Ama de casa

Hoy estaba pensando en la importancia de hacer del lugar donde vivimos, una casa; de convertirlo en un hogar. No todo el mundo siente la necesidad de hacer del lugar donde vive, su refugio. Muchos usan sus departamentos solo para ir a dormir y guardar sus cosas. A mí me gusta hacer de mi lugar, un sitio vivible, un nido vivido.

Varios son los ingredientes que hacen de una vivienda un lugar donde hay gente que habita: olor a comida, una temperatura agradable (si afuera hace calor, adentro está fresco; si afuera hace frío, se siente el calor). El orden y la limpieza también son clave aunque no hay que exagerar: una casa sin nada a la vista es una casa fría, vacía. Que esté provista también es importante: libros, música, detergente y shampoo. Jabón en el baño; en la heladera, algo de comida.

Cocinar es gran parte de este armado del cobijo. Comprar los ingredientes necesarios, mezclarlos en la mesada, ensuciar cubiertos y vajilla… Que se llene la casa de olor a tuco o a bizcochuelo horneado. Que los humos del churrasco se sientan hasta el pasillo y que el aceite de las milanesas reavive la sensación de volver a casa como cuando venía de la escuela. Por esto, tal vez, es que adoro cocinar.

Cuando alquilábamos con mi familia en el verano una cabaña o un chalet, solía entrar corriendo al baño y lo primero que hacía era darme una buena ducha. Usar el agua caliente, llenar el baño de vapor y de perfume a crema de enjuague, le sacaba a la casa ese olor a encierro y soledad que tenía por haber estado cerrada durante todo el año. Mis viejos iban después al supermercado y las alacenas, vacías y limpias (aunque con alguna que otra alimaña), se convertían instantáneamente en almacén de familia: galletas para el desayuno, una lata de tomates y el aceite para la ensalada.

Prender una hornalla, hacer correr el agua en la pileta, poner papel higiénico en los baños, abrir persianas, sacar acolchados y frazadas eran las primeras tareas a las que me encomendaba. Hacer habitable la casa más que un gusto para mí, era una necesidad para el alma. Me daba seguridad y protección. Me daba alivio y control. Una manera de exorcizar  la angustia de la soledad, de lo inhabitable, de lo sin vida. Como cuando en la intemperie de la lluvia me armaba mi refugio con una mesa y un mantel de plástico en el patio de mi abuela; o, en medio del monte del campo, en San Andrés de Giles, armábamos la casita con mis primos usando ramas y fardos de paja.

En toda mi vida (por ahora) he construido unos seis hogares. Algunos sola, algunos acompañada. Unos en Argentina, otro en otro país. La imperiosa necesidad de sentirme como en casa fue siempre una prioridad para mí. Recuerdo que mi novio de aquel entonces salía a recorrer las calles de París mientras yo iba al supermercado o al shopping y compraba acolchados, almohadas, algún velador nuevo mientras él comía crepes y se internaba en librerías de usados.

Lo único que me calmaba en esas tardes de domingo extranjero y nostalgioso era meterme en un centro comercial, así de feos e impersonales como son todos. Enseguida me tranquilizaba. Los negocios, los patios de comidas y las familias dando vueltas sin comprar nada eran una escena repetida que, aunque lejos de casa, la reflejaba. Y yo me sentía un poco más cerca. Menos angustiada.

A medida que uno va creciendo, la casa se va pareciendo más a lo que uno considera un “hogar” y se va alejando de a poquito de lo que tienen armado nuestros padres. Algunas cosas se repiten y ayudan a esta sensación de protección e infancia; otras se tratan de evitar porque reviven momentos que uno trata de olvidar. Por ejemplo, en la casa de mis viejos siempre está muy oscuro. No entra mucha luz del sol y a veces hay olor a rancio. No sé si será la combinación del desodorante de mi papá con algún producto que usa mi vieja para limpiar. La cosa es que, cuando voy a la casa de mi infancia a comer, trato de volver rapidito a mi depto para poder sentirme más a gusto y sortear la angustia de perfumes y recuerdos complicados.

