Nunca más

Se citaron a las 9 en una pizzería de Corrientes. Hacía año y medio que no se veían ni se hablaban. Todo había terminado muy mal. Fueron esos finales interminables. De idas y vueltas, de regresos, retrocesos y de un débil “no hay vuelta atrás”. Sabían que la cosa no fluía. ¿Lo había hecho alguna vez?

Como último manotazo de ahogado intentaron un nunca-más para no seguir lastimándose ni destruir cualquier pequeño resto de amor que pudiera sobrevivir a ese cúmulo de bronca. No supieron a quién culpar. No pudieron enojarse con el destino ni descifrar si eso era una prueba más.  ¿De dónde vino ese abismo insalvable? ¿De la diferencia de edad? ¿La diferentes crianzas, distinto origen? ¿a los desacuerdos para el futuro? ¿Qué o quién tenía la culpa?

Un año y medio sin saber nada el uno del otro. Un año y medio de silencio y de tranquilidad. Un año y medio de otras gentes, otros problemas, otros insomnios. Un año y medio de dejar y de soltar. Y aún así… aún así… los dos se pensaban en cada esquina compartida, en cada espalda confundida, en cada canción.

 

 

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Me haces bien

¿Qué hago leyendo los 7 hábitos de la gente altamente efectiva? ¿Qué hago escuchando a Justin Bieber y deseando que vuelva con Selena Gómez? ¿Qué hago buscando delineadores nuevos en páginas de revendedoras que contrabandean desde Miami? ¿Qué hago gastando mi sueldo en cosas que me marean haciéndome girar en el mismo lugar? ¿Cuándo fue que me vacié y me llené de esta estopa reseca?

Estoy embalsamada. Gorda. Rellena. Vacía y adormilada. Drogada, diría. Anestesiada. Me domaron. Me atraparon. Caí rendida y cansada. Alicaída y entregada.

Pero hoy…

Hoy volví a escuchar música.

Hoy, después de tanto tiempo, me reencontré con la voz de Jorge Drexler. Y entre las cuerdas de su guitarra, volví a escuchar mi voz. Volví a cantar desde las entrañas.  Pude, como solía hacer, llorar de emoción con cada verso. Sus palabras son las mías. Dos sudamericanos con sueños de viajes y desvelos de exilios. La nostalgia rioplatense que corre también por mis venas.

Y de a poquito, así, como una terapia suave y melódica, me iré curando. Me iré llenando de nuevo de poesía, de palabras y de acordes. Y volveré a cantar. Volveré a casa; a esta casa que era yo.

Me voy, ya vengo

Hoy tengo ganas de estar en otro lado, tal vez hasta de ser otra… Continue reading “Me voy, ya vengo”

Tranquilo, amor.

Tranquilo, amor. Tenemos muchos meses por delante. Es cierto que no sé la cantidad exacta que me queda. Pero confío en que será por unos cuantos años más. ¿Una buena señal?: mi mamá nació siendo mi abuela muy grande.

Otro mes que sí, así como lo ves, el caudal aparece puntual a borbotones tibios. Pero Continue reading “Tranquilo, amor.”

Ama de casa

Hoy estaba pensando en la importancia de hacer del lugar donde vivimos, una casa; de convertirlo en un hogar. No todo el mundo siente la necesidad de hacer del lugar donde vive, su refugio. Muchos usan sus departamentos solo para ir a dormir y guardar sus cosas. A mí me gusta hacer de mi lugar, un sitio vivible, un nido vivido.

Varios son los ingredientes que hacen de una vivienda un lugar donde hay gente que habita: olor a comida, una temperatura agradable (si afuera hace calor, adentro está fresco; si afuera hace frío, se siente el calor). El orden y la limpieza también son clave aunque no hay que exagerar: una casa sin nada a la vista es una casa fría, vacía. Que esté provista también es importante: libros, música, detergente y shampoo. Jabón en el baño; en la heladera, algo de comida.

Cocinar es gran parte de este armado del cobijo. Comprar los ingredientes necesarios, mezclarlos en la mesada, ensuciar cubiertos y vajilla… Que se llene la casa de olor a tuco o a bizcochuelo horneado. Que los humos del churrasco se sientan hasta el pasillo y que el aceite de las milanesas reavive la sensación de volver a casa como cuando venía de la escuela. Por esto, tal vez, es que adoro cocinar.

