Una vuelta al perro llena de colores

Tener un perro trae muchas responsabilidades. Aparte de comprarle su alimento balanceado, vacunarlo cuando es necesario y mantenerlo sano y limpito hay que  ¡sacarlo a pasear ! 😖

Yo digo que Bruno me saca él a mí a pasear, porque suelo quedarme colgada trabajando en la computadora o limpiando la casa y el pobrecito me da vueltas alrededor con cara de carnero degollado y unos ojos que dicen “Dale, por favor, sacame!”.

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Muchas veces es un esfuerzo enorme el que hago. Fundamentalmente cuando son las 3 de la mañana, acabo de llegar de una cena o una salida y con diez grados bajo cero y con ganas de meterme en la cama, prorrogo un poquitín más meterme al sobre y lo saco a Bru a hacer pis en la vereda. Esto tiene su parte de beneficio: a la mañana siguiente puedo dormir a pata ancha: sé que él no va a aparecer al costado de mi cama despertándome con la patita para que lo saque al baño.

Otras veces, y estas son las más, por suerte, es un placer salir con Bruni. Dar una vuelta por el barrio, que te dé el aire fresco en la cara, pasar por un parque y escuchar los pajaritos (cosa casi milagrosa en Buenos Aires) es super disfrutable. Yo creo que lo disfrutamos los dos por igual (yo hago pis antes de salir, aclaro).

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Los sábados o domingos suelo hacer un paseo más largo a la mañana y me llego hasta el Parque Centenario. Como estoy en plan de bajar algunos kilitos, me viene genial dar algunas vueltas, aunque más no sea una caminata enérgica (para los 21K me falta tiempo y ¡nuevas plantillas!). Para Bruno es una piece of cake, como se dice. Tomamos por la calle Otamendi que es bastante tranquila y vamos viendo las casas y, sobre todo, los murales con los que nos cruzamos por el camino.

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Un tiempito viví en San Telmo y me fascinaba ver la cantidad de murales y paredes con pintadas y grafittis que había por todos lados. Me sentía en medio de una barrio bohemio y artístico. Caballito no es lo mismo en este sentido, claro. Es más comercial, con muchos más edificios modernos. Pero, en este recorrido por Otamendi encontré muchos murales llenos de colores. Algunos son paredones de negocios, como librerías o talleres de marcos. Otros son simplemente medianeras de casonas o edificios.

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Me gusta ver mi barrio con otros ojos, con mirada más atenta, menos “anestesiada”. Se encuentran muchas perlitas. Voy a seguir prestando atención a ver qué otros tesoros encuentro… Los que son de Caballito, ¿conocen algún mural, casona, portón… especial? ¡Avísenme así voy y le saco foto!

Hoy los dejo con este paseo hermoso al sol de la mañana dominguera. ¡Ah! ¡Me olvidaba! Nos acompañaron en el recorrido mi hermana, Lore, y su perro Titito.

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¡Hasta el próximo paseo!

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¡Arte! ¡Arte! ¡Arte!

Hace muchos muchos años fue mi primera vez como viajante solitaria. Hice una pequeña valijita, invertí todos mis ahorros en un curso de inglés y partí rumbo a Londres,  en un agosto nublado y frío de Buenos Aires.

Era mi primera vez viajando sola y, aunque había estudiando desde chica inglés, al llegar a Heathrow me encontré con un mar de gente y una nube cosmopolita de lenguas y dialectos que me era imposible entender. Millares de ropajes extraños, olores y colores de piel. Había salido, por fin, al mundo.

Tenía viajes anteriores a Estados Unidos y el Caribe, incluyendo Brasil. Pero este era el primer contacto têt a têt, autónoma e independiente, con personas de otro mundo. Había finalmente cruzado el charco. Y sola, mi alma, me las tendría que ver.

Me hospedé en una residencia universitaria donde compartía una cocina gigante con otros estudiantes que, como yo, habían llegado de otros lugares a estudiar inglés y adentrarse en la vida alocada de la ciudad del Thames.

Yo no tenía mucha idea de qué hacer y adónde ir. Llevaba, sí, un listado de lugares que me interesaba visitar pero tenía, ahora, que congeniar la vida estudiantil (el curso, las clases, las lecturas) con los pubs, el tube y el Mind the Gap.

Mis compañeros de residencia se convirtieron instantáneamente en cómplices de salidas, idas al súper y recitales en el Hyde Park. Como si nos conociéramos de toda la vida. De hecho, al llegar y poner un pie en la universidad, unos chicos alemanes-polacos-venezolanos, así mezclados, me recibieron con un “¡Dale, apurate, dejá las cosas en tu dorm y venite al Hyde Park que está cantando Sting! Ah, ¿cómo te llamás?”

Nuestras tardes eran pura caminata. London Bridge, Picadillly Circus, London Eye, Big Ben, Westminster Abbey y la Tower of London. Comíamos noodles casi todos los días, sentados en una plaza durante el lunch break del curso y comprábamos unas cuantas porquerías que recalentábamos a eso de las 7PM como cena “a la inglesa” en la cocina eléctrica de nuestro depto. Creo que en los dos meses que estuve ahí no comí nunca british food.

A veces llegaban a los dorms estudiantes de Arabia Saudita o Jordania. Países que hacía muy poco había oído nombrar por primera vez. Se quedaban algunos días, nos contaban de palacios, príncipes y “el harén de papá”. Se manejaban siempre en taxi y se volvían a sus casas cargados con bolsas de Harrod’s o de alguna tienda de Notting Hill.

Hice algunas escapadas de fin de semana que organizaba el instituto con precios moderados para estudiantes. Fue así que visité Bath, Cambridge, Edimburgo y el Lake District. Aprendí sobre poetas, escuché gaita a morir y conocí a un tal Peter Rabbit escondido en las praderas del five o’clock tea. Vi la espada de Willam Wallace, me enteré de un rey que decapitó a sus ocho esposas y caté whisky tras whisky desde las 9 de una mañana.

Me enteré, como quien no quiere la cosa, de que los romanos y los celtas estuvieron por todos lados y que “tatoo” no solo es un tatuaje. Aprendí que Shakespeare nació en un lugar con nombre raro y que las especies de las vacas y los caballos me sonaban de algún lado…

Tuve días grises, sí. Días en los que extrañaba. Tal vez era de tantos días sin dormir, estudiando a la mañana con la pint todavía circulando por mis venas y mi amiga la resaca. Sin duda era todo tan nuevo para mí, tan excitada me encontraba, que necesité en algunos días poner pausa y sentirme triste a la distancia.

Eran días donde me encerraba a leer o salía despacito buscando algún rincón conocido, algún aroma o sabor que me recordara a mi Argentina. Difícilmente lo encontraba y medio alicaída, vagabundeaba. Solía cruzar el Waterloo Bridge y sentir el abandono y la soledad, más que nunca, así como estaba, en medio del tumulto de la Trafalgar Square.

Y en una de esas tardes de absoluto goce nostálgico lo encontré.

Encontré lo que sería mi refugio a partir de ahí, mi antídoto para esas tardes de drama truculento. Subí despacito las escaleras de mármol blanco y me metí. Botticelli, Leonardo, Michelangelo, Raphael, Caravaggio, Rubens, Poussin, Van Dyck, Rembrandt, Cuyp, Vermeer, Ingres, Degas, Cézanne, Monet, Van Gogh, me habían estado esperando para introducirme en un mundo silencioso, lleno de vida. Como escape a la agitación londinense de afuera, acepté la invitación y me sumergí en las profundidades del arte del mundo entero.