Pero el refugio no siempre fue para mí otra “casa”. A mis viejos siempre les gustó mucho la ruta. Todavía siguen recorriendo, cada vez que pueden (y cada vez pueden más, porque están jubilados), kilómetros y kilómetros de asfalto. Sin importar la distancia, sea donde sea que vayan, siempre lo hacen en auto porque adoran ir conociendo, baúl cargado y muy de a poquito, cada mollón y cada rotonda. Les da más autonomía, como ellos dicen. Y tal vez tengan razón.

Recuerdo que durante esos viajes interminables yo me cansaba de ver tanta ruta, tantos autos, tanto campo, tanta soledad. Después de escuchar a mi viejo despotricando e insultando a los otros conductores, después de horas y horas de The Beatles, yo renunciaba a mi libro de turno y esperaba un descanso, mi casa fuera de casa, mi añorado sosiego: una estación de servicio.

Además del alivio de estirar las piernas, se sumaba la tranquilidad de ver a otras personas. Liberada del encierro del vehículo, escuchaba con atención la conversación de otras familias en la cola del baño: expectativas por las vacaciones que recién comenzaban, cartas o dados que se habían olvidado de poner en la valija… Me imaginaba viajando con esas otras personas ¿Qué músicas escucharían? ¿De qué hablarían? ¿Qué galletitas comerían?

Cuando aparecieron por primera vez los AM  PM o los ServiClub de las estaciones grandes, yo encontré mi casa fuera de casa en el medio de la nada. Después de horas de ruta, llegar a ese lugar y ser recibida por el olor a café y a medialunas recién horneadas era como estar nuevamente en casa, mi casa. Los colores cálidos en las paredes: marrones, naranjas cremas… los artículos siempre dispuestos de manera ordenada, brillantes más nuevos que nuevos. Un placer donde sentarse bien (no hundida ni con el cinto puesto), con baños amplios, descanso y provisión. Una pausa oxígena al encierro del auto. Súmenle a todo esto la promesa del destino y el olor a nafta.

Hay muchas cosas que hacen de una vivienda un refugio y cada uno construye el suyo. Somos arquitectos de nuestro propio espacio con aquello que nos hace sentir a gusto. Nos rodeamos de los adornos que nos gustan, de las fotos que nos acompañan, de olores y perfumes que nos transportan a momentos felices. Yo lo he logrado en cada uno de los hogares que he creado.

Pero, qué lástima, hay una sola cosita que no me ha tocado todavía: en la casa que yo anhelo hay ruidos; en la casa de mis sueños hay voces de todos los que allí habitan. Yo sé que es época de personas viviendo solas, pero mi hogar necesita algunos cambios para que llegue a ser casi casi la casa perfecta. Le faltan voces y risas, le sobra silencio.

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2 thoughts on “Ama de casa

  1. Mariela, esto es una casualidad… Estoy haciendo los disparadores del blog de Aniko, digité el día 8, es que primero los hago a lapiz y luego los paso al compu y bueno, por pura curiosidad me puse a leer los comentarios de un dia y de otro, le dí click a tu comentario del dia “me acuerdo de” y llegue a tu blog, entra mi gata salta sobre mi y hace que por accidente entre a Ama de casa… … Mira de lo que hablaba en mi dia 8, el dia de la foto…

    Copio y pego.

    Día 8. Busca una foto en un cajón y escribe lo que está pasando fuera del cuadro.

     

    Mi primera casa fuera de mi casa.

     

    Cuando dejé de vivir con mis padres, me fui a vivir con Iván, al campo, a una casa amplia; de 3 habitaciones, un corredor que se acababa en la puerta del baño, a la derecha estaba la cocina, también grande en L,  seguía la sala-comedor que cubría lo ancho de la casa y tenía la puerta de entrada en toda la mitad.  Arreglarla era todo un trabajo, pero ese día era un día de Diciembre.  A mí las fiestas navideñas nunca me han gustado, sin embargo, ese año estaba experimentando cosas diferentes, estaba estrenando una nueva vida: Mi vida en pareja. 