Cuando alquilábamos con mi familia en el verano una cabaña o un chalet, solía entrar corriendo al baño y lo primero que hacía era darme una buena ducha. Usar el agua caliente, llenar el baño de vapor y de perfume a crema de enjuague, le sacaba a la casa ese olor a encierro y soledad que tenía por haber estado cerrada durante todo el año. Mis viejos iban después al supermercado y las alacenas, vacías y limpias (aunque con alguna que otra alimaña), se convertían instantáneamente en almacén de familia: galletas para el desayuno, una lata de tomates y el aceite para la ensalada.

Prender una hornalla, hacer correr el agua en la pileta, poner papel higiénico en los baños, abrir persianas, sacar acolchados y frazadas eran las primeras tareas a las que me encomendaba. Hacer habitable la casa más que un gusto para mí, era una necesidad para el alma. Me daba seguridad y protección. Me daba alivio y control. Una manera de exorcizar  la angustia de la soledad, de lo inhabitable, de lo sin vida. Como cuando en la intemperie de la lluvia me armaba mi refugio con una mesa y un mantel de plástico en el patio de mi abuela; o, en medio del monte del campo, en San Andrés de Giles, armábamos la casita con mis primos usando ramas y fardos de paja.

En toda mi vida (por ahora) he construido unos seis hogares. Algunos sola, algunos acompañada. Unos en Argentina, otro en otro país. La imperiosa necesidad de sentirme como en casa fue siempre una prioridad para mí. Recuerdo que mi novio de aquel entonces salía a recorrer las calles de París mientras yo iba al supermercado o al shopping y compraba acolchados, almohadas, algún velador nuevo mientras él comía crepes y se internaba en librerías de usados.

Lo único que me calmaba en esas tardes de domingo extranjero y nostalgioso era meterme en un centro comercial, así de feos e impersonales como son todos. Enseguida me tranquilizaba. Los negocios, los patios de comidas y las familias dando vueltas sin comprar nada eran una escena repetida que, aunque lejos de casa, la reflejaba. Y yo me sentía un poco más cerca. Menos angustiada.

A medida que uno va creciendo, la casa se va pareciendo más a lo que uno considera un “hogar” y se va alejando de a poquito de lo que tienen armado nuestros padres. Algunas cosas se repiten y ayudan a esta sensación de protección e infancia; otras se tratan de evitar porque reviven momentos que uno trata de olvidar. Por ejemplo, en la casa de mis viejos siempre está muy oscuro. No entra mucha luz del sol y a veces hay olor a rancio. No sé si será la combinación del desodorante de mi papá con algún producto que usa mi vieja para limpiar. La cosa es que, cuando voy a la casa de mi infancia a comer, trato de volver rapidito a mi depto para poder sentirme más a gusto y sortear la angustia de perfumes y recuerdos complicados.

Pero el refugio no siempre fue para mí otra “casa”. A mis viejos siempre les gustó mucho la ruta. Todavía siguen recorriendo, cada vez que pueden (y cada vez pueden más, porque están jubilados), kilómetros y kilómetros de asfalto. Sin importar la distancia, sea donde sea que vayan, siempre lo hacen en auto porque adoran ir conociendo, baúl cargado y muy de a poquito, cada mollón y cada rotonda. Les da más autonomía, como ellos dicen. Y tal vez tengan razón.

Recuerdo que durante esos viajes interminables yo me cansaba de ver tanta ruta, tantos autos, tanto campo, tanta soledad. Después de escuchar a mi viejo despotricando e insultando a los otros conductores, después de horas y horas de The Beatles, yo renunciaba a mi libro de turno y esperaba un descanso, mi casa fuera de casa, mi añorado sosiego: una estación de servicio.

Además del alivio de estirar las piernas, se sumaba la tranquilidad de ver a otras personas. Liberada del encierro del vehículo, escuchaba con atención la conversación de otras familias en la cola del baño: expectativas por las vacaciones que recién comenzaban, cartas o dados que se habían olvidado de poner en la valija… Me imaginaba viajando con esas otras personas ¿Qué músicas escucharían? ¿De qué hablarían? ¿Qué galletitas comerían?

Cuando aparecieron por primera vez los AM  PM o los ServiClub de las estaciones grandes, yo encontré mi casa fuera de casa en el medio de la nada. Después de horas de ruta, llegar a ese lugar y ser recibida por el olor a café y a medialunas recién horneadas era como estar nuevamente en casa, mi casa. Los colores cálidos en las paredes: marrones, naranjas cremas… los artículos siempre dispuestos de manera ordenada, brillantes más nuevos que nuevos. Un placer donde sentarse bien (no hundida ni con el cinto puesto), con baños amplios, descanso y provisión. Una pausa oxígena al encierro del auto. Súmenle a todo esto la promesa del destino y el olor a nafta.

