Me voy, ya vengo

Hoy tengo ganas de estar en otro lado, tal vez hasta de ser otra…

entonces me pongo mis borceguíes y aparezco en un bosque amarillo y naranja. Hay un lago-espejo al costado del sendero donde se ahogan montañas de cumbres nevadas. El aire frío entra a mis pulmones y las hojas crepitan bajo mis pisadas. Siento un peso sobre mi cabeza y levanto mis manos que se encuentran con el ala de un sombrero. Me lo saco para ver de qué se trata: es de lona verde, de esos que usan los guardaparques todo el año.

Llego a la orilla después de sortear arrayanes y encuentro a dos hombres sumergidos hasta la cintura, quietos, casi sin romper la quieta superficie del agua. Me miran sorprendidos, asustados, diría. Y de mi boca sale un “quiero ver sus permisos” así con tono firme y pausado. Dos caminos llenos de ondas se juntan en la orilla. Los señores, norteamericanos por su acento, se acercan a su LandRover y me entregan, obedientes, “both fishing permits, ma’am”.

Me saco los borcegos barrosos, ando necesitando un buen baño. Al terminar mi ducha, meto los pies dentro de las ojotas, descoloridas ya,  de este verano. Borde de una pileta azulada. Mucho calor, mucho vapor. Los oídos me vibran con el griterío de los chicos en su clase de natación. Miro mi reflejo en la parte donde el empañado ha sido borroneado por la mano de un niño. Estoy con mi malla entera colorada y en mi busto se lee “GUARDAVIDAS” en letras blancas. El silbato me pincha con el rebote al caminar. Mis ojos, entornados, escudriñan cada centímetro acuático.

Tres señoras gordas blanden tres tubos de gomaespuma en la parte baja, dando unos saltitos que entristecen a quien las mire. Un desubicado en el andarivel del medio intenta una mariposa y lastima a manotazos a cualquiera que pase por al lado. Instintivamente llevo mi mano al silbato y soplo con todas mis fuerzas un sonido agudo lleno de burbujas y cloro.

Encuentro al fondo de la cajonera unas viejas zapatillas de neoprene. Me las compré hace unos años en Brasil, cuando todavía creía que me anotaría en el curso de timonel. Tiro las ojotas a una lado (ya están más para el tacho que para otro verano) y mis pies aparecen, firmes, adheridos a la tabla de surf. Doy un tremendo salto sobre la cresta despeinada de una ola y curvo mi cuerpo para no perder el equilibrio.

El agua salada empapa mis piernas con fuerza, el olor a sal abre mis fosas nasales y el viento golpea mi cara a gran velocidad. Piel estirada, piernas acalambradas.  Mis brazos estirados sostienen fuertemente el kite en una larga pulseada contra el viento. Agarrada como estoy a mi cometa, me concentro en no perder el ritmo acelerado que me propone el mar. Las olas me obligan a dar saltos espumosos y a quedar unos segundos suspendida en el aire y en el tiempo. Desde ahí veo que dos o tres kiters a mi derecha intentan mantenerse a flote después de un gran salto y que a mi izquierda, bien bien lejos, la costa brilla con su borde blanco de arena seca. De pronto, un golpe, una cachetada de mar, y tengo que cerrar los ojos.

Las alpargatas. Mejor, las alpargatas. Tierra y pasto seco. Dos montañas de bosta que sorteo en mi carrera. Sigo al trotecito, me impulso y de un salto estoy sobre la montura del caballo. Tomo las riendas. El animal se queja dando un cabezazo hacia el costado. No me amedrento, clavo los talones enguantados en el vientre firme del animal. Hago un chasquido con la boca. El caballo comienza a andar. Entiende ahora sí quién manda en este paseo.

Sigo un camino polvoriento, con álamos altos a los costados. Al frente, a lo lejos, el casco de la estancia. Veo, a un costado de la casona, la columna de humo de un asado que está comenzando. Me estarán esperando en la cocina para que, con las otras mujeres, hagamos la ensalada… Con lo bien que me sale a mí asar la carne, me ponen junto a las otras a cortar tomatitos y a rallar zanahorias.

Me voy acercando al galope, los perros salen ladrando a recibirme. No han percibido mi olor todavía. Solo al estar a tiro comienzan a mover sus colas en reconocimiento. Me apeo. El asado está casi listo. Hay que buscar la damajuana y acercarla a la mesa larga. No hay sillas para todos así que ponemos unos fardos para que puedan sentarse todos. Me pican los tobillos. No me puse medias y entre la paja siempre hay pulgas o bichos colorados. En la cocina las mujeres revolotean lavando lechugas. En la parrilla, los hombres, apuran un vasito de tinto. Y yo no sé con qué grupo ponerme…

…ni qué zapatos usar. Me esperan unas botas con corderito, unas balerinas, unos stilettos taco aguja y unas zapatillas Adidas. Pero esos, esos mejor los dejo para otro día.

 

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