No sé qué fue exactamente lo que en un instante me hizo sentir bien. Si los trazos en los cuadros, los colores o los marcos, la luz del lugar, el ruido del piso de madera al caminar o unos chiquitos sentados que estaban escuchando la explicación acerca de un perrito en un extremo de un cuadro. Tal vez fue el orden y la limpieza del lugar. O el silencio contemplativo de los visitantes. Tal vez fue la estética toda, que se me contagió.

Lo cierto es que desde ese día me hice visitante asidua de la National Gallery. Cada día que entraba, me concentraba en nuevas obras. Iba aprendiendo, no sé cómo y así nomás, de sopetón, sobre formas y texturas, sobre temas y artistas,  sobre movimientos e historia. Se convirtió para mí en un ritual de exorcismo. Cada vez que me sentía medio bajoneada o que comenzaba a  extrañar, agarraba mi mochila, dos o tres pounds y al museo marchaba. Y al pisar el plastificado y percibir el perfume de la madera inmediatamente despertaba.

Hay algo con el arte. Y sé que no descubro nada diciendo esto. Pero no sé qué pasa con la plástica, los cuadros, las imágenes representadas, los objetos en exposición, tal vez el orden en que están dispuestos… algo de esto me traspasa y me calma; me anima, me llama… Viajo en tiempo y en espacio. Veo, me imagino, siento. “Entiendo”. La humanidad, entiendo. Ahí estamos todos, en esos cuadros, en esos objetos que me interpelan y me dicen algo. Me incluyen, me ubican. Me hacen sentir bella.

Sentí lo mismo, luego, cuando entré al Britsh Museum. Lo mismo, al terminar el curso, ya en París, en el Louvre y en el Musée D’Orsay. Cuatro años después, en el Musée du Moyen Age, en el de Victor Hugo y con Gaudí en el Parc Gruell.

Quise ver si la experiencia se repetía en mi ciudad y fue así. Busqué otra vez esa sensación de pertenencia, de humanidad y de expresión en los museos de Buenos Aires y la encontré. En el de Bellas Artes, en el Malba, en el Palais de Glace… otra vez boquiabierta frente a la obra artística de tantos de allá y tantos de acá.

Hay algo universal en esta experiencia estética. Algo de alivio frente al reconocimiento en la expresión y en el sentir humano tan diverso y al mismo tiempo tan igual. No sé muy bien qué es, suele despertar en los viajes y en los museos, pero qué bueno saber que puede repetirse en cada instante frente a una obra de arte.

En Londres la experimenté y fue mi primera vez. Y cuando puedo, la repito. Ahora no tanto porque me siento sola o alejada de lo conocido. Sino, al contrario, cuando la vida se empecina en la rutina y me ahoga con lo nimio y chiquitito. Entonces, como diría una vieja amiga mía: “¡arte, arte, arte!”

 

Mendoza. Día 4. Belleza, espumantes y alguna que otra contradicción

Los concursos de belleza siempre me han generado muchísimo rechazo. Me parece absolutamente denigrante que una mujer se presente delante de un jurado que inspeccionará cada centímetro cuadrado de su cuerpo; que escribirá, en un anotador, cada detalle del brillo de su pelo y le observará detenidamente la uñas para ver si son verdaderas, esculpidas o mordidas. Bajo el ojo detallista del selector, la chica queda reducida a un envase o producto en un exhibidor. Despojada de su subjetividad y sus atributos humanos, sus deseos, pasiones, miedos, ideas, sueños, sus derechos ¡y hasta su voz! existirán en la medida en que ella responda a los parámetros de belleza física.

En la Semana del Espumante, en el departamento de San Rafael, nos cruzamos con la candidata a reina departamental de la vendimia. La chica tenía una banda que decía “Paredes” en letras doradas. Después me explicaron que las chicas primero concursan dentro de cada distrito, luego la ganadora lo hace a nivel departamenal y, por último, todas las reinas departamentales son las que participan por el premio más preciado en Mendoza capital: ser coronadas “reina nacional de la vendimia”.

Nos encontrábamos en la bodega Casa Bianchi, donde comenzaba la Semana del espumante con una fiesta fenomenal: luces de colores, una escalinata blanca hasta la entrada del salón de la bodega donde todos nos frenábamos para sacarnos una foto sobre la alfombra roja del evento. Detrás de la casona, los viñedos iluminados con reflectores esperaban orgullosos a que probáramos la cosecha. Una cola de autos seguía llegando. La gente que bajaba emperifollada clavaba con firmeza sus tacos en la tierra de viñedos. En el salón, un grupo tocaba música jazz en vivo y los mozos zigzagueaban entre los asistentes que, rompiendo toda compostura, se abalanzaban, uñas pintadas gemelos rozando, sobre quesos ahumados y jabalíes servidos.

La reina de Paredes entró con su vestido largo, su corona y su cetro. Muy maquillada, pómulos altos; “monísima”, ella. Se la veía alta y esbelta. Bella y sola. Paradita, obediente, esperaba para responder al pedido que viniera: una foto con una pareja, un beso, un saludo con la cabeza al que respondía regalando fotos propias. Nadie pero nadie se acercaba para hablar con ella. El gesto de la gente era el mismo del autorretrato (ahora, selfie) con un paisaje o un objeto. Mirá dónde estuve, mirá lo que tengo al lado. Solo una señora de vez en cuando se le acercaba a arreglarle el vestido o a retocarle el peinado. Y ahí se la veía a ella, un poco aflojaba y conversaba.

Empezaron a descorchar espumantes en la barra. Nuestras copas, en mano, hacían respetuosamente la cola mientras la crema de la crema de San Rafael conversaba animadamente y relojeaba a la gente nueva. Descubrí a unos cuantos mirando para mi lado, el grupo de extranjeros que veníamos a chupar. La música seguía sonando, aunque a medida que pasaba la noche, quedaba un poco escondida detrás de la charla y el bullicio.

Ya ni me acuerdo lo que probamos. Solo sé que el color y tamaño de las burbujas iba variando a medida que nos servían: rosadas, amarillas, más grandes y rápidas, más chiquititas, menos temblorosas… Al queso y al jabalí se le sumaron aceitunas negras y la gente comenzó a salir a la galería de la parte de atrás para respirar la noche rafaelina entre viñedos y autos Audi estacionados bajo las estrellas.

Se hablaba de uvas, aceites, bodegas y cuestiones familiares mezcladas con mercado externo bien al estilo pueblo agrícola productor. Las señoras, sobrias, con tacos altos y peinados bien teñidos, conversaban, copa en mano, sobre las universidades de sus nietos e hijos. Algunos, mimosos, se abrazaban seguramente animados por la larga cata de extra brut. La reina ya no estaba en ningún lado. Justo cuando todos se empezaban a descontracturar, a reírse cada más fuerte, la candidata de Paredes se esfumó, tal vez su carroza ya convertida en calabaza.

Me quedé pensando, en aquel momento, ¿por qué una chica querría ser reina de la vendimia? ¿qué beneficios le traerá además de popularidad o una mirada más en la calle? Algunas  nombran el honor de representar a un pueblo a nivel nacional, de hacer visible el trabajo en los viñedos. Otras hablan de la participación en actividades solidarias en pueblos o parajes recónditos dentro de la provincia. Las motiva, indudablemente, el amor por el terruño (sentimiento extraño para una porteña como yo) y un poquito de vanidad, claro (que de eso sí, lamentablemente, conozco mucho yo).

