Los tallarines de la lela

Mi abuela hacía unos tallarines increíbles. Yo la veía hacer, paradita en la puerta de la cocina. Comenzaba con un volcán de harina cuyo cráter llenaba con viscosas yemas de huevo. Y ahí, desde el anillo blanco, empezaba a amasar. De a poco, y con mucho “humo” la masa se iba convirtiendo en una gran plastilina amarilla.

Después le daba unos golpecitos, como palmaditas en la cola de un bebé, la tapaba con repasador y la dejaba descansar. Mientras, sobre la hornalla, ya cantaban unos cuantos vapores. Hacía rato que la salsa mezclaba y enamoraba sabores. Los humos subían y llenaban el ambiente con laurel y ajo. Los azulejos chorreaban transpirados y las fosas se abrían para dejar entrar el perfume de la bolognesa.

La masa ya descansada era tomada nuevamente por las manos de la lela y con un golpe seco se cubría neuvamente con una capa blanquecina de harina nueva. Lo mismo hacía con la mesada.

Generalmente era yo la que le alcanzaba el palote: un palo de madera gordo y brilloso con dos muñones donde hacía años habría habido dos manijas. La masa se apretaba entre la mesa y el palote, los bordes se agrietaban. Mi abuela la iba dando vueltas y estirando formando, no sé cómo, un rectángulo perfecto con sus bordes redondeados.

Después la enrollaba dejando, como un tronco dormido, lo que a mis ojos se veía como un pionono crudo y gordo. Acá también hacía una pausa y se daba vuelta para abrir la olla de la salsa. El tuco seguía con sus borbotones colorados, la carne picada bordó con el gustito del borgoña. En este punto me alcanzaba un pancito y yo conocía el cielo mojándolo en la salsa y quemándome la boca.

Mi abu agarraba una cuchilla grande, plateada y muy muy filosa. Se acercaba sigilosa a la masa y comenzaba, muy prolija, a cortar finas rodajas. Yo no podía entender cómo no se cortaba los dedos mientras, con rapidez, iba desenredando las serpentinas enharinadas.

Después poníamos un palo de escoba entre dos sillas en el patio y colgábamos los tallarines para que se secaran al sol. Yo volvía corriendo a la cocina otra vez para ayudar a llevar las cosas al comedor y finalmente preparar la mesa. Era el momento donde abríamos la 7Up y y tomaba gaseosa por única vez en la semana.

Eso y ver la tele desde la cama eran algunos de los lujos que me daba cuando me quedaba a dormir en la casa de mis abuelos. Yo solía dormir con mi tía solterona que, religiosamente, me hacía repetir el “Con dios me acuesto” mientras veíamos arriba de la cómoda a Olmedo y Porcel tocándole el culo a unas cuantas mujeres en vinchas y calzas.

Mis papás llegaban a eso de la una, justo en el momento en que mi abuela tiraba los tallarines al agua hirviendo. La salsa ya estaba bien espesa y yo contaba pulpetines con una cuchara de madera. Los fideos largaban un poco del harina y el agua quedaba blanca. Armábamos la fuente, salsa arriba, salsa abajo y yo seguía contenta a la abuela con el platito del queso rallado.

En la mesa, ya todos sentados, hablaban de mates en Palermo y patines en Ezeiza. En la tele, Silvio Soldán gritaba “Feliz domingo para todos” y yo, como un slogan de fin de semana repetía: “un programa hecho con … ¡amor!”.

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