Hay muchas cosas que hacen de una vivienda un refugio y cada uno construye el suyo. Somos arquitectos de nuestro propio espacio con aquello que nos hace sentir a gusto. Nos rodeamos de los adornos que nos gustan, de las fotos que nos acompañan, de olores y perfumes que nos transportan a momentos felices. Yo lo he logrado en cada uno de los hogares que he creado.

Pero, qué lástima, hay una sola cosita que no me ha tocado todavía: en la casa que yo anhelo hay ruidos; en la casa de mis sueños hay voces de todos los que allí habitan. Yo sé que es época de personas viviendo solas, pero mi hogar necesita algunos cambios para que llegue a ser casi casi la casa perfecta. Le faltan voces y risas, le sobra silencio.

Volver a marchar

Hoy, después de tanto tiempo, fui a una marcha. Sentí que tenía que ir. Sentí la necesidad de manifestar de alguna manera mi descontento. Fue una manera, catártica si se quiere, de hacer valer mi modo de ver y sentir la docencia. Hay infinidad de momentos donde no me siento acompañada. Lo que yo considero importante en este rol de maestra, a veces no encuentra un reflejo en los que comparten día a día mi actividad.

Pero esta mañana pude revivir y sentir la complicidad y el apoyo de tantos desconocidos, y otros tantos conocidos, con los que me encontré en el camino.

Se dice mucho sobre la tranquilidad que da el ser coherente entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Hoy sentí, por fin, que estoy viviendo esa coherencia. Volví a casa, envuelta en una lluvia torrencial, con una sonrisa en la cara y con lazos más estrechos con mis compañeros y con la docencia en general.

Fue complicado no entrar en discusiones sobre el paro, sobre si voy o no voy, sobre si lucho desde el aula o si los dejo en banda a los pibes…. Pero celebro la discusión, celebro el intercambio. No creo que exista nadie que desde su pensar y su decir no esté haciendo de un modo u otro política. No le tengo miedo a esto. “Política” se trata de opinar y actuar, “política” se trata de reflexionar y poder construir una idea, una posición, una acción. Tampoco me parece que haya que condenar a quien va desarrollando una conciencia y va cambiando de opinión. Me parece que evolucionar es también eso, ir cambiando, corriéndose, buscando el lugar de cada uno, creando las combinaciones que se sientan genuinas y valederas. Por eso, no hay que tenerle miedo a la opinión. No hay que tenerle miedo a hacer política. Siempre con respeto. Siempre desde el amor.

En la marcha me encontré con una energía que hace tiempo andaba necesitando. Tambores, banderas, cantos y aplausos. Todos marchando en solidaridad. Todos entendiendo con una mirada lo complejo de nuestra tarea. Hace mucho tiempo que me pasa esto: aunque despotrico y me peleo con mi profesión, me veo reflejada en las caras de mis colegas. Los docentes tenemos un tono de voz, una cadencia, una mirada atenta y fresca. Tenemos una manera de vestir, una manera de caminar y estar parados muy particular. Compartimos una energía que solo nosotros sabemos (o no) de dónde viene. Es difícil vernos pasivos, es difícil encontrarnos abúlicos.

Muchas veces pensé en cambiar de profesión pero no puedo, acá es donde me siento cómoda. Le doy vueltas al asunto: me trato de desvincular de reflexiones en torno a la educación, me peleo con el mandato materno (profesora de Ciencia de la Educación), despotrico,  me quejo del sueldo y hasta de los niños. Pero no hay con qué darle. Me enciendo cuando se charlan temas que involucran la escuela o la universidad. Me interesa aprender, me fascina que otros aprendan. Me emociono de solo pensar que la educación es la llave que abre tantas puertas, que moviliza tantas vidas.

Al pensar otro tipo de sociedad, al hacer el esfuerzo para crear otro tipo de vínculos y pensarnos a nosotros mismos como personas más allá de lo que tengamos o no, ahí se da una conexión. Es esa coherencia de la que hablaba más arriba. Es difícil. Yo sé que es difícil. Vivo una lucha interna cada día. Me peleo conmigo misma. Le busco sentido a la vida y a veces parece que ese sentido se me escurre. Porque es complejo. Porque asusta. Porque exige coherencia y compromiso.  Y a veces no sé si soy capaz. A veces no sé si estoy o quiero estar a la altura.