    Iván es una persona estática, su costumbre no es cambiar de casa a menudo, desde niño aprendió a establecerse… así lo hace y así lo disfruta… es una persona enamorada de lo cotidiano y estar a su lado implicaba eso.  Sabía que esa casa no era un sitio pasajero, entonces empecé a desarrollar esa bonita sensación de pertenencia y esto generó un apego, pero sano, ingenuo y nuevo.  Lo veía como una oportunidad para disfrutar de un hogar estable… eso era… un hogar… mi hogar… en ese Diciembre ese era mi aprendizaje: construir un Hogar, uno mío para compartir con otra persona, un espacio para dos humanos y tres gatos… tampoco nunca había tenido gatos, ni mascotas.  El estilo de vida que habia tenido con mi familia, siendo niña, no daba cabida para esas compañías. 

    De esos tres gatos al que aprendí a mirar como mío fue a Horacio, era muy tierno y entregado, muy gato, le gustaba la buena vida, él era el alfa y todos lo queríamos, los otros dos gaticos eran lindos también, solo que me costó acercarme a ellos y expresarnos cariño, con el tiempo se perdieron, no sabemos sus destinos.  En cambio Horacio permaneció con nosotros muchos años…

     

    A Horacio le enseñé a acariciarme, él se subía a mis piernas,  tendía a rasguñarme y morder los dedos de mis manos, me dolía. Rápido aprendió a controlar la fuerza de la mordida y la intensidad del rasguño, así esas expresiones entre nosotros se volvieron solo amor.  El fue mi primera mascota.

    Tenía la escoba en la mano, la estaba usando para esparcir la cera del piso.  ¡Era un piso para encerar! nada más ni nada menos, pero lo hacía con gusto, llegué a la puerta, Iván estaba afuera y me tomó una foto, no estaba preparada para ser fotografiada, realmente fue una momento muy espontaneo… tenía esa ropa vieja, la ropa de hacer oficio. 

     

    La camisa que tenía puesta era de Iván.  Yo me ponía su ropa sin ningún reparo, me acomodaba sus sacos y camisas fácilmente y preciso eso era lo que había hecho el día en que por primera vez vi a la mamá de Iván y … pues… esa señora no me vio con buenos ojos, me miró de arriba a abajo, se notó que no le gusté y sin darme tiempo de nada, me dio la espalda y entró en su casa, lo mismo hizo el hermano, quedamos quietos ahí en la entrada… nuestra reacción fue confusa, no nos fuimos, sino que entramos(*)detrás de ellos y fue peor, nunca pudimos reparar ese momento.  Mi relación con su madre no funcionó desde ese día y ya ni lo intento, ya no me interesa.

    El resto de la ropa que tenía puesta, ese día decembrino, el día de la foto, ya estaba muy vieja, ese pantaloncito ya era para botar, lo mismo los zapatos.  

    Fueron como 5 Diciembres en los que intenté celebrar y apreciar la navidad: compré luces, hice una corona para la puerta, traté de armar un pesebre, quise comprar regarlos, pero no, nunca logré sentirme a gusto en todas esas cosas.  Tampoco ya me interesa nada de esas fiestas… ya no me someto a eso.

     

    Nuestro Horacio murió hace 6 años… escogió un día de Diciembre, precisamente, para irse, un día en el que yo no estaba, me habían invitado a Medellín y había aceptado… Iván lo acompañó, era lo justo, se habían querido mucho.

     

    Dos años después de tomar esa foto, ya no vivíamos en esa casa, ya habíamos comprado nuestra tierra y estábamos construyendo una casa, propia… ¡qué felicidad!…

     

    En nuestra casa he aprendido tanto de Iván, me ha enseñado otras formas de vivir, otras formas de viajar y otras formas de poseer sin limitar… Mi esposo es un maestro de vida.  Su manera de ver las cosas es profunda.

     

    Sigo usando ropa vieja para hacer la limpieza, aunque ya no uso la de Iván.  Ya tengo suficiente ropa propia.

     

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    1. Es hermoso lo que escribís!! La verdad, muchas coincidencias… Yo creo que armar una casa es un poco construir una vida, verdad? Con las compañías, los desencuentros, las complicidades y las “decoraciones” que uno quiera agregar. Celebro este encuentro escrito, Gio!

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