Volver a marchar

Hoy, después de tanto tiempo, fui a una marcha. Sentí que tenía que ir. Sentí la necesidad de manifestar de alguna manera mi descontento. Fue una manera, catártica si se quiere, de hacer valer mi modo de ver y sentir la docencia. Hay infinidad de momentos donde no me siento acompañada. Lo que yo considero importante en este rol de maestra, a veces no encuentra un reflejo en los que comparten día a día mi actividad.

Pero esta mañana pude revivir y sentir la complicidad y el apoyo de tantos desconocidos, y otros tantos conocidos, con los que me encontré en el camino.

Se dice mucho sobre la tranquilidad que da el ser coherente entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Hoy sentí, por fin, que estoy viviendo esa coherencia. Volví a casa, envuelta en una lluvia torrencial, con una sonrisa en la cara y con lazos más estrechos con mis compañeros y con la docencia en general.

Fue complicado no entrar en discusiones sobre el paro, sobre si voy o no voy, sobre si lucho desde el aula o si los dejo en banda a los pibes…. Pero celebro la discusión, celebro el intercambio. No creo que exista nadie que desde su pensar y su decir no esté haciendo de un modo u otro política. No le tengo miedo a esto. “Política” se trata de opinar y actuar, “política” se trata de reflexionar y poder construir una idea, una posición, una acción. Tampoco me parece que haya que condenar a quien va desarrollando una conciencia y va cambiando de opinión. Me parece que evolucionar es también eso, ir cambiando, corriéndose, buscando el lugar de cada uno, creando las combinaciones que se sientan genuinas y valederas. Por eso, no hay que tenerle miedo a la opinión. No hay que tenerle miedo a hacer política. Siempre con respeto. Siempre desde el amor.

En la marcha me encontré con una energía que hace tiempo andaba necesitando. Tambores, banderas, cantos y aplausos. Todos marchando en solidaridad. Todos entendiendo con una mirada lo complejo de nuestra tarea. Hace mucho tiempo que me pasa esto: aunque despotrico y me peleo con mi profesión, me veo reflejada en las caras de mis colegas. Los docentes tenemos un tono de voz, una cadencia, una mirada atenta y fresca. Tenemos una manera de vestir, una manera de caminar y estar parados muy particular. Compartimos una energía que solo nosotros sabemos (o no) de dónde viene. Es difícil vernos pasivos, es difícil encontrarnos abúlicos.

Muchas veces pensé en cambiar de profesión pero no puedo, acá es donde me siento cómoda. Le doy vueltas al asunto: me trato de desvincular de reflexiones en torno a la educación, me peleo con el mandato materno (profesora de Ciencia de la Educación), despotrico,  me quejo del sueldo y hasta de los niños. Pero no hay con qué darle. Me enciendo cuando se charlan temas que involucran la escuela o la universidad. Me interesa aprender, me fascina que otros aprendan. Me emociono de solo pensar que la educación es la llave que abre tantas puertas, que moviliza tantas vidas.

Al pensar otro tipo de sociedad, al hacer el esfuerzo para crear otro tipo de vínculos y pensarnos a nosotros mismos como personas más allá de lo que tengamos o no, ahí se da una conexión. Es esa coherencia de la que hablaba más arriba. Es difícil. Yo sé que es difícil. Vivo una lucha interna cada día. Me peleo conmigo misma. Le busco sentido a la vida y a veces parece que ese sentido se me escurre. Porque es complejo. Porque asusta. Porque exige coherencia y compromiso.  Y a veces no sé si soy capaz. A veces no sé si estoy o quiero estar a la altura.

Hoy fui a la marcha. Y tengo mucho que aprender pero también sé que tengo mucho para dar. No estoy de acuerdo con todos. Tampoco estoy en desacuerdo del todo. Voy creando mi camino. Como todos lo estamos haciendo. Vale la búsqueda. Vale el diálogo y, sobre todo, vale la escucha.

Con varios compañeros salimos antes de la escuela hoy. Yo les expliqué a mis alumnos adónde iba y por qué. Tomamos juntos el subte, nos bajamos en Callao y, cosa rara en mí, me dejé puesto el guardapolvo. La columna ya había avanzado bastante. Quedamos detrás de un grupo de docentes de CTera de Santa Fe. Avanzamos un poquito y nos encontramos con la UTE. Una de mis compañeras conocía gente ahí así que nos quedamos un rato caminando con ellos.

¿Qué es lo que vi? Mucho pañuelo en la garganta (parece que todos nos cuidamos la voz), mucho mate dando vueltas, muchas sonrisas y miradas abiertas. Seguimos avanzando pero en Callao y Corrientes la cosa se puso un poco más apretada. Logramos escurrirnos por un lateral, ensordecidos por un Fitito que emanaba mensajes por altavoz. Algunos muñecos de gomaespuma, con guardapolvos también, bailaban sobre nuestras cabezas.

Buscábamos a la gente de Sadop. Nos pareció que como docentes de una escuela privada, tenía sentido que camináramos con ellos. Dos de nuestros compañeros, estudiantes todavía, quedaron con la gente del Normal. Nosotras seguimos avanzando hasta que encontramos las banderas azules de Sadop, nos sacamos unas fotos y seguimos hacia el escenario.

Llegó el momento de los discursos. La orquesta juvenil (que peligra ser cerrada junto a otros programas nacionales de educación) comenzó los acordes del himno nacional. Y fue cuando, de repente y sin quererlo, la garganta se me cerró. Una compañera dijo “el primero que llora, pierde” y se rió. Qué bueno saber que ya no estoy sola en esta extraña emoción. Escuchamos los discursos con atención, aplaudimos, cantamos. Acompañé los gestos exagerados y los gritos vehementes del estudiante secundario que habló. Compartí la emoción de la compañera de Carlos Fuentealba y las palabras de los docentes de Santigo del Estero y Neuquén que también nos invitaron a no bajar los brazos.

El viento era cada vez más fuerte, algunas gotas comenzaron a caer. Emprendimos la vuelta pero sentíamos que era necesario darle un cierre a esta jornada de emoción. Se nos ocurrió compartir las impresiones de lo vivido con unas porciones de pizza de verdura, mozzarella y morrón. Mientras charlábamos nos seguíamos reconociendo en las caras de otros maestros que, sentados en otras mesas, compartían también ellos la adrenalina de la convicción. En un momento, en la mesa del fondo, alguien empezó a cantar. Algunas mesas se unieron. Los pizzeros, detrás de la barra, levantaron el puño y cantaron también. Solo quedaron calladas las mesas de los desprevenidos que no habrían leído en ningún lado que hoy había un paro docente nacional.

¡Gracias Clara Baeck por las fotografías!

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