Hoy fui a la marcha. Y tengo mucho que aprender pero también sé que tengo mucho para dar. No estoy de acuerdo con todos. Tampoco estoy en desacuerdo del todo. Voy creando mi camino. Como todos lo estamos haciendo. Vale la búsqueda. Vale el diálogo y, sobre todo, vale la escucha.

Con varios compañeros salimos antes de la escuela hoy. Yo les expliqué a mis alumnos adónde iba y por qué. Tomamos juntos el subte, nos bajamos en Callao y, cosa rara en mí, me dejé puesto el guardapolvo. La columna ya había avanzado bastante. Quedamos detrás de un grupo de docentes de CTera de Santa Fe. Avanzamos un poquito y nos encontramos con la UTE. Una de mis compañeras conocía gente ahí así que nos quedamos un rato caminando con ellos.

¿Qué es lo que vi? Mucho pañuelo en la garganta (parece que todos nos cuidamos la voz), mucho mate dando vueltas, muchas sonrisas y miradas abiertas. Seguimos avanzando pero en Callao y Corrientes la cosa se puso un poco más apretada. Logramos escurrirnos por un lateral, ensordecidos por un Fitito que emanaba mensajes por altavoz. Algunos muñecos de gomaespuma, con guardapolvos también, bailaban sobre nuestras cabezas.

Buscábamos a la gente de Sadop. Nos pareció que como docentes de una escuela privada, tenía sentido que camináramos con ellos. Dos de nuestros compañeros, estudiantes todavía, quedaron con la gente del Normal. Nosotras seguimos avanzando hasta que encontramos las banderas azules de Sadop, nos sacamos unas fotos y seguimos hacia el escenario.

Llegó el momento de los discursos. La orquesta juvenil (que peligra ser cerrada junto a otros programas nacionales de educación) comenzó los acordes del himno nacional. Y fue cuando, de repente y sin quererlo, la garganta se me cerró. Una compañera dijo “el primero que llora, pierde” y se rió. Qué bueno saber que ya no estoy sola en esta extraña emoción. Escuchamos los discursos con atención, aplaudimos, cantamos. Acompañé los gestos exagerados y los gritos vehementes del estudiante secundario que habló. Compartí la emoción de la compañera de Carlos Fuentealba y las palabras de los docentes de Santigo del Estero y Neuquén que también nos invitaron a no bajar los brazos.

El viento era cada vez más fuerte, algunas gotas comenzaron a caer. Emprendimos la vuelta pero sentíamos que era necesario darle un cierre a esta jornada de emoción. Se nos ocurrió compartir las impresiones de lo vivido con unas porciones de pizza de verdura, mozzarella y morrón. Mientras charlábamos nos seguíamos reconociendo en las caras de otros maestros que, sentados en otras mesas, compartían también ellos la adrenalina de la convicción. En un momento, en la mesa del fondo, alguien empezó a cantar. Algunas mesas se unieron. Los pizzeros, detrás de la barra, levantaron el puño y cantaron también. Solo quedaron calladas las mesas de los desprevenidos que no habrían leído en ningún lado que hoy había un paro docente nacional.

¡Gracias Clara Baeck por las fotografías!

Los tallarines de la lela

Mi abuela hacía unos tallarines increíbles. Yo la veía hacer, paradita en la puerta de la cocina. Comenzaba con un volcán de harina cuyo cráter llenaba con viscosas yemas de huevo. Y ahí, desde el anillo blanco, empezaba a amasar. De a poco, y con mucho “humo” la masa se iba convirtiendo en una gran plastilina amarilla.

Después le daba unos golpecitos, como palmaditas en la cola de un bebé, la tapaba con repasador y la dejaba descansar. Mientras, sobre la hornalla, ya cantaban unos cuantos vapores. Hacía rato que la salsa mezclaba y enamoraba sabores. Los humos subían y llenaban el ambiente con laurel y ajo. Los azulejos chorreaban transpirados y las fosas se abrían para dejar entrar el perfume de la bolognesa.

La masa ya descansada era tomada nuevamente por las manos de la lela y con un golpe seco se cubría neuvamente con una capa blanquecina de harina nueva. Lo mismo hacía con la mesada.

Generalmente era yo la que le alcanzaba el palote: un palo de madera gordo y brilloso con dos muñones donde hacía años habría habido dos manijas. La masa se apretaba entre la mesa y el palote, los bordes se agrietaban. Mi abuela la iba dando vueltas y estirando formando, no sé cómo, un rectángulo perfecto con sus bordes redondeados.