No apoyo para nada los concursos de belleza y mucho menos la cosificación de la mujer pero cuántas paradojas veo. Hoy leí, por ejemplo, en un artículo en la página de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, que las representantes departamentales, aspirantes a reinas y virreinas de la vendimia, habían participado de un taller sobre la trata de personas, para que las chicas puedan actuar como promotoras y comunicadoras de derechos. ¿Es contradictorio esto o existe una manera distinta de verlo?

Me da escozor ver a las chicas concursando por el reinado entre el mejor ejemplar vacuno en la Rural o entre la mejor cosecha de la tierra de un lugar. Me da la misma sensación de terror que sentí frente a una vieja imagen del siglo XIX donde se veía a unas personas de pueblos originarios exhibidos como ejemplares en zoológicos humanos. ¿Somos las mujeres un “producto” humano para mostrar? ¿Somos un objeto/ser vivo para embellecer y exhibir? Por supuesto que no. Pero ¿quién es ese ojo que mira y califica? ¿Los hombres? ¿La sociedad? ¿Las mismas mujeres?

Soy culpable yo también: me compro cremas para la cara, me maquillo casi todos los días, compro productos light para no engordar y gasto en la peluquería un dineral. No quiero tener la piel grasa ni el pelo seco. Lucho contra la flacidez; la cola tiene que ser redonda; los pechos, turgentes y el abdomen, plano. ¿Me perece un tontería? Rotundamente: sí. ¿Renunciaría a verme “linda”? Vergonzosamente digo: no. ¿Qué nos pasa con la “belleza”, a nosotros, como sociedad?

 

Mendoza. Día 3

Estuve unos días de visita por Mendoza, provincia cuyana al oeste de nuestro país, pegadita a la Cordillera de los Andes. La idea era visitar algunas bodegas, hacer las catas correspondientes y adentrarnos un poco en el paisaje natural de la región. Todo eso, sumado al disfrute de la gastronomía mendocina.

Aquí van algunas notas de mi diario de viaje:

♣ ♣ ♣

jueves 4 de febrero:

¡Por fin nos adentramos en la montaña! Salimos temprano a la mañana, camino a San Rafael. Tomamos la ruta provincial 173 y nos empezó a envolver poquito a poquito una pared rocosa de colores rojizos y marrones con forma de milhojas. Cada vez teníamos más encima las laderas de las montañas y la ruta se hacía más sinuosa. A pesar de lo seco de las montañas, el camino se volvía cada vez más verde.  Empezaron a aparecer árboles y arbustos bordeando la ruta. Mientras, el sol se escondía: cada vez estábamos más encajonados. De repente, después de una curva, entre los sauces: el río Atuel. Curvas y piedras dejaban algunas espumas por pequeños saltos. El agua, verde grisácea y casi turquesa cuando encontraba un descanso. La combi seguía a toda velocidad silbando con cada curva y contracurva. De repente un cartel: Rafting. Y otro: Kayak. Y otro: Tirolesa, Turismo de aventura, Cool River, Camping, Cabañas, Pesca, Canopy… los centros de turismo y las cabañas se sucedían y se veía gente con cascos y chalecos salvavidas caminando por la vera del río. Entre las ramas de los árboles se aparecía el naranja de los botes inflables, con seis u ocho cabecitas brillosas rebotando con el movimiento del río. Algunos remos se levantaban, algunos grititos se escuchaban. Del otro lado del río, la pared imponente de arcilla y piedra de la montaña.

Seguimos camino, ascendiendo, siempre a la vera del río. Seguían los banners al viento y esa fiesta “playera” de colores y vida acuática. Paramos a almorzar en un bar que tenía una bajada al río y una canción de Manu Chao sonando al lado de una barra de cañas. Un tipo alto, rubio, muy bronceado, me saludó con el gesto surfer de la mano (puño con pulgar y meñique extendidos).  Se puso a dar las instrucciones a un grupo de turistas que esperaban entre excitados y asustados dentro de un bote. Como nosotros ya habíamos hecho rafting en otras oportunidades, queríamos hacer algo distinto. Para cool river, el río estaba bajo, nos dijeron, “se van a lastimar las piernas con las rocas en los saltos”. Quedamos para volver otro día ya que estaríamos cerca, en San Rafael.

Después del almuerzo volvimos al camino y después de recorrer unos pocos kilómetros fuimos dejando atrás la vegetación y el río mientras subíamos y subíamos. El cañón siguió envolviéndonos cada vez más regalándonos colores impensables: rojos, verde aguas, grises, amarillos, blancos. Una fiesta geológica delante de nuestros ojos. Las curvas nos permitían ir descubriendo las formas que el viento y la erosión habían caprichosamente esculpido. Algunas rocas salientes, puntiagudas. Otras, redondeadas, casi “amasadas” como plastilina. Desde los miradores, el espectáculo era impresionante. El  cielo se nubló y todo fue gris y violeta. El agua, abajo en el cañón, centellaba plateada. Un submarino/dinosaurio medio sumergido se quedaba quieto mientra los catamaranes chiquititos lo circundaban.

El cañón del Atuel nos dejó sin habla. La solemnidad de la naturaleza despertó en nosotros puro respeto y admiración. Qué pequeños somos. Qué corta es nuestra existencia. Cuánto problema nos hacemos por cosas insignificantes. Frente a un espectáculo como este, frente a esta inmensidad, algo en el alma se nos acomoda.  El desafío con este sentimiento es hacerlo durar, repetirlo en cada esquina, en cada momento de ahogo de la rutina habitual. Cada uno de los que viajamos tomó un momento a solas, contemplando en silencio, para hacer seguramente algún tipo de pacto con la naturaleza. Yo, al menos, sé que lo hice. Al costado, un puesto en medio de la inmensidad vendía nueces, souvernirs de piedra, collarcitos-pulceritas y bolsitas de granola casera para los viajeros que habían vuelto ya del trance paisajístico. Nosotros decidimos seguir viaje hasta San Rafael aunque el silencio continuó en la combi unos cuantos kilómetros más.

 

 

Mendoza. Día 2

Estuve unos días de visita por Mendoza, provincia cuyana al oeste de nuestro país, pegadita a la Cordillera de los Andes. La idea era visitar algunas bodegas, hacer las catas correspondientes y adentrarnos un poco en el paisaje natural de la región. Todo eso, sumado al disfrute de la gastronomía mendocina.

Aquí van algunas notas de mi diario de viaje:

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miércoles 3 de febrero:

La idea era hacer el camino de alta montaña: ir por la ruta N°7 hasta el Puente del Inca, ver el Cristo Redentor, justito ahí, en la frontera con Chile, pasando por Uspallata. Pero, a la mañana, mientras desayunábamos, nos informaron que había habido un alud en la ruta 7 camino a Los Penitentes que derribó un puente quedando gente varada y la ruta intransitable.

Decidimos, entonces, tomar la ruta 52 que sí estaba habilitada y subir hasta Villavicencio para visitar la Reserva y el famoso hotel.

