi balcón actual. Sus florcitas aparecen puntualmente con el calor y se me pegan en el pelo cuando salgo a barrer o se les pegan a las visitas cuando vienen a matear. Se adhieren, también, a la reposera, a la ropa colgada del ténder o a las cerámicas del piso que después cuesta un perú sacar.  Necesita mucha agua. Aparece lánguido y alicaído cuando me olvido de ragarlo. Si a las otras plantas las riego cada dos o tres días, él necesita hidratación diaria. Sus ramas, como tentáculos perdidos, se meten entre las otras plantas, recorren los ladrillos de la pared, le hacen cosquillas al aire acondicionado.

Tengo también un pequeño malvón. Chiquito y solitario, arriba de la mesa, sabe que mi punto débil es la ansiedad y juega, entonces, con mi paciencia. Muy de vez en cuando da un rosetón bien colorado. Pero es tan de vez en cuando que cuando aparece, amerita una fiesta. Y yo creo que eso es lo que está buscando. Suele dar en diciembre o en enero. Pero después, aunque persista el calor y el sol refleje fuerte en la medianera de enfrente, el malvón queda quietito ahí, dando hojitas peludas y olorosas a papel. Mudo, indiferente, haciéndose el distante.

Para terminar, y aunque tengo unas cuantas plantas más, les quiero presentar al más antiguo y leal de los compañeros: mi ficus irrompible, eterno y ancestral. Es mi centinela. Mi protector. Fue una de las primeras plantas que compré cuando recién me fui a vivir sola. No me acuerdo de dónde lo traje ni cuál era su tamaño original. Vive en una vasija naranja enorme y desde el principio lo traté no como una plantita más del depto sino como lo que es: un árbol con todas las letras. Mientras las otras plantas tienen tallos y cabitos, él tiene tronco y ramas. Ha pasado incontables mudanzas y movimientos. Como es el árbol más alto que tengo, ha tenido que bancarse vivir con la “cabeza afuera”. Siempre me ha obligado, aún en el invierno, dejar un poco de la ventana abierta. La maceta y tronco dentro del comedor o lavadero y su penacho lleno de hojitas curvas por fuera. Cualquiera que pasaba por la calle y miraba hacia arriba, podía adivinar cuál era mi departamento: el que tenía una copa de árbol saliendo de la ventana. Y así vivió, asomado, hasta que me mudé acá y por primera vez en su vida vive, al fin, en un balcón.  Supongo que es complicado para él, toda la vida viviendo torcido y ahora ya no tener que inclinarse más. Su tronco no está derecho todavía, hace falta tiempo que yo estoy dispuesta a darle, claro está. Eso sí, es el más movedizo del balcón. Cuando hay una ráfaga de viento, sus ramas y hojas, como velas de velero, lo hacen bailar de una lado para el otro. La maceta gira y se voltea. Es la primera vez que sus raíces sienten el viento.

Tengo unas cuantas plantas más y algunos cuenquitos llenos de tierra esperado cobijar nuevas semillas, nuevas vidas. Las que ya están, siguen creciendo. Algunas viejitas y cansadas; otras más jóvenes, inexpertas, entendiendo cómo aprovechar el reflejo del sol, preguntándose a veces dónde están los pájaros o diciendo qué raro que hoy no salió Bruno al balcón. Mi tía decía que yo tenía dedos verdes. Yo digo que es mi manera de festejar el poder dar y cuidar vida. No tengo hijos todavía pero sí tengo un perro, una gatita y muchas plantas que me necesitan. Y así como crecen ellos, envejezco yo. Así como respiran ellos, palpito yo. Y que no me vengan a decir que entre ellos y yo no hay una universal conexión.

mi jardin

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