Después la enrollaba dejando, como un tronco dormido, lo que a mis ojos se veía como un pionono crudo y gordo. Acá también hacía una pausa y se daba vuelta para abrir la olla de la salsa. El tuco seguía con sus borbotones colorados, la carne picada bordó con el gustito del borgoña. En este punto me alcanzaba un pancito y yo conocía el cielo mojándolo en la salsa y quemándome la boca.

Mi abu agarraba una cuchilla grande, plateada y muy muy filosa. Se acercaba sigilosa a la masa y comenzaba, muy prolija, a cortar finas rodajas. Yo no podía entender cómo no se cortaba los dedos mientras, con rapidez, iba desenredando las serpentinas enharinadas.

Después poníamos un palo de escoba entre dos sillas en el patio y colgábamos los tallarines para que se secaran al sol. Yo volvía corriendo a la cocina otra vez para ayudar a llevar las cosas al comedor y finalmente preparar la mesa. Era el momento donde abríamos la 7Up y y tomaba gaseosa por única vez en la semana.

Eso y ver la tele desde la cama eran algunos de los lujos que me daba cuando me quedaba a dormir en la casa de mis abuelos. Yo solía dormir con mi tía solterona que, religiosamente, me hacía repetir el “Con dios me acuesto” mientras veíamos arriba de la cómoda a Olmedo y Porcel tocándole el culo a unas cuantas mujeres en vinchas y calzas.

Mis papás llegaban a eso de la una, justo en el momento en que mi abuela tiraba los tallarines al agua hirviendo. La salsa ya estaba bien espesa y yo contaba pulpetines con una cuchara de madera. Los fideos largaban un poco del harina y el agua quedaba blanca. Armábamos la fuente, salsa arriba, salsa abajo y yo seguía contenta a la abuela con el platito del queso rallado.

En la mesa, ya todos sentados, hablaban de mates en Palermo y patines en Ezeiza. En la tele, Silvio Soldán gritaba “Feliz domingo para todos” y yo, como un slogan de fin de semana repetía: “un programa hecho con … ¡amor!”.

Breve manifiesto

 

Tengo una larga lista de cosas que no acabé y tendría que haber terminado…  metas que tendría que haber conseguido y todavía no he logrado…. Y como que me siento incompleta, todavía en proceso. ¡Y peor, con la edad que tengo!

Es una sensación de mierda, claro, porque lo único que me genera es malestar e impotencia. Me impide, oh paradoja, hacer esas cosas que quiero. Porque, ahora hablando en serio, esta sensación nada tiene que ver con el deseo.

Me falta terminar esa carrera que empecé hace tanto… me falta enamorarme de nuevo y formar una familia entera… me falta conocer muchos países y ganarme muchas becas… me falta comprar una casa y tener mucha más plata… me falta aprender a manejar y animarme a salir sola a la ruta… me falta ser más independiente… me falta aprender a ser menos ansiosa… me falta ser menos egoísta y no pensar tanto en mí misma… me falta ser más organizada, proactiva y orientada… me falta perder peso y estar más bronceada… me falta ser menos vueltera y pensar mucho menos…me falta ser más madura… me falta.

Y yo me hago una pregunta: ¿y si no me faltara nada?

¿Que pasaría si así, como soy, fuera más que suficiente?

¿No somos todos un poco (o mucho) lo que cada uno puede?

¿A quién nos queremos parecer soñando ser nosotros pero más “completos”?

Hoy leí una frase genial en un libro: “en nuestro interior queremos ser como el exterior que vemos en los otros” ¿no está buenísima?

Yo tengo ganas de ser como soy y no sentir que me falta nada. Quiero hacer las cosas desde el deseo y no desde la angustia de la falta y mucho menos desde el fantasma de la completud.

¿Que me falta algo? ¡Pues no me falta nada! Así y con todo, soy suficiente.

¿Para qué?

Llego del laburo generalmente cargada de cosas y con muchas ganas de ir al baño. Bruno me recibe, rabo eléctrico, contorneándose de alegría y sí, se mete conmigo en el baño. Me “preparo” después algo de comer, casi siempre la bandejita por peso que me traigo de los chinos. La traigo desde Flores: el kilo es más barato que por acá.

Me lo sirvo en un plato y puteo porque está frío. Así que prendo el horno porque, qué boluda, nunca quise microondas. Lo hago desde abajo, desde la “parrilla”. Por alguna extraña razón, desde que me mudé a este departamento, la llama no enciende si pongo el encendedor desde la parte de arriba del horno. Me tengo que agachar, cansada como estoy después de horas parada en el aula, y sostener con un pie la tapa que se cierra y no queda abierta.