El Hotel de Villavicencio fue construido en 1940. En realidad, la idea fue atraer a la gente para que conociera las fuentes termales de agua mineral. Fue emplazado en un lugar estratégico, lugar de descanso en la única ruta que existía entonces para llegar a Chile. El consumo y comercialización del agua mineral tenía objetivos médicos originariamente. Se vendía en botellas de vidrio verde en farmacias y se la daba a los enfermos (como ahora se suele dar Seven-Up). El hotel, con estilo arquitectónico normando, fue construido con todos los lujos. Pisos de madera y muebles traídos de Europa, azulejos y cerámicas para las paredes y piso de los baños, canchas de tenis, de bochas. Los baños termales eran individuales porque en la época no estaba bien visto tomar baños en piletas comunitarias.  Era un hotel lleno de comodidades y actividades de esparcimiento y recreación. La chica que nos recibió en la Reserva nos contó la corta historia del hotel: abre sus puertas en 1940 y las cierra después del mundial de 1978, en plena dictadura militar, ya que el mantenimiento era superior a las ganancias que dejaban los huéspedes. De ahí en más, la historia se pone triste para el Villavicencio: saqueos, destrucción y deterioro.

Al pasear por sus jardines y ver la fachada bastante bien mantenida, no pude dejar de sentir que estaba frente a un Titanic. Las historias de gente bien vestida tomando el té en las terrazas o jugando al billar en los salones de recreación con sus sombreros y trajes con tiradores llenaron mi cabeza de fantasías y reavivaron el movimiento de esa, ahora, casona hueca. Mis abuelos maternos se casaron en Mendoza en 1949 y fueron a pasar su luna de miel allí, en el hotel. Ellos formaron parte de ese selecto grupo de personas que deambulaban por los jardines del hotel, entre las vertientes naturales del agua mineral con sus vestidos recién salidos de la modista y sus pantalones bien planchados. Mis “lelos” seguramente tomaron un baño termal en sus tinas individuales dentro de una habitación lujosa, antes de la cena en el restaurante. ¿Habrán tomado un espumante mendocino para celebrar? Es muy difícil y hasta divertido imaginar a mis abuelos, gente que ha sido sencilla y de trabajo, en un ámbito tan aristocrático y lujoso. ¿Qué los habrá decidido a casarse allí y pasar la luna de miel en un hotel que, seguramente, les habrá costado una fortuna? Los imagino jóvenes, “buenos mozos” y enamorados; limpios y perfumados, dando vueltas por las mesas de canasta o bajo sus sombreros entre las canchas de polvo de ladrillo. Algo de sus pasos, de sus charlas, de sus besos debe estar todavía flotando por el interior de este hotel hermético y misterioso.

Todo el camino hasta el Hotel nos acompañó un rico perfume mentolado o más bien parecido al eucalipto. Después nos enteramos de que se trataba de la jarilla, una planta resinosa muy aromática que se usa para perfumar ambientes o para ahumar la carne asada y dejarla con un gustito especial. Al costado del camino se veían restos de fogones donde la gente seguramente había hecho sus asados utilizando la jarilla que abunda por estos lados. 

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Hotel Villavicencio. Las paredes están pintadas de salmón (e vez del blanco original) para evitar el deterioro por la humedad
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Fuentes de agua termal

De vuelta hacia Mendoza ciudad, pasamos por Luján de Cuyo y visitamos a la Virgen de la Carrodilla, protectora de los viñedos.

Cuenta la tradición que en el año 1250 en un camino de Estadilla un pueblito enclavado e las montañas de la provincia de Huesca en Aragón, España, hizo su primera aparición la Virgen María, con el niño Dios en sus brazos y un racimo de uva en su mano izquierda, significación de abundancia. Lo hizo a dos carboneros pobres sobre el carro que empleaban para transporte del producto. Por eso la llamaron Virgen de la Carrocilla, es decir del Carrito. Milagrosamente después encontraron la veta que les proporcionaría una vida mejor.

En 1765 nació Antonio Solanilla y fue bautizado en ese santuario consagrado a Nuestra Señora de la Carrocilla en España. De niño, Solanilla vino a tierras americanas y entre sus pertenencias traía una imagen de la Virgen que entronizó en una capilla construida junto a su casona, en el camino a Luján de Cuyo.

Posteriormente, cambió el nombre por el “de la Carrodilla”. Unos dicen que fue por desfiguración del nombre; otros dicen que es debido a que así se llamaban las montañas donde se apareció la Virgen María.

Ha pasado por transmisión oral de abuelos que una noche de terrible tormenta de piedra, sacaron a la virgen de la capillita en actitud de ruego y la tormenta cesó inmediatamente. Ese milagro la convertiría por voluntad popular en patrona de las vides mendocinas, antes que lo hicieran las disposiciones legales.

fuente: forosdelavirgen.org

 

 

 

 

Por la tarde, le tocó el turno a otra bodega. No queríamos ir muy lejos, así que buscamos una que estuviera cerca de la ciudad. Decidimos ir a Bodegas López que queda en Maipú, a unas estaciones del Metrotranvía que sale de Mendoza capital. Compramos la Red Bus, que es como la “Sube” de Mendoza y la cargamos con el total del boleto ida y vuelta hasta la Estación Gutiérrez. El metrotranvía es súper moderno. Se parece un poco a nuestro Tren de la Costa, con asientos mullidos y aire acondicionado. Acá nos cruzamos con mucha gente que iba o volvía de sus trabajos hacia el Gran Mendoza.  Al bajar en la estación, última del recorrido, tuvimos que caminar solo dos cuadras hasta la bodega bajo un sol seco que rajaba la tierra. Al entrar en el gran salón de López, nos tiramos en unos sillones blanditos a disfrutar del fresco ya que afuera hacía unos 40 grados, con un sol imponente que nos quemaba la cabeza. En Mendoza, a diferencia de Buenos Aires, el sol más fuerte y las temperaturas altas se sienten a las 5 o 6 de la tarde en verano. Así que uno tranquilamente puede tirarse a la pileta a las 7 de la tarde y broncearse justo antes de la caída del sol. Mientras que, al mediodía, todavía uno puede andar en remera y sentir fresquito como para meterse al agua.

La bodega López es inmensa. Tiene una colección de autos antiguos, barriles añejos y una casona de recepción que se utiliza para eventos y exposiciones. Una de las cosas que más me gustó en la bodega fueron unos tubos transparentes que mostraban los suelos de los distintos viñedos que tiene la familia López. En cada tuvo se podían ver los diversos estratos que estaban marcados con un cartelito: arcilla, piedra caliza, arena, etc. Además de indicar dónde se encontraba el viñedo, decía también qué tipo de uva estaba plantada allí. La geología al servicio de la agricultura vitivinícola. Después de la explicación del cultivo, la fermentación, las piletas, el mosto, etc. etc., pasamos a la degustación. Acá nos desilusionamos un poco. Nos dieron para la cata vinos de muy baja calidad (a mi neófito parecer). No soy para nada una entendida en el tema (tengo ganas de empezar a serlo) pero los vinos que  nos hicieron probar fueron vinos que uno encuentra en cualquier supermercado a precios más que razonables. La idea, me parece a mí, es que en una bodega te den a probar los vinos más caros, esos que uno no suele comprar. Por eso nosotros preferimos visitar bodegas más pequeñas o familiares, con vinos que no se encuentran en Buenos Aires. Sería una muy buena jugada de las bodegas grandes más industrializadas darte a probar vinos caros o espumantes que solo se suelen descorchar para grandes ocasiones. Cuando uno viaja hasta Mendoza y visita una bodega, está mucho más abierto a invertir en vinos buenos y caros. Si uno está entusiasmado con conocer el origen de la cosa y se metió en el mundo del vino, es que evidentemente está mucho más predispuesto a gastarse unos pesos en una botellita por la cual no invertiría en casa cualquier día. ¿No coinciden conmigo? 