Me siento en el sillón del comedor. El pareo que intento dejar como adorno sobre el cuero está hecho un rollo, sucio y con olor a perro. En realidad, mi adorado sillón es hace tiempo la cama de mi can. Permiso, Bruno, voy a ocupar algo de tu espacio. Frente al sillón, uso la mesa ratona para apoyar el plato, pero como me queda medio baja para cortar, pongo el plato haciendo equilibrio sobre una caja de esas lindas de cartón con dibujos de plantas y vaquitas de San Antonio. También están pensadas como decoración, pero los sucesivos platos calientes han empezado a levantar el plastificado de las tapas.

Busco el control remoto. Puta, está al lado del televisor. Desenredo mis piernas y lo voy a alcanzar. De camino, abro la mochila y agarro mi celular. Cierto que no había visto los mensajes desde las 7.30 AM, cuando salí para la escuela. Tengo como unos 230 whatsapps. Todos al pedo. Ninguno importante. Más cosas del trabajo y algunas fotos que compartieron en los grupos gente que, por suerte, no labura dando clase (o de algunos que, qué culo, se quedaron enfermos en casa).

Tengo el pelo engrasado y la remera chivada a pesar de los 15 grados que hace afuera. El aula es un microclima tropical y pegajoso que se te mete en el guardapolvo. Me levanto el pelo en un rodete y me lavo las manos. Ahora que pensé en el aula y me acordé, me dio asco comer con las manos pesadas.

Caigo pesada, finalmente, en el sillón. La comida, medio fría otra vez. Ya fue. Prendo la tele. ¿Qué hay para ver? No quiero pensar en nada entonces pongo a Rial. Mecho con alguna guerra de cupcakes o con la transformación de gente y de casas en algún canal “Home-Sarasa-Home”. Me aburro mientras como. Siguen entrando mensajitos en el celular.

Apilo los platos sobre los de anoche. Una fina película de pequeñas partículas negras flota sobre el agua y el vaso de ayer. Hoy a la mañana, como todas las mañanas, la tostada se me quemó y la put que lo parió.

Voy a la habitación, las zapatillas me están matando. La cama deshecha y revuelta como si durmieran dos. La ropa se mezcla con sábanas y entre todo el quilombo, mi gata hecha un bollo durmiendo la mona.

Como no comí en casi toda la mañana, sigo con hambre. Busco en la heladera a ver qué hay. Dos ciruelas más verdes que maduras, una lechuga triste y olvidada, tres rebanadas de pan lactal (mañana serán dos y una quemada) y el frasco de mermelada BC de frambuesas por el cual invertí, ayer en el super, un dineral.

Necesito imperiosamente algo dulce como postre. Me hago unos pochoclos, sí sí, bien livianitos, no vaya a ser que tenga que salir a comprar. Mientras explotan en la Essen, Bruno, que ya gastó el parquet siguiendo cada uno de mis pasos, me mira insistente para que le ponga comida en su plato. Quiere un poco de lo que me sobró. Sorry, Bru, pero vas a tener que lamer el aceite que quedó en el fondo de la bandejita plástica. Aparte, ¡con lo que me sale tu Eukanuba, la pucha que te parió!

Pongo el agua para un mate. La cafetera Dolce Gusto, mucho gusto, cuando tenga mucha guita te voy a volver a usar. Vuelvo al sillón, contenta con los pochoclos calentitos. Me entero de que Fede Bal y Barbie Velez se acaban de separar. Mierda, cómo puede ser. Y así nomás me agarra una nostalgia tremenda porque el verano ya fue.

Me voy relajando de a poquito, panza llena, más bien inflada. Son las tres de la tarde. La hora en la que dejo de existir por un rato. Se me cierran los ojos, así, medio doblada en el sillón. Pierdo dos o tres veces el conocimiento. El mate se enfrió. Bruno aburrido, esperando la salida de la tarde.

Voy trabajosamente hasta la habitación y hago la cama, despacito, convenciéndome de que las chicas que viven solas son ordenadas y limpias. En un impulso de autodisciplina insospechada guardo algunos zapatos en el placard y barro las miles de plumitas-pelusas-pelos de debajo de la cama. Mi acolchado tiene varios tajos y unas cuantas manchas dignas de serología forense.

En la tele ya apareció otro programa de chimentos y un comercial del que viene después, uno donde hay gente que busca gente. Ya son las 4 largas, casi 5 de la tarde. Tengo que sacar a Bruno, tengo que sacar a Bruno… la pucha que lo parió… Agarro la correa, se pone a saltar. ¿Dónde mierda tengo bolsitas para llevar? Agarro una del Día, tamaño “cagada fenomenal” y otra que guardé del pan lactal que se me acabó la semana pasada.