Podría contarles de algunos compañeros de cata que, haciendo alarde de un conocimiento un poco sospechoso, equivocaban frutas, años de añejamiento y presencia de “maderas” en el perfume de los vinos que pobábamos. Muy, muy gracioso. Cómo es cierto que el que más habla generalmente es el que menos sabe. Al término de la visita, con capa caída y orgullo aplastado, compraban silenciosos, ahora sí, su botellita mascullando un “gracias” bajito a la salida. 

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Metrotranvía

 

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Bodegas López

 

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“Si el vino no llora, llora el que lo toma”

 

Mendoza. Día 1

Estuve unos días de visita por Mendoza, provincia cuyana al oeste de nuestro país, pegadita a la Cordillera de los Andes. La idea era visitar algunas bodegas, hacer las catas correspondientes y adentrarnos un poco en el paisaje natural de la región. Todo eso, sumado al disfrute de la gastronomía mendocina.

Aquí van algunas notas de mi diario de viaje:

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Martes 2 de febrero:

A la mañana: paseamos por la Ciudad de Mendoza. Una señora nos hizo de guía dándonos todos los datos históricos sobre San Martín, el cruce de los Andes, los habitantes nativos de la región, las acequias y las ruinas jesuíticas. En el grupo del paseo conocimos a una odontóloga y a su mamá que viajaron a Mendoza por una operación de ojos. La clínica del Dr. Zaldívar es muy famosa en la provincia y muy conocida en el país. De hecho, en la ciudad de Mendoza hay muchos centros de ojos y muchos especialistas oftalmólogos; la mayoría, discípulos de Zaldívar. Se ha invertido mucho en la tecnología para curar las distintas afecciones oculares y tanto es así, que a esta señora que nosotros conocimos, le hicieron el estudio prequirúngico a través de una “conference call” con el médico y los aparatos en Mendoza, mientras ellas estaba en Buenos Aires y una lente le “leía” el ojo a distancia.

 

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Fuente de los Continentes en el Parque General San Martín. El parque fue diseñado por Thays (sí, el mismo que diseñó los jardines de Palermo y el Jardín Botánico en Buenos Aires). Los primeros planos fueron presentados en el año 1896 y dentro, entre otras cosas, funciona el Club Regatas.

A la tarde: Conocimos dos bodegas y una fábrica de aceite de oliva y aceto balsámico. En la primera bodega, Cavas de Don Arturo, probamos un malbec, un cabernet sauvignon y un syrah. Nos mostraron los toneles y barricas de roble francés donde añejan los vinos (mínimo, durante seis meses). El que más me gustó fue el cavernet sauvignon, picantito y fuerte. Me encantó. También probamos un aceite de oliva y otro de uva. Este último fue una revelación, de color verdeazulado, denso e insistente en la boca.  La chica que nos recibió en la bodega contó la historia de la familia y de los comienzos de una manera tan amena que daba ganas de escucharla. Ella misma contagiaba el amor que siente por la bodega donde trabaja. Es tan cierto eso de que los objetos/ los productos no son lo importante. Lo que hace que la cosa sea interesante son las historias que se cuentan alrededor de los objetos…

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Toneles de roble francés para añejar el vino en Cava Don Arturo. Estos fueron traídos en barco por el fundador de la bodega, ahora ya están en desuso. Actualmente usan barricas más pequeñas para añejar.

En la fábrica de los aceites de oliva y los acetos Laur, la chica que nos recibió nos contó todo de memoria. Parecía que estaba dando un examen oral y que después le daríamos la nota. Un insuficiente se hubiera sacado si yo tenía que evaluar el entusiasmo con el que contaba la historia del lugar. Sin embargo, el aceto tipo Módena me pareció  muy bueno: espeso, oscuro, dulzón. Cuando vi que había aceitunas negras en la mesa de degustación me abalancé sobre ellas pero, claro, no me parecieron de un sabor muy intenso ya que estaban naturales, no en salmuera. (Nota 1: las aceitunas negras -mi preferidas- son las mismas aceitunas verdes que se dejan madurar por más tiempo en la planta, se las cosecha cuando toman ese color más oscuro. Nota 2: el aceite de oliva es extra virgen cuando fue cosechado de manera manual, sin romper la piel de la aceituna. Si esto ocurre, el contacto de la pulpa con el aire hace que la aceituna se oxide y esto resulta en un aceite con más sabor ácido del que presenta el extra virgen)

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Una semana antes de la cosecha, a las uvas se las exponen a lo que se llama “estrés hídrico”: les cortan el riego para que la uva concentre todos los perfumes y sabores y de esta manera obtener un vino con más cuerpo y aroma. Este verano ha sido muy lluvioso en Mendoza, por lo que la cosecha se va a atrasar notablemente.

La segunda bodega que visitamos, Florio, es un establecimiento donde producen vinos dulces y espumantes. El más conocido, el Gamba di Pernice (se le llama así “pierna de perdíz” ya que las patas de esta ave son de color morado, del mismo color de la uva cuando debe ser cosechada). La chica explicó todo muy rápido y pasamos directo a la degustación. Menos mal que había sillas para sentarnos alrededor de la mesa donde se exhibían los vinos a ser catados porque el vino dulce (y sin un sólido de donde pueda agarrarse) va derechito a la cabeza. La anfitriona nos explicó que para que un vino sea dulce, después de la fermentación y el decantado, se les vuelve a poner el mosto con los azúcares no fermentados (no convertidos todavía en alcohol). Existen tres maneras de “endulzar” el vino: 1) agregándole el mosto en frío, 2) agregando el mosto con calor y 3) agregándole arrope (que es casi como un almíbar hecho con el mosto). El primer método produce un vino menos dulce, el segundo uno intermedio y el tercero produce un vino muy dulce como el oporto o el marsala. 

Algunos datos que anoté sueltos mientras iba en ruta:

  • la cordillera de los Andes está formada (a la altura de Mendoza) por tres cordones: la precordillera, cordillera frontal (Cordón del Plata y cordón del Tigre) y cordillera principal (donde se encuentra el Aconcagua)
  • las parras al ras del suelo producen uvas más dulces; las parras altas, menos dulces
  • el padre de Daniel Vila, Alfredo Luis Vila, construyó un terrible barrio privado cerca del cerro de la Gloria. El nombre del barrio está formado por las iniciales de cada uno de los nombres de sus hijos. (El polémico Barrio Dalvian)
  • San Martín solo libró una batalla en suelo argentino (la de San Lorenzo). En España, había librado unas 30 contra Napoleón.
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Monumento al Ejército de los Andes en el Cerro de la Gloria realizado por el escultor uruguayo Juan Manuel Ferrari. Se puede ver, entre otras cosas, las mulas representadas con los ojos vendados. Les tapaban los ojos para que no vieran el precipicio y siguieran avanzando, sin empacarse por el miedo a la caída. Otro dato de color con respecto a las mulas: San Martín decidió usar mulas y no caballos para el cruce ya que las mulas orinan mientras caminan. De esa manera, no tenían que frenar y se ganaba mucho tiempo. Tácticas estratégicas del General.

El talismán

Ahora descansa en mi mesa de luz porque, aunque soy cero religiosa y no profeso ninguna fe en particular, me gusta pensar que de alguna manera esta cruz tiene poderes mágicos. Por lo menos para que en las noches de insomnio me ayude a pensar menos y haga que el sueño venga más rápido.

Hace un año, solía acompañarme en mi cartera a todos lados. Eran tiempos en los que necesitaba tener este “amuleto” todo el tiempo conmigo. Quería que me diera su buena fortuna estando cerquita mío. La llevé por ese entonces a un corto viaje que hicimos con mi hermana a la ciudad de mis abuelos, San Pedro. Venía de un año lleno de novedades y buenos comienzos y quería que esa buena racha continuara. No hubo grandes acontecimientos durante esas vacaciones pero pasé una linda semana al sol, junto al río Paraná en un hotel espectacular.

Esta cruz de dos brazos horizantales se llama Cruz de Caravaca. Unos días después de haberla encontrado la googlée y encontré lo siguiente:

“La legendaria historia de la Cruz de Caravaca tiene su origen en el pueblo de Caravaca de la Cruz,- municipio español situado a unos 63 Km de Murcia,- y en ella se mezcla la historia oficial con numerosas leyendas de la tradición local, que le confieren, a la vez, un caracter mágico y religioso.
El nombre oficial con el que se denomina a la Reliquia en los documentos es el de ¨Vera Cruz¨, nombre bien significativo, relacionado con el Temple, pues en donde hubo templarios aparece frecuentemente el título de Vera Cruz. Desde la Edad Media se la conoce con este nombre específico: la Vera Cruz de Caravaca, es decir, la verdadera cruz. Se trata de un “lignum crucis”, es decir, un fragmento de la verdadera cruz en la que Jesucristo fue crucificado. El título, juntamente con el de Santa, solamente se aplicaba al leño de Jerusalén, encontrado en el siglo IV por Constantino o por su madre Santa Elena.”

La encontré hace ya dos años, en un camino de tierra rojiza, entre hormigueros y bosta de caballo seca. Yo estaba de viaje con mis viejos. Era mi primer verano recién separada y me había enganchado con ellos unas semanitas a Florianópolis, en el sur de Brasil.

A mis viejos les encanta la ruta, así que salimos en auto pero, en vez de hacer escala en Sao Gabriel, como hacíamos cuando yo era chica, nos hospedamos una noche en una pousada rural, cerca de Sâo Borja, a 5km de la frontera con Argentina.

Fue difícil encontrarla. La pousada estaba en medio de la nada, metida entre árboles frondosos y arbustos selváticos. Al pasar la tranquera y llegar hasta el casco, que era una pequeña casa de galería flaca, nos vino a recibir una pareja joven, de unos 40 años. Nos mostraron amablemente las habitaciones, simples y muy muy limpias, y la rústica pileta con el agua tibia calentada por el sol mesopotámico de todo el día.

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Pousada Sitio Preserva

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Dejé el bolso en en la habitación y salí a caminar por las inmediaciones de la casa. Necesitaba estirar las piernas después de todo un día de viaje. La hora del atardecer, colo púrpura entre el follaje de los árboles, era un alivio perfecto para el encierro de tantas horas en auto.

Emprendí el camino arbolado de la entrada. Ahora lo hice de modo inverso, desde la casona hasta la tranquera de la entrada. Más o menos, un kilómetro. El suelo era de tierra rojiza, como toda esa tierra del sur de Brasil y del noreste argentino. Cuando era chiquita, en mi primer viaje a las Cataratas, aprendí que el colorado de la tierra se debía a los minerales, en especial, a la abundacia de hierro.

Los pájaros revoloteaban sobre mi cabeza. Las cotorras chillaban en sus nidos sobre las palmeras. Había insectos por doquier y gigantescas telarañas entre las plantas. Un cascarudo cruzaba el camino por donde yo andaba. El olor a tierra y a caldo de las plantas me inudaba. Y ahí, entre unos hormigueros sobre el sendero, medio escondida entre yuyos la vi.

Una cruz de madera.

El gesto instintivo fue mirar para todos lados para ver si había pasado alguien a caballo o si había alguien entre los arbusto que estuviera trabajando y se le hubiera caído la cruz sin querer. Estaba sola. Yo, las chicharras y los grillos. Yo era la única persona en el sendero colorado.

La levanté y sentí el encuentro mágico de las cosas inverosímiles frente a las que uno en seguida busca un sentido. Yo venía de una ruptura dolorosa, con muchas idas y vueltas y el encuentro con esta cruz no podía ser otra cosa que la señal de algo. Yo no soy religiosa para nada, me eduqué en un colegio católico que más ganas me dio de cuestionar todo que de seguir el dogma, pero sí me considero una persona espiritual. Charlo con el Universo a veces, me conecto con el Todo, aunque no sepa muy bien qué diablos es ese Todo o si ese Todo escucha…

La cruz era extraña y eso la convertía instantáneamente en talismán. Tenía dos brazos que cruzaban el tronco vertical. En la base, el tronco se ensanchaba y, al final, en una especie de “pie” en la base de la cruz estaban gravadas en la madera dos letras: CM. Había una parte “comida” al final, una astilla que se había salido justo en la patita de la M. Seguramente en un golpe o en una caída, la cruz, había perdido esa partecita.

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Cruz encontrada en el camino de entrada a la pousada

Enseguida la hice mía: la acaricié y la guardé en mi bolsillo. El Universo, a su manera, me estaba diciendo, con ese hallazgo, que todo iba a estar bien.

En la cena, que preparó el propio dueño de la pousada, nos dimos cuenta de que éramos solo dos familias las que estábamos alojadas. Como la cena la cocinaban y servían en el momento los dueños, tuvimos que tomar turnos para comer. Primero le tocó a la otra familia que había llegado después. Tenían nenes chiquitos así que se tenían que ir antes a dormir. Después nos tocó ocupar la misma y única mesa del comedor a mis viejos y a mí.

El hombre y su mujer nos sirvieron de todo. Bien a lo brasilero: con plato principal (en este caso una lasagna) y alrededor para acompañar, ensalada, arroz, porotos, farofa. Un festín en medio de ese campo aislado lleno de perfumes y libélulas.

Todo, absolutamente todo, lo hacían ellos mismos. Cocinaban, servían, limpiaban, ponían música. El hombre se nos acercó en un momento y, mostrándonos unos CD viejos, nos preguntó qué música queríamos escuchar mientras comíamos. En las paredes había fotos antiguas, de gente a caballo, algunos títulos de propiedad… Al costado, una heladera gigante, esas de madera de cuatro puertas cuadradas, como las de las almacenes de antes. En un rincón una alacena antigua con sifones y botellas de un vidrio grueso verde oscuro.

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Comedor

Los dos hablaban perfecto español aunque el hombre, un tipo flaco medio rubión, no tenía nada de acento portugués. Con sus bombachas de gaucho y sus cachetes quemados por el sol parecía más un inmigrante polaco que un gaúcho de Río Grande do Sur. La mujer, flaca de rulos negros azabache, tenía una mirada sincera y decidida. Ella sí ponía diptongos donde no los había y sonidos nasales donde el español no los tenía. La mujer tenía en brazos a su hija mientras nos miraba con amabilidad para ver si la comida nos gustaba.