El aire y la caminata me despabilan un poco. Mejor. No siento ya tanta flojera. Veo pibes saliendo del turno tarde de algunas escuelas, unas cuantas madres más jóvenes que yo, divinas ellas, merienda lista, clase de fitness. Forras bien forras, ellas. Y me deprimo otra vez pensando que estos chicos llegan a casa, tarea por hacer. Menos mal que yo llego y lo único que tengo que hacer es leer y ordenar un poco…

Ya va haciéndose más oscuro y no fui al super a comprar nada. Tengo un paty en el freezer y me sobró algo de arroz de la última feria que ya ni me acuerdo cuándo fue. Listo. Cena arreglada. Me meto a la ducha y pienso: para qué mierda quiero un marido? para qué dos pibes que me rompan las pelotas? Salgo, el pelo enredado en el toallón y me digo al espejo, todavía empañado: para compartir con ellos tus días y no tener que hacerlo  en un blog.

Mi jardín

Hoy, mientras desayunaba, leí algo que me gustó:

Las metáforas son grandes herramientas del lenguaje que nos ayudan a expresar lo desconocido en términos de lo conocido pero sólo pueden funcionar si resuenan en el corazón del escritor. Hay dos grandes metáforas en la vida de la humanidad: el jardín y el río.

…el jardín no empezó siendo, sin embargo, una metáfora. Comenzó representando el paraíso. En el jardín, todo es vida, belleza e impermanencia. Se relaciona con el alimento, con nutrir a los hijos y proveer alimento a la tribu. Es parte de un instinto territorial muy fuerte que puede asociarse a los animales y su necesidad de alimento. Es un mecanismo, también, de exhibición competitiva, como tener el toro ganador de la cocarda. Es el deseo  ambicioso de regodearse con los mejores tomates o las mejores rosas. Se trata de ganar. De proveer a la sociedad de cosas superiores y mostrar buen gusto, valores, que se sepa que uno trabaja duro. Y qué alivio saber, por una vez, quién es el enemigo a combatir – porque en el jardín, el enemigo es casi todo: las plagas, el clima, el tiempo. Entonces uno se ocupa de manera completa, preocupándose y cuidando cada nacimiento, cada crecimiento, cada belleza, peligro y triunfo para saber que todo finalmente morirá de todas maneras. Sin embargo, uno sigue. ¡Qué hermosa metáfora!

(Anne Lamott, Bird by Bird, traducción mía)

Tengo una amiga que sistemáticamente, cada vez que viene a casa, me halaga las plantas de mi jardín. No es que tenga un espacio verde al fondo de mi departamento de dos ambientes lleno de árboles frutales, arbustos y un estanque. Tengo un pequeño balcón donde conviven unas cuantas plantas. Algunas sobre el piso, otras sobre una mesa pequeña plegable y otras colgadas con ganchos en la pared. Hace poco moví una pequeña palmera, una de mis más recientes, de cuatro cabezas, al interior del comedor. Queda linda, recortada en la pared blanca, al lado del sillón.

La mayoría de las plantas me acompañan hace muchos años. Vivieron varias mudanzas y sacudones. Sin embargo, oh sorpresa, siguen vivas en las mismas macetas donde fueron originalmente plantadas, sin cambios de tierra ni aditivos de ningún tipo. Algunas hasta tienen alguna piedra o muñequito enterrado de viejos lavaderos donde aguardaban mejores soles.

Hay un palo de agua que estuvo muerto durante unos meses. En serio, literalmente muerto. Yo vivía en otro departamento y él vivía en el lavadero donde no le faltaba riego y tenía muy buen sol. Pero poco a poco se fue secando, sus hojas como maíz dorado. Era una época un poco difícil para mí. Había discusiones en la casa y pocos encuentros entre los que la habitábamos. Finalmente, al verlo tan mal, lo arranqué de raíz. Conservé la tierra y la maceta, nunca se me ocurrió vaciarla. A los meses me separé y me mudé al departamento donde estoy ahora. De la maceta con tierra sola, surgió un pelito verde que no arranqué. Pensé que era un pastito o yuyo de esos que vienen con el viento. Pero con el correr del tiempo ese pastito creció y se fue pareciendo cada vez más a un nuevo, joven y reluciente palo de agua. Ahora está en su esplendor, medio flacucho, pero bien verde lleno de orgullo.