“La finca era de meus abuelos…” empezó a decir. Gracia había cruzado la frontera hacia Argentina para estudiar cuando era una adolescente. Había dejado la chacra familiar para buscar otros horizontes en la universidad del Litoral argentino. Allí había conocido a Eduardo, entrerriano, y se habían ido a vivir a Posadas. Él había conseguido un muy buen trabajo en una multinacional como gerente regional. Cuando Gracia quedó embarazada, sus padres la llamaron desde Sao Borja para decirle que querían vender la finca. Recordando el paisaje rural de su infancia y con ganas de que su hijo creciera en ese ámbito natural, Gracia charló con Eduardo para instalarse nuevamente en Brasil y tratar de sacar adelante el campo de su familia. En un gesto de absoluto amor incondicional, Eduardo renunció a la empresa y los dos cruzaron una tarde la frontera para instalarse, ahora como dueños, en la Pousada rural. Los padres de Gracia se mudaron al centro de Sao Borja y con los ahorros que les quedaban, la pareja, empezó a sembrar y a criar algunos animales.

Las cosas no venían muy bien y los trabajos en el campo se hacían cada vez más pesados. Una mañana, mientras Gracia lavaba ropa en el patio delantero de la casa, vio pasar caminando a un grupo de personas cerca de la tranquera de la entrada. Era raro, en medio de la nada desolada y calurosa, que pasaran personas en grupo y mucho menos de a pie. Al día siguiente, volvió otro grupo a aparecer por la ruta de tierra y esta vez Gracia se acercó a averiguar quiénes eran.

Se trataba de un grupo de peregrinos que estaban haciendo el Camino de las Misiones, una ruta religiosa que se hacia a pie durante varios días con paradas en cada uno de los antiguos asentamientos jesuitas y sitios arqueológicos de la cultura guaraní. La puerta de su estancia quedaba justo al principio del camino del derrotero feligrés hasta la Iglesia do Santo Angelo.

“Entonces se me ocurrió una idéia: a la mañana siguiente, bajo un sol que partía la tierra en terrones, me acerqué a la tranquera antes de que los peregrinos llegaran. Los esperé con dúas jarras de limonada casera bien fría.” Pronto se supo entre los viajeros, que en la puerta de esa finca, una mujer esperaba a los cansados caminantes con un refresco reparador.

Al año siguiente, Gracia ya había preparado habitaciones con baño privado para que, además de la limonada, los feligreses pudieran descansar e higienizarse por unos cuantos reales. “Fui así como empezó nuestro alojamiento rural”, remató sin muchas efusividades mientras nosotros terminábamos nuestra lasagna. Eduardo nos sonrió y se metió de nuevo a la cocina para abrir una lata de duraznos de postre antes de que nos fuéramos a dormir.

La energía y calidez de esas dos personas que acababa de conocer me llenaron de emoción. Habían tenido que pasar por muchos cambios en sus vidas, muchos comienzos, esfuerzos y renuncias, y ahí estaban, con una sonrisa, dispuestos a hacernos sentir como en casa. Me maravilló el empuje de esa mujer fuerte que hacía todo con sus propias manos: cuidaba a su hija, trabajaba los cultivos, manejaba a los animales, limpiaba las habitaciones y recibía a los huéspedes. Había tenido una idea y la había llevado a cabo.

Esa noche nos fuimos a dormir temprano porque nuestro viaje seguía al día siguiente. La cruz encontrada ya estaba adentro de mi mochila con toda su fuerza mágica recargada después de la historia de Gracia. Esa noche soñé con misioneros y peregrinos. Caminos colorados e iglesias coloniales. Paisajes selváticos, loros y mujeres nativas. Mujeres fuertes. Mujeres valientes y decididas.

La cruz que se le cayó a alguno de esos peregrinos quiso, ella misma, estoy segura, cruzarse conmigo en aquel sendero aquella tarde roja y calurosa.  Tal vez guarde en su madera la fuerza de esa mujer emprendedora que en aquella finca, cerca de la ciudad Sao Borja, logró torcer el destino de su vida. Yo la acaricio un poco todos los días, ojalá me contagie ese coraje y esa valentía.

Actualmente, la Pousada Sitio Preserva tiene su propia página web.

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Camino de las Misiones – Región Río Grande do Sul – Brasil

 

Este texto pertenece al proyecto “30 días de escribirme” propuesto por Aniko Villalba en su blog Escribir.me. Se trata de activar nuestra creatividad a partir de 30 disparadores o consignas cortas de escritura para realizar durante 30 días consecutivos. ¡Están todos invitados a participar!

Corresponde a la consigna del Día 12: elegí un objeto de tu casa. Escribí su historia. combinado con la consigna del Día 14: escribí un evento de tu vida de atrás para adelante

La historia de una foto en Basilea

Salí del museo y los copos no dejaban de caer. El aire frío y el silencio me obligaron a respirar hondo y en ese acto, todos los nervios por la novedad y lo desconocido del lugar se calmaron instantáneamente. Ahora me tocaba otro desafío: cruzar el parque, mapa en mano, debajo de esa nevada impresionante. Menos mal que mi amigo me había prestado un paraguas, aunque no sabía todavía si un paraguas serviría para frenar la nieve. Mis zapatos no eran los adecuados. Había dejado en París las botas de lluvia para no cargar tanto equipaje y ahora hundía un cuero finito que no lograba separarme del frío ni de la humedad.

La tarde había sido exitosa: había podido encontrar el tranvía que me tenía que tomar desde la casa de mi amigo hasta el museo; había logrado dar con la arquitectura moderna de la sala en medio de un bosque al costado de la ciudad; y ahora esa nieve… solo una vez había visto nevar así, de muy chica, en Bariloche.

Sin embargo me sentía un poco desorientada. Era la primera vez que estaba en una ciudad donde no se hablaba una lengua que yo entendiera. No lograba descifrar las conversaciones que escuchaba a mi alrededor. Eso me daba una sensación de encierro y ensimismamiento que nunca antes había experimentado. Además, era la primera vez, desde que había llegado, que salía sola a la calle. Siempre me había acompañado mi amigo o alguno de sus amigos.

Este viaje a Basilea era una aventura dentro de otra aventura más grande. En medio de mi larga estadía en Francia había organizado un viajecito a Suiza para visitar a un amigo que había conocido en Salta.  Me habían recibido con todos los honores y el cariño de los viejos amigos. Su familia me había dado la bienvenida con una fondue y con un mapa señalado para que recorriera la ciudad.

Era ese, el mapa que ahora tenía en la mano. Estaba marcada la casa de O., la parada del tranvía y el museo Tinguely, de donde acababa de salir. Había visto las esculturas cinéticas de hierro dentro y fuera del museo siguiendo una guía que, por suerte, también estaba en inglés. La mamá de mi amigo me había insistido en que fuera. Me había hablado con orgullo de ese gran escultor tan famoso en la ciudad. Yo había ido más como gesto de agradecimiento a su hospitalidad que respondiendo al interés por un escultor del que recién oía hablar. Pero si hay algo que sí llamó mi atención fue esa nevada que se precipitó mientras estaba dentro del lugar y que ahora, al salir, caía frente a mis ojos, cubriendo las esculturas entre los pinos. Parecía un espectáculo mágico que se presentaba solo para mí. Entonces saqué la foto. No solo para mostrarles a mis amigos que había estado allí sino también para retener de alguna manera esa quietud blanca que lo cubría todo en aquel Solitudepark.