Adoro las plantas con flores, pero al no tener sol directo es muy difícil que se desarrollen. Tuve varias, igualmente,  que en la sombra y el reflejo de lavaderos diversos, me han regalado más de un destello de color. Tenía una santa rita que en vez de hojas verdes brotaba pétalos de color fucsia. Era débil, siempre se agarraba cochinilla o pulgas. Ahí la desparasitaba yo, muriéndose bicho, hongo y flor. Quedaban unas ramas tristes y desnudas donde, al poco tiempo, comenzaban a aparecer unos granos verde grisáceos que insistentes comenzaban a dar nuevos pétalos y espinas. Esa santa rita ya me dejó. Su resiliencia no aguantó el trajín de las mudanzas. Sobrevivió al veneno y a la humedad pero no al movimiento de la chata de Rubén.

A Santa Rita la remplazó un jazmín del cielo que, aunque sin perfume, colorea de lila la pared de ladrillos de mi balcón actual. Sus florcitas aparecen puntualmente con el calor y se me pegan en el pelo cuando salgo a barrer o se les pegan a las visitas cuando vienen a matear. Se adhieren, también, a la reposera, a la ropa colgada del ténder o a las cerámicas del piso que después cuesta un perú sacar.  Necesita mucha agua. Aparece lánguido y alicaído cuando me olvido de ragarlo. Si a las otras plantas las riego cada dos o tres días, él necesita hidratación diaria. Sus ramas, como tentáculos perdidos, se meten entre las otras plantas, recorren los ladrillos de la pared, le hacen cosquillas al aire acondicionado.

Tengo también un pequeño malvón. Chiquito y solitario, arriba de la mesa, sabe que mi punto débil es la ansiedad y juega, entonces, con mi paciencia. Muy de vez en cuando da un rosetón bien colorado. Pero es tan de vez en cuando que cuando aparece, amerita una fiesta. Y yo creo que eso es lo que está buscando. Suele dar en diciembre o en enero. Pero después, aunque persista el calor y el sol refleje fuerte en la medianera de enfrente, el malvón queda quietito ahí, dando hojitas peludas y olorosas a papel. Mudo, indiferente, haciéndose el distante.

Para terminar, y aunque tengo unas cuantas plantas más, les quiero presentar al más antiguo y leal de los compañeros: mi ficus irrompible, eterno y ancestral. Es mi centinela. Mi protector. Fue una de las primeras plantas que compré cuando recién me fui a vivir sola. No me acuerdo de dónde lo traje ni cuál era su tamaño original. Vive en una vasija naranja enorme y desde el principio lo traté no como una plantita más del depto sino como lo que es: un árbol con todas las letras. Mientras las otras plantas tienen tallos y cabitos, él tiene tronco y ramas. Ha pasado incontables mudanzas y movimientos. Como es el árbol más alto que tengo, ha tenido que bancarse vivir con la “cabeza afuera”. Siempre me ha obligado, aún en el invierno, dejar un poco de la ventana abierta. La maceta y tronco dentro del comedor o lavadero y su penacho lleno de hojitas curvas por fuera. Cualquiera que pasaba por la calle y miraba hacia arriba, podía adivinar cuál era mi departamento: el que tenía una copa de árbol saliendo de la ventana. Y así vivió, asomado, hasta que me mudé acá y por primera vez en su vida vive, al fin, en un balcón.  Supongo que es complicado para él, toda la vida viviendo torcido y ahora ya no tener que inclinarse más. Su tronco no está derecho todavía, hace falta tiempo que yo estoy dispuesta a darle, claro está. Eso sí, es el más movedizo del balcón. Cuando hay una ráfaga de viento, sus ramas y hojas, como velas de velero, lo hacen bailar de una lado para el otro. La maceta gira y se voltea. Es la primera vez que sus raíces sienten el viento.

Tengo unas cuantas plantas más y algunos cuenquitos llenos de tierra esperado cobijar nuevas semillas, nuevas vidas. Las que ya están, siguen creciendo. Algunas viejitas y cansadas; otras más jóvenes, inexpertas, entendiendo cómo aprovechar el reflejo del sol, preguntándose a veces dónde están los pájaros o diciendo qué raro que hoy no salió Bruno al balcón. Mi tía decía que yo tenía dedos verdes. Yo digo que es mi manera de festejar el poder dar y cuidar vida. No tengo hijos todavía pero sí tengo un perro, una gatita y muchas plantas que me necesitan. Y así como crecen ellos, envejezco yo. Así como respiran ellos, palpito yo. Y que no me vengan a decir que entre ellos y yo no hay una universal conexión.

mi jardin