 Pero había que volver y no había ni un alma alrededor. Ni una persona para preguntarle dónde, detrás de esa cortina blanca, podía encontrar nuevamente el tranvía que me enviara de regreso al departamento de O. Decidí abrir el paraguas y, casi como un juego, seguí el sendero debajo de los copos que hacían un suave golpeteo en la tela negra. El paraguas pesaba cada vez más y a través de la transparencia podía ver los pequeños cristales de hielo que se asentaban con suavidad. Sacudí el paraguas varias veces y me sentí muy muy extranjera. Sensación que se disipó al encontrar el tranvía, sacar el boleto, viajar como cualquier hija de vecino hasta el centro de la ciudad.

Llegué contenta a la casa de mis amigos. Una sonrisa triunfante entre dos cachetes rojos de frío. Ya lo había decidido: aunque no me acordara nunca más del escultor de los hierros danzantes, sí estaría enamorada para siempre de aquella espuma helada en aquel bosque medieval.

 Este texto pertenece al proyecto “30 días de escribirme” propuesto por Aniko Villalba en su blog Escribir.me. Se trata de activar nuestra creatividad a partir de 30 disparadores o consignas cortas de escritura para realizar durante 30 días consecutivos. ¡Están todos invitados a participar!

Un día de playa en la costa argentina

 

Hay familias enteras parapetadas detrás de las sombrillas. Fueron puestas estratégicamente de manera horizontal, formando una pared de defensa. Aunque atentos a ese mar turbulento, los bañeros toman mate dentro de sus casillas. Tres pibes grandulones juegan al fútbol demasiado cerca mío. La pelota, claro está,  alcanza mi pierna y me salpica un puñado de arena. Yo los miro con cara seria. Hay mujeres que se cobijan con sus pareos, convertidos ahora en mantas demasiado finas como para abrigar. Niños con labios morados que salen del mar abrazándose los hombros.

Y está, constante, imparable, poderoso: el viento.

Las olas, embravecidas, confunden su color café con leche con el grisáceo del cielo. Hay vendedores avanzando costosamente por la orilla. Trenzas y pulseras volándose rabiosas, tratando de escapar de los ganchos de sus cinturones. Mi lona, mi bolso, mi libro y yo nos vamos cubriendo de arena. Todo sumergido en un paisaje de pequeñas dunas fúnebres. Ráfagas fuertes lastiman y pulen lo que encuentran en su vuelo: caracoles, maderas rotas, una ojota perdida, un pescado muerto, las pieles de los veraneantes. Una bolsa atrapada se queja con chasquidos que el viento le roba.

Yo resisto. Resisto todo lo que puedo.

Esto es la playa. Esto es la costa. Naturaleza en su más salvaje clamor. Adrenalina pura. Percibo el olor de la sal, el de la arena mojada. Pero el viento, de tanto aire, no me deja respirar. Un señor recibe un mate agradecido. Sus tetillas violetas todavía chorrean agua salada. Dos chicas se ponen el buzo arriba de la bikini y suben las piernas abrazando sus rodillas. Resisten. Una familia, allá delante de las carpas a punto de desarmarse, intenta la hazaña imposible de jugar al tejo en este viento. Bajan los surfers de los médanos. Despliegan sus parapentes los fanáticos del kite.  Los nadadores les ceden el mar. Salen desilusionados, cabizbajos, avergonzados casi de su propia cobardía. El agua ya no les pertenece.

Y el viento sigue. Implacable. Dañino. Ensordecedor.

Ahoga todos los sonidos y es un chirrido constante en mis oídos. Un grito temerario que hace alarde de su poderío. La gente, resiste. La gente fue a pasar el fin de semana en la playa y resiste. Un chicotazo más de esta inmunda arena húmeda y yo ya no resisto más.

3 de enero, 2016

Valeria del mar, Pcia. de Buenos Aires, Arg.

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Muelle de Pinamar

El síndrome de París

 Yo también fui una de las que se deprimieron en París.

Cuando una es viajera, se siente al margen de dos grandes grupos de personas:

En primer lugar, se siente al margen de todos los turistas. No importa la talla, el color, idioma u origen, los turistas tienen plata. Están alojados casi siempre en hoteles caros, huelen bien, visten bien, están peinados y maquillados. Cenan en restaurantes, contratan las excursiones más caras (esas que uno dice “están pensadas para el turista…” ¡justamente!) y compran todo tipo de regalos y sourvenirs en las tiendas que dicen “Tax Free”. Una los mira de lejos, desde la vereda. Ellos nunca viajan solos y hablan su idioma hasta por los codos. Tal vez ni llegan a darse cuenta que en la ciudad en la que están no se habla ni inglés ni español.

Otro de los grupos al que tampoco pertenecemos los viajeros, es al grupo de los locales, de los que viven allí. Y esto, para mí, es más doloroso…

 

Hace muchísimos años, como diez ya, estaba viviendo cerca de París. Me había ganado una beca para trabajar como asistente de español en una escuela secundaria.

Recuerdo un mediodía de domingo. Mi amiga parisina me había invitado a la casa de unos amigos que hacía poco se habían casado. El “brunch” lo habían organizado para mostrarles a sus amigos el álbum de fotografías del casamiento al que todos habían asistido. De paso, algunos podrían conocer el departamento donde los recién casados se habían mudado, un dúplex precioso con muebles de ratán blanco, a unas cuadras de la Tour Eiffel.

Mi amiga y yo fuimos en su auto, sin antes dejar de pasar por una boulangerie a comprar unas exquisiteces y luego por una florería donde Loló confeccionó un bouquet, ella misma, para sus amigos mieleros.

Al llegar a la casa, me encontré con un montón de gente de mi edad (en ese momento yo tenía unos 26 años). Algunos solos, otros en pareja. Todos con flores, jarrones, éclairs y pains au chocolat. Todos hablaban de casamientos, lunas de miel, departamentos recién decorados, nuevos trabajos, posgrados en no sé dónde y de maestrías anglofrancesas… Todos daban la sensación de estar avanzando en sus carreras profesionales, continuando con sus vidas. Yo sentía que la mía, en cambio, estaba en pausa.

Es cierto que yo estaba en París por una beca y que la había conseguido gracias a que yo misma era también estudiante universitaria. Pero, en ese momento,  me acuerdo que de repente me angustió la idea de estar de paso. Perdida. A la deriva. Lejos de todo lo que era mi vida (aunque ya no era tampoco mi vida lo que había acá en Buenos Aires). Sé, ahora, que fue una sensación mía, una percepción absolutamente sesgada, pero había algo que los turistas ricachones y mis amigos locales compartían. Y ese “algo” dejaba en evidencia que yo andaba por el caminito al costado del transcurrir de la vida… yo la “veía de afuera”. Fue como un shock. Me sentí inmadura a pesar de mi edad. Me sentí insegura, indecisa, subdesarrollada, una “hippie”…

Esa misma noche, con mis otros compañeros expatriados (muchos de ellos latinoamericanos como yo) nos juntamos a cenar en el comedor de la Cité Internationale Universitaire. Entre anécdotas y planes para el día siguiente me olvidé de mi angustia… pero guardo todavía (después de tantos años) esa sensación adentro mío. Puedo rememorarla sin necesidad de una madelaine. Y hoy, hoy aprendí cómo se llama: “síndrome de París”.

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